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#CuentasMezcladas #02

Rosario Bléfari es actriz, música y poeta. En los ’90 lideró la banda Suárez. Es solista y también es la cantante de Sué Mon Mont. Editó cinco libros entre los que están Antes del río (Mansalva, 2016) y Poemas en Prosa (Belleza y Felicidad, 2001). Hace el podcast Los Cartógrafos.

 

 

Miércoles 3 de abril, 2013
El otro día, domingo, Nina se fue a la casa de una amiga y yo me fui a andar en bicicleta. Me sentía incómoda en la casa y quería ir a escribir a alguna parte con la computadora, algún bar cómodo y bien ubicado, pensé, con una linda vista. Al pasar por una bicicletería quise inflar un poco las ruedas y pregunté por unas luces, me parecieron demasiado caras y me fui. A las cuadras pinché. El bicicletero me había puesto aire de más. No quise volver porque ya me había alejado bastante y era retroceder. Además, el bicicletero había mencionado que en un rato se iba. Busqué otra bicicletería, nunca encontré y al volver a mi casa caminando desde el barrio de Once, con la bicicleta a pie, pasé por una carpintería que estaba abierta y tenía en oferta unos chapadures. Quise comprar uno, pero cuando fui a pagar advertí que había perdido 140 pesos no sé dónde ni cómo.

Marzo, 2012
Me levanto con la idea de llevar a mi hija a la escuela y de ahí mismo partir en bicicleta hasta Palermo a buscar un cheque por un artículo ínfimo que escribí en el verano, para un diario, sobre la banda Mujercitas Terror. Tardé mucho en escribirlo por no fijarme bien en la cantidad de caracteres que me pedían. Recién cuando lo recibieron y me contestaron me enteré de que era un cuarto de lo que había escrito. Me pongo para escuchar un tema de los Buzzcocks y empiezo a pedalear, cuando miro bien el cielo me doy cuenta de que se viene una lluvia en algún momento no muy lejano. Desde el lado de Pompeya y de Parque Chacabuco, avanza una oscuridad, aunque del otro lado el cielo promete un día más de otoño soleado y templado, como ayer. Justo me llaman por teléfono y comento esto, pero las noticias climáticas, que quien me llama conoce muy bien, aunque aseguran que lloverá, no dicen la hora. Renuncio a ir en bicicleta, vuelvo a mi casa y me tomo un café con leche con medialunas de la panadería de enfrente, toco un rato el bajo, un tema de Lupe… “esta lluvia plateada es un derroche de centellas sobre mis ojos cerrándose…” y escribo esto después de leer, en un blog al que llegué por un mail, la historia de Manuel Gleizer y su editorial que comenzó en los años veinte. Ahora me voy a Palermo, pero en el quince.

24 de marzo, 2015
El fin de semana fui al banco y corroboré que estaba depositada la segunda cuota de la película. Entonces, hago algunos gastos pagando con la Visa débito de esa cuenta, la que tengo por la Asociación Argentina de Actores en Banco Provincia: aceite de oliva, queso y productos de limpieza, en el supermercado Día% por unos 400 pesos y en un chino compro dos vinos y soda. Me veo obligada a comprar dos porque para pagar con la tarjeta no aceptan compras por menos de 80, una novedad en este chino, que es de los pocos que aceptan tarjeta de débito. El fin de semana es muy largo. Lunes y martes son feriados. El lunes por la noche damos vueltas, sin gastar nada, por el barrio, a las 5 de la mañana. Falta para que amanezca, ni siquiera se ven las luces del aclarar. El martes, al anochecer, en algún momento, salimos a comprar seven up por 15 pesos. Por la noche, falto a la fiesta de la película, me siento mal por eso, pero se va a hacer muy tarde la vuelta y al día siguiente empieza todo muy temprano.

