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#KirbyDots #07

Amadeo es @kingmob84. Es licenciado en historia y doctor en ciencias sociales. Escribe y mantiene el blog El Baile Moderno desde el año 2007. Es editor de la revista de crítica de historietas Kamandi. Publicó en Crisis, Los Inrockuptibles, Mancilla, Haciendo Cine y otros medios. Lee cómics desde los ocho años, escucha canciones desde mucho antes y ama el pop.

 

Pocas películas desataron la batalla cultural que liberó Black Panther desde su estreno. Si bien en los últimos años las películas de superhéroes se convirtieron en motivo de discusión y análisis, y muchas de ellas comparten con el material original una serie de problemas filosóficos y estéticos no desdeñables (vigilantismo vs. poder de coerción del Estado, ciencia ficción vs. fantasía vs. realismo, narrativa compleja y multimodular, propiedad intelectual de los autores o de las compañías; para mencionar algunos), Black Panther es una película en la que todo el mundo ha invertido mucho, emocionalmente hablando.

La primera película del universo cinematográfico Marvel protagonizada por un personaje que no es blanco, con elenco 90% negro y director negro, Black Panther fue conceptualizada por las audiencias, desde que fue anunciada, como una película redentora para el público y el talento negro, frecuentemente menospreciado en Hollywood. Y, por sectores del público que están a favor de una diversidad mayor en sus superhéroes, como un paso en la dirección correcta, al igual que lo fue Wonder Woman.

En cuanto a estas expectativas, mayormente no decepciona. Es uno de los filmes más complejos que han salido de la factoría Marvel y del panorama de películas de superhéroes en general. Los múltiples artículos que la analizan desde que salió realizan lecturas que van de considerarla una película racista en la cual el personaje pobre, americano y radical es el villano; a verla como una compleja fusión de elementos culturales africanos que lidia con el dolor de la diáspora y la esclavitud de maneras complejas.

El dilema político-filosófico que plantea es un triángulo que se distribuye entre T’Challa, su protagonista, Killmonger, el antagonista, y las mujeres de la película, especialmente Nakia, como una forma de síntesis. El quid de la cuestión gira alrededor del status de Wakanda, el país africano ficcional en donde T’Challa es rey. Una tierra fabulosamente rica y avanzada gracias al vibranium, el metal más raro del mundo del cual cuentan con un enorme depósito, pero a la vez aislacionista del mundo exterior. El razonamiento de los reyes del país, los Panteras Negras, a lo largo de su historia es que solamente el cierre de sus fronteras y el hacerse pasar por un país atrasado los ha salvado de la colonización, el imperialismo y la esclavitud. Killmonger, primo de T’Challa abandonado en los Estados Unidos luego de la traición de su padre a Wakanda, propone una forma de revolución negra mundial amparada en las armas de vibranio que posee el país, proveer de armas a miles de células de espías con las que Wakanda cuenta en todo el mundo para que inicien una guerra de guerrillas dividida por líneas raciales. Nakia, por su parte, propone una apertura al mundo humanitaria y filantrópica, sin intervencionismo político ni ajuste de cuentas histórico.

Cada una de las posturas tiene su complicación. El aislacionismo de Wakanda mientras sus hermanos eran aniquilados por millones es criminal. Es la postura de los Estados Unidos durante la temprana Segunda Guerra Mundial y gran parte de su historia pre-Guerra Fría. Pero la propuesta maximalista de Killmonger abre toda una caja de gusanos en la cual danzan la idea de si es justo utilizar la misma violencia del opresor para liberar al oprimido y la sospecha de ser otro tipo de imperialismo (Killmonger, por su parte, es bastante claro al respecto: “El sol no se pondrá jamás en el imperio wakandiano” dice en un momento) solo que en esta ocasión en manos negras (algunas notas alegaron que es, básicamente, lo mismo que hizo Estados Unidos al intentar “llevar la democracia a Medio Oriente”).

