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Amadeo es @kingmob84. Es licenciado en historia y doctor en ciencias sociales. Escribe y mantiene el blog El Baile Moderno desde el año 2007. Es editor de la revista de crítica de historietas Kamandi. Publicó en Crisis, Los Inrockuptibles, Mancilla, Haciendo Cine y otros medios. Lee cómics desde los ocho años, escucha canciones desde mucho antes y ama el pop.

 

Argentina siempre fue un país que trató mal la memoria histórica de su historieta. No solo en cuanto a la conservación del material original (revistas, diarios y originales), sino también en cuanto al mantenimiento de ese material en circulación y lectura. No somos un país pródigo en reimpresiones de material clásico, que a menudo sólo es accesible en viejas revistas corroídas por el tiempo, o a altos precios.

Francia y Japón tuvieron un mejor registro en este campo. Estados Unidos durante largo tiempo siguió nuestro camino, pero ya hace casi 20 años que su industria vio un boom de las reimpresiones, una “era dorada”, que comenzó por proyectos importantes como el Peanuts de Charles Schulz, diseñado por Seth (artista recientemente invitado a Viñetas Sueltas), pero que pronto se expandió en todas direcciones, inclusive recuperando obras clásicas de Europa y Japón. Esta “edad dorada de la reimpresión” se caracterizó por las ediciones de lujo con bello diseño de algún dibujante o diseñador estrella, la inscripción de la importancia histórica en objeto y superficie. La versión hispanohablante de este fenómeno reside en España, en donde la mayoría de las casas editoriales producen una barbaridad de re-ediciones, muchas veces antes que en el país de origen del material.

En Argentina esto siempre fue raro. Amén de El Eternauta, republicado por primera vez en forma íntegra en 1975 por Ediciones Record (responsable también de otros rescates en los setentas y ochentas), y la labor de Ediciones de la Flor con tiras de prensa famosísimas como Mafalda, Clemente e Inodoro Pereyra, la manera en que las historias se mantenían en circulación consistía en el sostenimiento de las colecciones originales que reciclaban las historietas de forma eterna. Así subsistieron durante años las revistas de Columba y Ediciones Dante Quinterno, siendo compradas ocasionalmente por el padre o lector despistado que necesitaba algo para un viaje en colectivo o para distraer a un sobrino. La concepción de fondo era que la historieta era algo descartable.

En los ’90, Juan Sasturain comandó la colección ND en Colihue. Los famosos libros de tapa naranja, que aún siguen en circulación, dieron exposición a un puñado de grandes obras y ayudaron a conectar al lector con alguna idea de trasfondo histórico. Más recientemente, De La Flor publicó un par de libros de Sonoman, la creación de Oswal; y este año se produjo un gran batacazo cuando la Editorial Salamandra editó el Alack Sinner integral de Muñoz y Sampayo en un libro de buen costo y manejable a pesar de sus más de 700 páginas.

Asimismo, La Editorial Común de Liniers lanzó un muy bello volumen de las historietas de Pi-Pio, de García Ferré, y actualmente Ediciones Assisi comenzó la labor de editar cuatro volúmenes con las historietas originales de Patoruzú realizadas por Dante Quinterno. Un nombre une a ambos proyectos: Pablo Sapia. Dibujante de historietas, parte de la revista Suélteme durante los 90s, coordinador del espacio historietas del Centro Cultural Recoleta durante diez años, Sapia, además de seguir dibujando, se transformó en una especie de arqueólogo del cuadrito. En un principio, impulsado simplemente por su propio fanatismo: “me interesé específicamente en el trabajo de viejos dibujantes a los que para conocer su obra hay que remontarse a revistas antiguas. Tuvo bastante influencia la lectura de La Historia de los Cómics de editorial Toutain, donde descubrí el Patoruzú dibujado por Quinterno. Hasta ese momento solo conocía las historietas dibujadas por los profesionales que trabajaban para Quinterno, las clásicas revistitas que poblaron los kioskos durante años, que eran de un excelente nivel profesional, pero casi absolutamente impersonales”.

