#IntroducciónAlHit #07

Gala Décima Kozameh es @GalaDK (1989). Rosarina, mitad periodista, mitad publicista. Divide su tiempo entre la producción de contenidos para marcas y relatos de historias en forma de crónicas y entrevistas para distintos medios. Le gustan las bandas ruidosas, la cerveza bien fría y los viajes en ruta. Su mail es tomatecherry@gmail.com.

 

 

¿Qué es eso que irrumpe en mi lista de Top 50 Mundial de Spotify? ¿Qué es esa canción que se mete entre el inglés de mi Drake, Ariana Grande y Calvin Harris? La música es tan pop y pegadiza como la de un producto yanki típico pero no entiendo qué cantan. Estoy en el subte, hacinada como siempre y no puedo sacar el celular del bolsillo para indagar -y de paso- cambiar de tema. Por el parlante del vagón de la línea D la voz robótica de una mujer anuncia demoras y la rotura de alguna formación. La gente se queja en voz alta, refunfuña, las puertas se abren y cierran, una chicharra nos ilusiona con que arranca pero no lo hace. Ay, cállense todos, pienso. Vos bigotudo de portafolio, vos mujer robot, vos chicharra. Todos los que no me están dejando escuchar este tema pop para tratar de sacar un pedacito de letra. Frustrados nos bajamos todos del vagón y yo corro hasta una columna de la estación para refugiarme de la estampida de gente. Saco ansiosa el teléfono mientras distingo unas pocas palabras que no me explican nada: “Love you so bad”. Bueno, al menos ya saqué en limpio que era inglés… No, momento, todo el resto del tema está cantado como con onomatopeyas, o por alguien que canta inglés por fonética porque no lo entiende. Dice “chichi wasa”, “cachi sasaaa”. Al fin tengo el teléfono en la mano, prendo la pantalla y ahí está la respuesta: BTS – “Fake Love“.

Me toma dos minutos más entender finalmente qué es esta banda que está sonando y de dónde proviene. Entro al perfil del grupo y me entero que es una boy band de pop coreano (o K-Pop) de Big Hit Entertainment. Y cuando digo que la banda es “de”, me refiero a que le pertenece a esta compañía que opera como sello discográfico, agencia de talentos, productora de música, empresa de producción de conciertos y editorial de música. Ese posesivo será crucial para entender este género que no solo es muy popular en Argentina sino que ya es un fenómeno mundial inmerso en todos los mercados.

Las compañías monstruos que crean estas bandas como Super Junior, Twice (esta es de coreanitas) y EXO son una fábrica de inventar grupos acorde a las tendencias musicales y distintos tipos de audiencias. Otra de ellas es SM Entertainment, responsable del éxito imparable que es Super Junior, una banda que tiene ¡doce integrantes!

A diferencia de otros productos de pop que nacen teñidos de certámenes con celebrities que eligen personajes reales que luchan por llegar a la cima, las empresas coreanas son más transparentes con sus inventos. Poco circo y directo al grano. Cada vez que terminan de pulir un nuevo proyecto lo anuncian con todos sus detalles: si será un grupo de chicos o chicas, qué enfoque musical tendrá, cuántos serán los integrantes, qué géneros abarcarán las canciones y a quiénes buscan captar. El misterio, entonces, está en quiénes serán los muñequitos que lo lleven adelante. Esos protagonistas salen del reservorio de artistas que van reclutando y entrenando para convertir en soldaditos del pop.

Ese reservorio de pibes artistas son el resultado de la búsqueda incesante de los caza talentos coreanos que andan buscando por las calles a chicos que bailen, canten o rapeen. Cuando identifican que uno tiene pasta, rápidamente firman un contrato y lo meten en su máquina de talentos para ir puliéndolos hasta necesitarlos para algún proyecto. Una especie de escuela de Cris Morena sin la parte de las novelas. A estos pibes en etapa de gestación creativa los llaman “aprendices”.

Si bien la música K-Pop es bastante estándar a nivel musical y lírico (estribillos pegadizos y letras de amor adolescente), lo más fascinante de este estilo es, para mí, los videos musicales. Es como un revival de los videos de las boy bands de principios del 00’s en la que todos competían por ver quién le ponía más efectos especiales, locaciones disparatadas, fuego, agua y mansiones. Las bandas de K-Pop duplican la apuesta a nivel 3.0 con aún más efectos especiales, locaciones más raras y si pueden mezclar agua con fuego dentro de mansiones, dale que va.

Imaginen hacer un video con todo esto y más. Trajes brillosos, columpios en el medio de una habitación de decoración Luis XV. Uno de estos muchachitos tirando una flecha con un arco delante de una gran escultura, un trono dentro de una fuente, una vela blanca de la cual sale una cera negra, una mesa larga como si fuera la de la merienda de Alicia en el País de las Maravillas pero con vajilla dorada. Un set futurista en tonos violetas con una coreografía llena de pasos que parecen una danza capoeira, otro de los pibes envuelto en una especie de mosquitero lamiéndose el labio y, de pronto, una escena en cámara lenta con uno de los chicos flotando sobre la habitación francesa mientras otro suelta un globo en un set de color rojo. Silencio y de golpe el ritmo pop es reemplazado por un órgano. Misterio, un telón que se levanta y una escultura de mármol con alas de verdad. El coreanito se acerca a ella, la revisa y de pronto se saca la camisa y se ve que tiene dos grandes cicatrices alargadas en la espalda. ¡Era un ángel al cual le arrancaron las alas! Bueno, todo esto no lo inventé, sucede en seis minutos que dura el video “Blood, Sweet & Tears” de BTS. Droga oriental 120%.

Al principio fui bastante escéptica del K-Pop y lo juzgué mucho mientras lo escuchaba para escribir esta columna. Todo lo canchera, posmoderna y juvenil que me había sentido desde que me encariñe con el reggaeton y el trap, se fue cuando me puse a ver estos videos y no logré entender qué es lo que genera tanto fanatismo real y no una burla mundial.

Creo que no voy a entender el K-Pop nunca aunque ahora ya no me horroriza. Solo seguirá causándome curiosidad y ganas de tomarme una pepa para ver los videos y reírme a carcajadas. Aún así celebro que haya variedad de productos pop y que la oferta ahora también provenga del oriente, que los pibes consuman algo por fuera del mercado anglosajón y que si con este consumo viene aprendizaje cultural e idiomático, bienvenido sea.