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#IntroducciónAlHit #01

Gala Décima Kozameh es @GalaDK (1989). Rosarina, mitad periodista, mitad publicista. Divide su tiempo entre la producción de contenidos para marcas y relatos de historias en forma de crónicas y entrevistas para distintos medios. Le gustan las bandas ruidosas, la cerveza bien fría y los viajes en ruta. Las Pequenias Cosas.

 


El año pasado mi consumo irónico de Maluma se convirtió en un gusto en serio y recuerdo exactamente cuándo sucedió. Admitir que estaba encantada con el colombiano de 23 años no fue fácil y sucedió en etapas.

Desde que conozco la noche que mis salidas siempre han tenido como protagonista un escenario. Empecé viendo Los Piojos en estadios, donde conocí la adrenalina del campo y luego, ya entrada mi adolescencia, me dejé llevar por el pogo del punk. Pasé mi juventud en antros de Rosario viendo desde She Devils hasta Smitten. Me escapé a los 16 a Buenos Aires a ver NOFX y fui a un show de los Rolling Stones para ver qué onda.

Tanto me gustan las bandas en vivo que hice de eso mi oficio. Desde que lo conocí, mi gran amor ha sido el under y hoy, además de militarlo, trabajo para darle difusión. Pero el año pasado conocí Maluma y toda mi estructura y lo que conocía de mí, tembló.

Lo descubrí una noche de sábado con mis amigas y el TV puesto en YouTube. YouTube hoy es el DJ hogareño promedio. Cuando uno no es un especialista en armar playlists o el equipo de música es, en realidad, una pantalla, YouTube siempre salva. Mientras nosotras hablábamos, YouTube ponía los videos que se le daba la gana. En un momento Ricky Martin apareció en la pantalla y nos hizo callar a todas. Creo que no importa cuántos años tengas ni qué género te atraiga, cuando Ricky Martín sonríe explotan fuegos artificiales por un segundo.

Ahí estaba Ricky, con unas gafas azules espejadas y vestido de blanco impoluto, caminando por un hotel hacia una poolparty. En la canción “Vente Pa’ Ca” Ricky -ahora con una polémica musculosa estampada- bailaba sensual en la fiesta diurna. A los pocos segundos, casi llegando al estribillo, a la sonrisa de Ricky se le sumó otra que también explota cañitas voladoras: la de Maluma. Para el final de la noche ya nos conocíamos todos los hits del reggaetonero pop de Medellín.

Hasta ahí mi gusto por Maluma era un juego entre amigas. No me tomé en serio el asunto ni siquiera cuando me descubrí tarareando sus canciones. Estúpida verdulería, hizo que se me pegara Maluma de vuelta. Maldito supermercado, también pasa Maluma. Que yo cantara la letra completa de “Sin Contrato” mientras miraba arvejas y choclos en una góndola era culpa de la industria musical que me imponía canciones. No que yo hubiera visto el video de ese tema cinco veces en la última semana porque me quedaba prendida a la sonrisa del colombiano en cada una de las reproducciones.

La sospecha real de mi fascinación por Maluma llegó el día que un amigo sonidista me comentó al pasar que iba a trabajar en el recital del reggaetonero en Rosario y yo me escuché pedirle que me hiciera pasar. Él se rió hasta que se dio cuenta que hablaba en serio y yo, con un poco de vergüenza, justifiqué mi pedido con fundamentos casi profesionales. Quiero ver cómo es su show, me intriga su público, escucho un par de temas y me voy. ¿Yo? ¿Un recital entero de reggaetón? ¡Por favor!

La noche del show mi amigo me esperó en la entrada del Salón Metropolitano en el shopping Alto Rosario y me guió por unos pasillos hasta llegar a una gran puerta negra. La abrió y los gritos de las fanáticas me aturdieron. Él se despidió y yo me metí atravesando una gran cortina de humo con flashes. Ahí estaba el colombiano, a tan solo unos metros míos, sonriendo y con fuegos artificiales -esta vez de verdad- a su alrededor. Mi amigo me había depositado en la sexta fila del VIP y desde acá podía ver la transpiración de Maluma en el escenario. Entre pantallas de celulares, pancartas, carteras y gritos de euforia, fui atravesando las sillas dispuestas como butacas hasta quedar en un pasillo, que ya era más una pista de baile que un camino que atravesaba el salón. Me tomó sólo tres canciones darme cuenta que me iba a quedar hasta que terminara el show.

Maluma en vivo era todo lo que se ve en sus videos y más. Tonada colombiana pidiendo palmas, risitas cómplices y movimientos sensuales. Suficiente como olvidarse el hecho de que a muchos de los temas que canta les falta un protagonista. En “Esa noche” Thalia sólo es un video en pantalla gigante y Shakira, en “Chantaje”, una voz grabada en una pista de base. No importaba nada, Maluma era por lo único que estábamos ahí.

Llegando al final del show, cuando el encanto de pibe estaba tocando “El Perdedor”, descubrí a un compañero de la fila 6. Cerca mío, parado arriba de su silla y con una vincha puesta sobre la frente que decía “MALUMA” con lentejuelas bordadas. Era un nenito de unos 8 años con la mirada fija en el escenario. Tenía el pelo negro transpirado de tanto saltar y en los pies unas zapatillas con luces que se prendían acompañando sus pasos de baile. A su lado, su papá lo filmaba mientras él imitaba concentrado todo lo que Maluma hacía. “Dime cuál fue mi error, si mi único delito sólo fue amarte”, decía la canción y el nenito formaba un corazón con los dedos de sus manos y se los apoyaba en el pecho, tal cual como hace el cantante en el video.

El recital terminó con una selfie de Maluma con su público detrás agitando los celulares con el flash encendido, mientras caía una lluvia de papeles plateados. Mi pequeño compañero levantó los brazos bien alto intentando que salieran en la foto y de casualidad atrapó uno de los papelitos que caían. Lo miró, le dio un beso y se lo guardó en el bolsillo.

Resistirme a un placer culposo como es Maluma tal vez haya sido mi último acto de rebeldía musical. Durante muchos años me senté de la vereda de enfrente de los que escuchaban lo que a mí no me gustaba, pero en algún momento me pareció más divertido unirme que seguir evitándolo. Hace unos años me pasó con la electrónica y ahora con el reggaeton y el trap.

Esa noche yo también me llevé un papelito plateado. Cuando llegué a casa lo pegué en mi cuaderno de recitales, al lado de una entrada de Hernán Cattaneo y de una calco de Él Mató.