#KirbyDots #03

Amadeo es @kingmob84. Es licenciado en historia y doctor en ciencias sociales. Escribe y mantiene el blog El Baile Moderno desde el año 2007. Es editor de la revista de crítica de historietas Kamandi. Publicó en Crisis, Los Inrockuptibles, Mancilla, Haciendo Cine y otros medios. Lee cómics desde los ocho años, escucha canciones desde mucho antes y ama el pop.

 

Hace un par de semanas, casi de la nada, Ovni Press, la casa editora más importante de Argentina en cuanto a traducciones e importación de comics extranjeros, anunció que había conseguido la licencia para editar Akira en nuestro país. Se sabe que serán 6 tomos de 360 páginas en un formato similar al norteamericano, o sea, más parecido al comic book que al tankobon, pero con sentido de lectura oriental. La publicación íntegra de la obra de Katsuhiro Otomo en nuestro país representa un mojón importantísimo en la historia de la edición del manga local… sólo que llega 20 años tarde. Y allí, me parece, hay una interesante pregunta: ¿por qué se demoró tanto tiempo? Y, por otro lado, ¿por qué ahora?

Akira, para aquellos que no están familiarizados con la obra, cuenta la historia de Tetsuo y Kaneda, dos amigos pertenecientes a la misma pandilla de motocicletas (¿quién es capaz de olvidar esa moto maravillosa de Kaneda que podía hacer marcha atrás?) en un Neo Tokio post-apocalíptico. Ellos lentamente terminan enfrentados por la manipulación del gobierno, que ha realizado experimentos en niños con poderes, y por el surgimiento de habilidades psíquicas en Tetsuo. Lo que comienza como una historia de adolescentes causando problemas se convierte en la crónica de la disolución de una amistad mediada por la megalomanía.

Ahora bien, para cualquier persona que creció durante los ’90, Akira no es solamente una obra importante del manga sino la cabeza de lanza de lo que fue la definitiva penetración del comic japonés en Latinoamérica. La película de 1988, llegada a Argentina sobre la mitad de los ’90, fue un fenómeno que precedió el estreno de Dragon Ball, Sailor Moon y Saint Seiya en la televisión local. Algo similar sucedió en España de donde, como buenos sujetos colonizados, importábamos la versión traducida del filme.

Y Akira también fue un evento extraordinario en los Estados Unidos. Probablemente vinculado a la estética con tonos occidentales de Otomo. Fue la primera obra importante del medio que obtuvo un cierto éxito, hasta el punto de que, a la hora de colorearla, la tarea recayó sobre Steve Oliff, un colorista procedente de la industria norteamericana, trabajador de Marvel, que coloreó el comic por computadora, una de las primeras instancias conocidas del uso de esta tecnología.

A la vez, Akira también es un interesante caso de estudio para el momento en que el manga todavía no podía ser clasificado como tal, en el que ciertos estándares de edición y lectura no se habían asentado aún y lo que se intentaba era occidentalizarlo de una manera que lo equipare con las costumbres de lectura locales. Ediciones más grandes, división en capítulos al estilo comic book, uso del color, occidentalización de las páginas. El enorme esfuerzo puesto en la adaptación de Akira (“domesticación”, diría la académica especialista en manga Casey Brienza) ayudó a demarcar al comic como algo excepcional tanto para el panorama de los comics occidentales (por ser el primer manga “exitoso”, por su exotismo que debía ser domado) y dentro de la visión occidental del manga (donde Akira sería La Obra Excepcional Que Pudo Conquistar Occidente).

Esto generó una situación extraña: por un lado, Akira como punto de referencia obligatorio, por otro, un comic que parece purgado de su “japonesidad” como un prerrequisito para llegar al mundo. En Argentina consumimos las ediciones norteamericanas y la versión europea de Ediciones B, esos álbumes de tapa dura a colores con el tamaño de un álbum europeo, complicando el trabajo de adaptación aún más. Mientras que diversas editoriales iniciaban el proceso de importación de mangas en su formato original, y nos traían Dragon Ball, Ranma y Sailor Moon, Akira vivía en una especie de extraño limbo: adorada por todos, leída por pocos, vendida por nadie. Lo más cerca que estuvimos de una edición de algo de Otomo fue La Leyenda de Madre Sarah, un comic posterior y decididamente menor en donde ni siquiera dibuja, editado en forma de comic book mugroso, y discontinuado luego de los primeros episodios.

Pero ahora, 20 años después, con nuestras comiquerías llenas de manga y nuestro fandom cambiado para siempre, llega una edición oficial y argentina de Akira. Por un lado, pareciera un proyecto largamente postergado al que finalmente le llegó su momento, una de esas lagunas inexplicables (como la edición integral de Alack Sinner, otro logro de este año) que finalmente son cubiertas. Por otro lado, pareciera hablar de la importancia de Ovni Press en el panorama local, una editorial a menudo ignorada por la crítica debido a su rol como importadora y no productora de material local, pero cuyo impacto en el medio económico de la historieta debería ser comenzado a tomar más en serio. Pero, más importante, es la oportunidad de que muchos fanáticos experimenten la obra íntegra. Y, de una manera curiosa, como el Ourobobos, Akira finalmente se beneficia del proceso que ella misma inició, allá lejos y hace tiempo en ese mundo extraño que fue el final de los ’80.