#CuentasMezcladas #03

Rosario Bléfari es actriz, música y poeta. En los ’90 lideró la banda Suárez. Es solista y también es la cantante de Sué Mon Mont, Paisaje escondido y Los Mundos Posibles. Editó cinco libros entre los que están Antes del río (Mansalva, 2016) y Poemas en Prosa (Belleza y Felicidad, 2001). Hace el podcast Los Cartógrafos, en colaboración.

 

 

Domingo, febrero 2007
Me despierto tarde, alrededor de las 10. Había decidido, al acostarme, levantarme temprano para ir a un cyber y escribir al fin la nota sobre el futuro que no consigo ni siquiera empezar. Apenas me levanto, estando en el baño, me llama mi niña hermosa desde su habitación. Está despierta desde hace rato, me cuenta, y estuvo espiando por la cerradura de nuestra habitación tratando de escuchar si faltaba mucho para que nos levantáramos.

Pongo la pava para el té y caliento café de ayer. Nina me pide prender la PC para jugar a Los padrinos mágicos. La prende ella, la conecta a internet, busca los juegos.

Los tres tomamos nuestros desayunos “bebidos”. Yo tengo ganas de tocar la canción que salió ayer con las letras nuevas. Al rato ya son las doce menos cuarto. Decido entonces dejar hechas unas empanaditas antes de irme porque se van a quedar solos y todo lo que compré ayer para comer es para elaborar y yo soy la única que sabe cómo.

Mientras hago el relleno para las empanadas enchufo la portaestudio y, cuando las empanadas están listas, grabo la canción o una parte de la canción, que se puede llamar “Horizonte” o “Iniciado“. No tiene estribillo. La hice con palabras recortadas y es increíble como parece hablar de algo, algo de lo que me interesa hablar. Tengo mucha más letra para seguir trabajando. Después de todo eso, empanadas y grabación, me voy. Y de muy mal humor, no sé porqué algo me fastidia de la casa y el desorden, no puedo con él, es una cuestión de espacio, me falta espacio, y ayuda para arreglar todo.

Anoche soñé mucho, pero solo me acuerdo algo de unas fechas en Santa Fe y Rosario y de J. presionándome, y también aparecía V., que en el sueño era muy alta, y me hablaba de que no quería trabajar con la directora A. C. porque había sido cafetera. Me lo decía mientras se servía café de un termo.

Hablando de café, me tomé un café doble en Las violetas, lugar donde al fin pude estacionarme, dispuesta a escribir a mano. Escribí una especie de esqueleto de razones por las cuales me hice incapaz de planear y debería desarrollar por qué lo sufro también y cómo admiro lo opuesto, eso me sitúa en el tema del futuro. O en la cuestión de cómo lidiar con él.

Domingo 26 de marzo, 1996
Ayer, para coronar una noche de insomnio y alucinaciones del preconciente, el día empezó con una salva de cañonazos por el 25 de mayo. En lo de Gon, Fabio grabó el bajo de la nueva versión de “Porvenir”.

Pensé en mis padres varias veces, al recordar que hoy domingo me iban a llamar, y así lo hicieron. Traté de que no nos extendiésemos mucho en la charla para que no gastaran tanto. A simple vista, nada progresó, igual que acá. Mejor dicho, no se produjo ningún hecho esperado, que salga de lo normal, para beneficiarnos.

Me acuso de haber hecho muy poco en la semana para que mi situación mejore. Un llamado que duró demasiado tiempo y que mientras hablaba me iba dando cuenta que no servía para nada. Después me mentí, tratando de creer que sirvió para algo pero yo sé que cometí un error. Segundo mea culpa: no intenté por todos los medios encontrar a D. B. para decirle que me tuviera en cuenta para algún papel en alguna de las producciones en las que ahora trabaja. Silvia me dió el teléfono de alguien para averiguar por jingles y tampoco llamé. Para esta semana que empieza mañana, me prometo hacer todo eso que no hice, además de lo de SADAIC.

Hoy es un día muy húmedo. El sol atraviesa el agua que hay en la atmósfera y eso produce una luz que daña un poco la vista y hace fruncir el ceño. Al pasar por Avellaneda veo que, tal cual me dijo Daniela, están tirando abajo el ex frigorífico La negra, que luego fue Shopping Sur, y el espectáculo es escalofriante. Los pedazos de material cuelgan pegados a las estructuras de hierro, una visión de horror. ¿Cómo no voy a mirar por última vez ese espacio que ahora flotará dentro de quién sabe qué otra estructura cuando edifiquen otra cosa?