Finalmente, la apertura al mundo humanitaria tiene dos problemas: todos sabemos que el gobierno de los Estados Unidos se especializa en desestabilizar países prósperos que no puede controlar, y no hay ninguna garantía de que eso no le sucedería a Wakanda. Y, por otro lado: quizás es demasiado poco, demasiado tarde. Quizás es una solución de blanco liberal rico y sensible, homologable a Bill Gates y George Soros llenándose la boca de discurso progresista para continuar sosteniendo el status quo.

Lo más rico de la película es que deja que estas posiciones debatan casi sin inclinar la cancha hacia una. Obviamente que, en última instancia, el villano tiene que ser el villano y su plan extremista se encuentra surcado por una buena dosis de violencia y deseo de venganza, por su entrenamiento como mercenario al interior de la máquina de matar norteamericana, y por sus deseos de convertirse en un autócrata al estilo Mugabe. En ese sentido, si bien Killmonger es un personaje lo suficientemente rico como para que muchos espectadores consideren su solución la correcta, también aúna lo peor de la postcolonización africana: la intervención norteamericana y los dictadores que se aprovechan de las divisiones entre etnias (es particularmente llamativa en ese sentido el combate final, en donde por primera vez las tribus wakandianas experimentan la lucha fratricida). Pero la posición de T’Challa es igualmente errónea, y la película no duda en subrayarlo en una escena en que renuncia al pasado y las tradiciones de sus ancestros con un categórico “todos ustedes estaban equivocados”. Es por ello que no concuerdo con ciertas lecturas que ven en T’Challa un personaje conservador. Finalmente, el camino hacia adelante es brindado por una versión de la opción de Nakia.

Black Panther es una película cargada de expectativas y ansiedades, una película que debía ser demasiadas cosas para demasiada gente y es por ello que las luchas alrededor de su significación han sido tan duras. Pero a la vez eso nos lleva a preguntarnos acerca del curioso rol de los héroes de minorías a la hora de ser adaptados y popularizados. Tan acostumbrados estamos al héroe blanco y vainilla, tan escasas son las oportunidades de ver personas de otras etnias y géneros en trajes de spandex que cuando eso sucede su película/serie/historieta corre con la carga adicional de tener que hablar y reivindicar a la minoría entera a la cual pertenece, reparar todo daño realizado a la misma por sus opresores Y ADEMÁS ser una obra de arte magistral. No es poco decir que Black Panther, complicada y matizada como es, se acerca bastante.

Pero también podemos recordar las palabras de Christopher Priest, guionista afroamericano de comics responsable de una de las mejores etapas del comic de Black Panther, directamente vinculado a una construcción del personaje que lo llevó, con lentitud, a las primeras planas del universo superheroico. En un artículo grandioso titulado “La última vez que Priest discutió la raza en los comics”, posteado en su sitio web, Priest pontifica y declama en contra del racismo institucional de la industria de la historieta norteamericana, pero también dice: “No me gusta la noción de que las compañías se aventuren buscando escritores NEGROS o escritores LATINOS. No me gusta la acción afirmativa en ese sentido, y yo, personalmente, me retuerzo cuando soy reclutado, estos días, más para proyectos basados en minorías que para proyectos mainstream como si, en algún momento del camino, hubiese dejado de ser un escritor y *escalofrío* me hubiese convertido en un escritor NEGRO. No quiero ser un escritor NEGRO. Quiero competir en un campo de juegos equitativo, y si no puedo pelear palmo a palmo con lo mejor que la industria puede ofrecer, es razonable y natural que me haga a un lado y vaya a otra línea de trabajo”.

En definitiva, es fascinante que un producto cultural de la industria del entretenimiento despierte estos debates. Pero también es un tanto descorazonador: la dificultad de pensar una solución mágica y decisiva, propia de la lógica de los superhéroes, para el problema de la diáspora, la colonización, la esclavitud y la masacre de las poblaciones negras del mundo, solo nos recuerda continuamente que Wakanda sigue siendo un país ficcional, que queda demasiado lejos.