#AmorEInternet #05

Malén Denis es @malendenis (1989). Publicó los libros de poesía Con una remera de Sonic Youth (2009), Buscar drogas en Wikipedia (2014) y Un gran incendio de vidrios (2017) por Nulú Bonsai. Trabaja en Futurock.fm donde hace una columna diaria de cultura en #ALosBotes. Desde el 2015 dicta el taller “Escritura e intimidad”.

 

Llega fin de año y uno tiene la tendencia ridícula de hacer balances, como si la vida se reseteara después del primero de enero. No me voy a poner en Grinch de todo, te lo hago, okey: mi año fue inmejorable a nivel laboral, mis amistades están en orden, con mi familia no me hablo como siempre, pero eso es buenas noticias para mí. Así que se podría decir que estoy espléndida, aunque siga sin conciliar el noviazgo. Sí, conciliar, porque a esta altura es un sueño, una quimera, un absurdo.

Haciendo cuentas, los últimos 28 años de mi vida fui soltera, y otra vez voy a recibir este año que entra sin nada cercano a una pareja. Los invito a buscarme en redes sociales, a escribirme como hace la gente defensora de la moral y las buenas costumbres, a decirme lo que dice la gente bien: “es que sos fea”, “es que sos una resentida”. Hitler tenía pareja, chicos, díganme lo que quieran, sólo demostrarán que le creen a un sistema al cual yo dejé de creerle en el ’92 cuando me di cuenta que Papá Noel no era tan copado con los chicos pobres.

A veces estoy muy bien con esto “¡Sos espectacular, te garchás a quien quieras y podés no verlos nunca más!”, a veces me agarra una congoja masiva y arrasadora. “Quiero tener pareja para tener la experiencia”, me digo, me intento tranquilizar con la esperanza de que la desprogramación feminista me haga entender que la pareja también es una construcción económica. Pero a veces no sólo no tengo ganas de tener un pensamiento revolucionario, a veces la foto de las fotos del pasado en campos verdes en fiestas con tu ex me destruyen, ¿que por qué la stalkeo en Instagram? Porque nadie está eximida de ser una pelotuda y una masoquista.

Para los que se indignaron con que le eche la culpa de nuestras frustraciones a la caucásica Meg Ryan, SPOILER ALERT: ¡vengo recargada! porque hoy me la voy a agarrar con la contemporaneidad, las tecnologías on-demand, Netflix y con que somos todos unos caprichosos del orto que nos olvidamos de valorar lo que tenemos, en oposición a un pasado donde no podíamos elegirlo todo, entonces no nos quedaba otra que aferrarnos a lo que nos hacía bien en el momento.

Esto es psicología nivel cero, amigos. El deseo, la motivación se basa en cierto grado de imposibilidad que opera como motor de búsqueda. Tener todo, o la sensación de que todo es posible, nos lleva a la apatía y al desánimo: la emoción siempre está pasando en otro lado, siempre puede haber algo mejor que lo que está sucediendo. Oscilamos entre algo que los norteamericanos dieron a llamar FOMO, la sigla deriva de la frase “Fear Of Missing Out”, es decir miedo a perderse cosas; y la noción de que todo es pasible a ser arrastrado por una pantalla hasta el punto de que deje de existir.

Estamos viviendo así, en el desapego absoluto porque la oferta tanto de series como de personas parece ser ilimitada. Esto, sumado a nuestros hábitos de consumo que nos hacen pensar que todo es pasible de ser demandado y eliminado, deriva en un estado de hijos únicos colectivo que se la pasan queriendo el último juguete del mercado para volver a desear otro instantáneamente. Creemos siempre que podemos obtener algo mejor, más nuevo, más propio de nosotros y al final no nos quedamos con nada. Nos estamos consumiendo y todos vamos a morirrrrrrrrrrrrrrr. Bueno, me calmo.

Yo una vez fui una niña y tuve cable, y para ver la película que amaba tenía que marcar una revista, agendar el suceso, y después recién en la hora pautada, en la fecha pautada, aparecía El joven manos de tijera en Cinecanal. Mientras tanto veía la caca que te ofrecían y sí, ¡claro que algunas cosas eran mejores que otras! pero el valor agregado justamente radicaba en que no teníamos en nuestras vidas la idea de que podíamos acceder a cualquier cosa que nos interesara. Y eso era un motor vital a la vez, porque cuando aparecía lo que sí te gustaba, lo apreciabas, le dabas un valor, te emocionabas, te sentías feliz, lo atesorabas, lo cuidabas.

Lo que es mágico de nuestra época es lo que nos termina haciendo mierda, porque nadie va a negar que no siente cierto placer al saber que tiene todas las posibilidades del mundo a un clic de distancia. No te voy a decir que no me encanta poder clavarme 18 capítulos de Bojack Horseman cuando no quiero hacerme cargo de mis propias frustraciones, todo esto cuando tengo ganas, pausando cuando tengo ganas, retomando cuando tengo ganas. Me resulta a la vez innegable que nuestros patrones de consumo se nos hayan arraigado de una forma tan imperceptible al punto de que hayan modificado sustancialmente la calidad y frecuencia de nuestras relaciones interpersonales.

Y no, no voy a negar que vea series, ni que mire las historias de los demás y quiera ir a todas las fiestas en las que no estoy a veces, pero el otro día cuando te vi los rulos brillar entre las plantas de tu balcón sentí la misma sensación que cuando aparecía por arte de magia mi película preferida, o cuando daba con una gema inesperada que me cambiaba la vida, como cuando enganché en I-Sat Welcome to the Dollhouse; y la verdad ese día no tenía ganas de estar en ningún otro lado que no fuera el lugar en el que estábamos. Porque tuvimos un ataque de risa hasta que me dolió la panza y eso fue real y aunque me hayas pausado para hacer otra cosa, no soy simplemente una ventanita sin vida en tu celular y tenía ganas de ver los fuegos artificiales de este primero de enero con vos en el medio de la nada.