Su primer proyecto profesional fue el libro de Pi-Pio, que se dio de forma completamente casual: “Hace mucho tiempo le mostré a Liniers (cuando recién comenzaba su carrera de dibujante) mi colección de Pi-Pío, señalándola como una joya casi desconocida de la historieta argentina a la que había que conocer sí o sí. Años después, él se cruzó en un evento con Manuel García Ferré y le preguntó por qué nunca había editado Pi-Pío, y que él tenía una editorial que acababa de lanzar sus primeros libros, que le gustaría editarlo alguna vez, etc. A lo que GF le contestó: “bueno, juntémonos a hablarlo”. Así que Liniers me llamó medio desesperado para ver si yo todavía tenía las páginas de la historieta, si estaban completas, si se podían reproducir, etc…”. Para Sapia, “Pi-Pio es una historieta de un humor, de una inspiración completamente personal” que no se registra como un eco evidente de las grandes tiras norteamericanas.

Ese proyecto dio paso al de Patoruzú, a través de un contacto con la familia de Dante Quinterno luego de un encuentro en el programa ¡Plop! de Juan Sasturain. El proyecto contempla cuatro volúmenes publicados por Editorial Assisi que cubren el período 1936-1940 y, si la audiencia acompaña, su continuación. El proceso de recuperación de los materiales es muy complejo, y fue realizado en base a “material impreso en las viejas revistas semanales del período 1936-1940. Un par de aventuras y algunas tiras de diario que no se habían reeditado nunca en revistas las recuperamos a partir de viejas fotocopias de diarios de los años ’30 que me dio un coleccionista hace más de 15 años”. La precariedad de la conservación se traslada al intenso trabajo de recuperación: “La idea de la que partimos es que las tiras se puedan reproducir con la misma calidad (o la más parecida posible) a la que tuvieron al ser publicadas originalmente. Y si es posible, mejorar esa calidad, borrando manchas y corrigiendo defectos de la impresión original que en esta edición no están. Es un proceso bastante meticuloso. Uso el lápiz óptico de la tableta Wacom y el Photoshop. Un poco más de seis meses de trabajo de restauración es lo que llevó cada libro. Sin contar el tiempo de investigación y busca de todo el material que aparece en los “extras” que sumado es casi otro libro aparte”.

Con respecto al futuro, a Sapia se encuentra trabajando en “un libro de historietas de Hijitus y otro de Larguirucho, también para Assisi.” Asimismo, fantasea con que “Sería maravilloso poder rescatar, en un futuro más o menos próximo, en ediciones dignas, la obra de Calé, de Divito, de Ferro, de Battaglia, de Lino Palacio. El Hernán el Corsario de Salinas, en su versión original (la versión que editó Record en los ’70 es un desastre y está retocada muy mal)”.

Sería importante que estos proyectos prosperen y se multipliquen, no solamente porque ayudaría a recuperar porciones vastísimas de nuestro pasado historietístico que han quedado sepultadas, sino también porque su llegada al gran público ayudaría a que estas ediciones sean más fáciles de financiar y, quizás, a que descienda un poco el precio, uno de los puntos “polémicos” de la edición de Patoruzú, y uno de los costos a pagar por obtener un objeto bello. Como menciona Sapia, “pensamos en todo tipo de lector. Desde el que cae a buscar un regalo lindo a una librería, se encuentra de sorpresa con Patoruzú, hasta el coleccionista fanático de la continuidad histórica que espera una edición con datos, extras y rarezas varias. Pasando por el que lo compra porque “lo leía de pibe” y el que se lo regala al padre porque es un gusto compartido entre generaciones”.

Además de revivir esta experiencia comunitaria de la lectura, las recuperaciones históricas cumplen otro rol: ayudan a “enriquecer para atrás”, a comunicar a aquellos lectores que vinieron luego que hay un paraje muy verde que no solamente debería estar disponible para aquellos académicos y fanáticos dispuestos a cubrirse de polvo en la biblioteca o las tiendas de segunda mano. Porque, al fin y al cabo, estamos parados sobre los hombros de gigantes, aunque esos gigantes sean invisibles.