Allá estuve alguna vez, y también Jutta Brückner, Martín Rejtman y Marcelo Camorino; y mis zapatos color rosa, los que me compró mi mamá en el local de Boticcelli de Florida para los quince. Elegidos para el vestuario de la primera película en la que iba a trabajar (había que llevar algo para la prueba, creo) caminaron por esos pisos sucios y abandonados. Todo un historial de vestuarios propios al servicio del cine nacional.

En la película se usaba neón en muchas escenas. Eso no me gustaba para nada, lo percibía como algo muy usado, que había estado de moda al comienzo de los ochenta, como en esa película Liquid Sky donde una mujer (interpretada por Paula E. Sheppard) cantaba “Yo y mi caja de ritmos”. Ahí estaba bien, era ciencia ficción under del ’83 y nos encantaba a todos. Pero ya era 1986 y parecía forzado como tratamiento de los temas aborto, machismo y tango. A lo mejor era todo lo contrario y era demasiado adelantado para la época, como algo que dio toda una vuelta. Como fuera, no contaba mi opinión, eran mis primeras experiencias en cine y estaba ahí para practicar y aprender no para criticar. Estaba fascinada por la posibilidad de filmar. Me acuerdo que en una de las escenas miré a propósito a cámara, al final de la toma, y que a la directora alemana, Jutta, le gustó. Cuchichearon con Camorino, el director de fotografía, creo recordar, y dijeron algo sobre mi mirada que “interpelaba” al espectador. La película era feminista. Su feminismo residía en una crítica al machismo del tango. No había casi diálogos, que yo recuerde, y todo era puesto en imágenes no realistas, como sueños o pesadillas de ese imaginario.

En ese mismo lugar donde en otro tiempo trabajaron cientos de operarios con la carne, se filmaba una película experimental de alto contenido feminista, dirigida por una mujer alemana. Ella decía que no quedaban sitios como ese en Europa. ¿Qué querría decir? ¿No había lugares abandonados allá? No pasó ni un suspiro desde esa época, pero siento que pasó casi todo.

2001, marzo
Soñé con plasticola, mucha plasticola, tanta que ya no necesitaba comprar nunca más. Soñé también no sé qué con G. Me cuesta leer en este momento, me gusta más mirar por la ventana. Cantan los pájaros. Siempre hay algo para pintar. Cuando nazca Nina…, —toda enunciación empieza así, en estos tiempos— me voy a comprar una bicicleta y voy a nadar. Virulana, necesito virulana. El mal gusto francés, el mal gusto alemán. El único mal gusto que conozco bien y defino es un sabor amargo que me viene a la boca. En el barrio chino hay una vasija rota con un sapo adentro. Oh caballo del tiempo, siento que todo está de golpe en el pasado. Es decir, no está en ninguna parte.

Los libros se mueven en una biblioteca en la medida que se agitan las ideas, es la única forma en la que se forman ideas nuevas. Al ritmo de las circunstancias se reagrupan los títulos, y los textos charlan. Pienso eso de la biblioteca del primer piso. Cierro los ojos y veo a Nina por una ventana, la veo claramente, sus ojos, su cara. Un nene quiere darle de comer. Es otoño. La cuna te espera, tu padre también.

Miércoles 11 de agosto 1999
Notables: compro un billete de La solidaria en el subte. Voy a Belleza y Felicidad y hablo con las chicas de los memes, de biología, de orgánico e inorgánico y de configuración cerebral (?). Tomo café que le compro a una cafetera de la calle.

Me llevo uno de mis collages, el del invierno, que quedó en trastienda después de la muestra, porque parece que Diego G., que había dicho que lo quería comprar, ahora no lo va a hacer, ¡qué mal!

Llego tarde al estudio, ya se fueron todos. Pero conozco a un chico muy joven de ojos achinados y hondos que anda por el estudio y me dice “vos debés ser la que canta”.

Al llegar a casa me encuentro con que está el monitor, pero no funciona. Mi casa, blanca y manteca. Cocino arroz con brócoli que compró F. y morrones que compré yo. Tengo carta de mamá y papá. Me baño. Tengo el flequillo corto. Retomé la lectura de La conciencia. Le escribí a Chino y a Chiquita, tuve ese impulso. Entregué la factura en la Secretaría de Cultura de la Ciudad. En un momento mi jefe, H., me dio un cachetazo suave, en broma.

Saqué fotos en Belleza y Felicidad. Tenían un vestido lindo por 10 pesos. Salimos juntos con Pángaro y al salir nos dijeron las chicas: “que se diviertan”. Nos separamos al llegar a la otra esquina porque íbamos para lados opuestos. Me llamó Daniela para ir al cine, pero no puedo.