Miércoles 6 de octubre, 1999
Me levanté a las nueve porque entre las nueve y la una iba a venir la policía a dejar el certificado de domicilio. Llegaron a las diez menos cuarto. Perfecto. Me vine para Callao. En un momento llamó S. justo después que yo leyera su mail. Dijo que no se sentía muy bien, ni del ánimo ni del cuerpo y que no sabía si iba a ir a ensayar. Yo me quejé, de la ciudad, dije que no me gusta y cosas miserables de las que después me arrepentí. También llamó mi papá, preocupado por el estreno de la película en Santa Rosa. Después del mediodía fui al banco y abrí la cuenta. Me dieron una especie de billetera con un papel donde está mi firma invisible. Es el registro de firma. Me apuré para encontrarme con M. en un bar, lo de la abuela Goye. Hablamos de todo un poco y yo pedí café con crema. Le mostré la billetera que me dieron en el banco. Pagó él, yo dejé la propina, 30 centavos. Al salir agarré un mapa del centro que regalaban a los turistas. Nos despedimos con promesas de vernos pronto y no me animé a preguntarle si me había traído el micrófono.
(…)
Ya en casa, tuve ganas de tomar mate y me acordé del termo que D. llevó una vez al estudio mientras grababamos el disco, y que dejó olvidado. Al sacarlo de la bolsa, descubrí que el mate había quedado mojado desde aquella madrugada en la que volvimos del estudio, y se habían formado hongos. Microcosmos, presente. Llamé a mis padres a lo de los vecinos pero no estaban. Para hacer tiempo llamé a Cecilia. Me atendió Alejandra y como me sorprendí de que me atendiera ella, la saludé con frialdad, sin querer. Cecilia se escuchaba bien, estaba con su mamá, con Alejandra y con su perra Sofía. Volví a llamar a los vecinos de mis padres y esta vez estaban. Vino mi papá al teléfono y me dijo que ya habían recibido el giro. También me habló del asunto de la película y prometió llamarme al día siguiente con más noticias. Me molestó que le pusiera un “señora” a todos los nombres de mujer que mencionaba. Recordé cómo me molestaba eso en mi adolescencia, me parecía exagerado. Lo que él considera respetuoso, creo que suena un poco condescendiente, en especial si esas señoras tienen algún cargo o determinada posición. Tal vez, porque son otros tiempos, antes no debía sonar así. Me puse a lavar en la bañadera un pulóver de S. color marrón que me prestó hace mucho. Mientras sumergía y estrujaba el pulóver en Camellito, recordé el caso de algo, una prenda, que me contó que le devolvieron una vez con olor a repasador sucio. Sonó el teléfono y era D. que dijo que no quería hablar mucho para no gastar. Dice que le vinieron 50 pesos de llamados a celulares. Con un chal violeta intenté fabricar un traje, cuando me cansé de probarmelo me acosté boca arriba viendo un capítulo de La dimensión desconocida pero el argumento era bastante estúpido. Un mosquito sobrevoló mi cabeza. Fui al baño y me puse off. Me dormí boca arriba.

Miércoles 15 de noviembre, 2017
No tenía la SUBE porque se la tuve que dar a Nina, que perdió su pase. Ya era muy tarde cuando salí para la facultad. No sabía qué hacer, pero al final me fui en bicicleta, a pesar de que estaba anunciada lluvia. No llovió pero hizo mucho calor. Llegué media hora tarde, o más. Por suerte recién empezaba el profesor a explicar lo de crónica gráfica. Como yo le había entregado mi crónica la semana anterior, por error, ya la leyó y me adelantó que estoy aprobada (off the record). Y nos dijo que el teórico lo tenemos todos aprobado, aunque todavía no nos dan las notas. Alguien dijo dejémonos de joder con las notas, aprobado o no aprobado y listo. El profesor por suerte le respondió con su habitual sensatez y paciencia. Volví a casa en la bicicleta y no gasté nada por la mañana.
Recién por suerte pude comunicarme con el consultorio particular de K., el médico con el que sigo un tratamiento. El Hospital Británico no trabaja más con obras sociales a partir de este mes, así que me quedé sin esa cobertura, justo que yo estaba por ir para la consulta de fin de año con todos los estudios hechos. Averigüé cómo sería pagar, es decir cuánto saldría la consulta particular. Porque no tengo ganas de cambiar de médico ahora, ¿y si me cambia todo? ¿O no me da confianza o lo que sea? En el Británico me cobran 1400 y me atienden mañana y en el particular 1200, pero tengo que esperar un par de semanas para un sobreturno.
Al final fui al Británico y la chica que trabaja en la recepción del dr. fue muy amable averiguando si realmente era eso lo que tenía que pagar, le parecía raro. Después de varios llamados por el interno consiguió la información correcta y tuve que pagar 380. Mi felicidad era real. Le compré en el kiosco unos Ferrero Rocher, consultando al kiosquero sobre qué sería lo más apropiado (no sé nada de golosinas, ni de chocolates).