#LaLuchaEsHoy #06

Romina Zanellato (1984) es @romizanellato. Es periodista y colabora en varios medios. Hace el podcast Los Cartógrafos junto a Rosario Bléfari y Nahuel Ugazio. Hizo el blog #AmoInternet.

 

Hace algunas semanas mis amigos me llamaron para que ver en qué andaba y si me quería sumar a su plan de la noche, era ir a La Confitería a ver unas bandas. De una, me tomé el bondi y me uní a ellos en la puerta. Era una noche fría para el incipiente y poderoso verano que se presentó esa tarde, pero al cabo de un par de horas, no sé, tal vez como a las 3 de la mañana, empezó a levantarse ahí adentro un calor infernal. Era Mora.

A Riel los vi varias veces pero ese día hubo una fuerza magnética de mis ojos hacía el pelo de Mora que se sacudía con espasmos y la guitarra, que es grande como ella, que es, valga la contradicción, diminuta, moviéndose por el escenario juntas, como un solo ente de ruido. Poderosa es ella con su instrumento, que domina, salta, agita, un faro de actitud y talento sobre un escenario precario en la avenida Federico Lacroze.

Al lado mío había tres adolescentes que movían sus cabezas y apenas se chocaban escuchando la fuerza que una batería, una guitarra, unos pedales y, a veces, unos gritos, una figura, una sensación de vida, de inmediatez, de estamos acá en un momento de la historia. Se cruzan las referencias, aparece Patti Smith, aparece, obviamente, Kim Gordon, tantas otras que la precedieron y que no son Mora Riel pero sí, lo son.

Me quedé pensando mucho tiempo en lo que me produjo verla así, como fuente de una fuerza inmensa con su guitarra. Y me acordé de una conversación que tuve con Lucy Patané en el 2015 para el difunto suplemento joven de Tiempo Argentino, Ni a palos. Estábamos en el antiguo local de Mercurio Disquería en el Patio del Liceo y le pregunté por ese comentario que resuena cada vez que alguien la ve tocar a ella, también una guitarrista talentosísima: “ahhh toca tan bien como un chabón”. Sigo pensando en la respuesta que me dio aquella vez y en algo que discutimos cada vez que nos vemos: la habilidad no es propia de un género, los espacios sí son ocupados -en su mayoría- por uno solo. Es decir, ¿querés tocar la batería? Tocala, y apropiate de ese espacio, dedicate y hacelo.

Me discuto mucho sobre esto. ¿Hay arte femenino? ¿El ser mujer o el sentirte autopercibida como mujer, lesbiana, travesti o trans es suficiente para englobar a unas cuantas dentro de un “colectivo” o una escena? ¿Juntar mujeres artistas por el sólo hecho de ser mujeres es válido? Y a la vez siempre pienso y repienso en el ensayo Cuestión de género que publicó Marina Yuszczuk en La Agenda. Ella habla sobre la literatura escrita por mujeres, si ese rótulo marketinero del “boom femenino” es tal, si hay temas que de verdad engloban a todas las mujeres que escribimos. Otras discuten esa idea de que todo texto “femenino” es autobiográfico, como si la novela escrita por un tipo no tuviera correlato con su propia vida. Lo que sí queda claro es que el hombre ha sido narrado por sí mismo desde que Johannes Gutenberg creó la imprenta, y que fueron ellos los que nos narraron a nosotras. ¿Hubo espacio para que las escritoras narren a las mujeres? Sí, está Virginia Woolf, Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik, Silvina Ocampo, algunas más en aquellas épocas. Ahora todas escribimos, porque nos leemos a nosotras mismas, porque nadie antes escribió lo que nos pasaba. En palabras de Marina: “Me refiero a textos donde el cuerpo de las mujeres aparece narrado de una manera que ningún varón podría practicar, así como ciertas experiencias que están atravesadas por el género. Y no necesariamente la pareja o la maternidad, sino incluso modos de leer, de relacionarse con la literatura misma, con la ficción”. Ella, periodista, poeta, narradora, dirige y edita junto a Tamara Tenenbaum y Emilia Erbetta, la editorial Rosa Iceberg, que edita a mujeres contemporáneas.

Ilustración: Jazmín Varela

No paro de linkear una cosa con la otra, porque leo a mujeres, porque escucho mujeres, porque el arte que me gusta es ese que me hace pensar sobre mis propias experiencias y sobre las distintas formas de ser mujer, de percibirse en la disidencia, de ejercer la individualidad y la decisión política del género a medida personal.

Prestarnos atención, difundirnos y crear redes es una forma de hacer política, de ampliar nuestras libertades. Hay medios: Revista Chocha, Latfem, Economía Feminista, Revista Colada, Futurock, Radio Colmena. ¿Donde más encontrás mujeres e identidades disidentes en voz? Las redes crean el mundo nuevo. Las discusiones que estamos dando, los proyectos que estamos haciendo. Hay, incluso, un colectivo de mujeres artistas, la Asamblea Permanente de Trabajadoras del Arte, que redactó el Compromiso de práctica artística feminista para que se adhieran y firmen en todo el mundo, con el objetivo de que en ese ámbito de galería de arte, de museo, lo anónimo deje de ser mujer, la excepción.

Ahora estoy enloquecida con Jazmín Varela, una dibujante rosarina que está haciendo una serie de dibujos feministas, retrata la sororidad de las mujeres que la rodean. Se la puede ver en su cuenta de Instagram. Situaciones que para nosotras son cotidianas, que recién ahora estamos desnaturalizando y reconociendo como injustas, ese “avisame cuando llegues” o el “te acompaño hasta la parada”, y los maravillosos “hermana yo te creo” o el “gracias por contarme”. Las ilustradoras, que son un montón y -déjenme decirlo- son las que están haciendo revivir el circuito del dibujo y la historieta en Argentina, están siento mucho más osadas que la mayoría de las artistas de otras disciplinas. Tigres que garchan con mujeres en los dibujos de La Watson, las escenas de sexo en la cama de paredes negras de María Luque, las viñetas irónicas de Ocho, la birra de La Cope, la novela gráfica Poncho Fue sobre violencia de género de Sole Otero. ¿Cuántas más?

Ilustración: Jazmín Varela

Escucharnos, leernos, compartirnos y difundirnos es una postura política, sí, y también es una forma de que se cuente un cuerpo distinto. Las tonalidades de la sensibilidad no sé si corresponden a un género, pero sí estoy segura que todo el abanico de identidades no son representadas en el binario hombre (fuerte) – mujer (débil). Hay millones de grises que son historias, son sentimientos, son identidades. No las callemos. Hagamos red. Militemos el espacio que queremos tener para nosotras mismas, para nuestras amigas, para aquella rara que está allá y sabemos que hace tal cosa. El espacio que se deja, que no se ocupa, que no se toma, es avasallado por el macho.

Posdata. Ayer leí la columna de Salma Hayek en The New York Times sobre el calvario que tuvo que vivir para hacer la película de su vida, Frida, por el abuso y la persecusión que le hizo Harvey Weinstein. Léanla por favor, es tremenda. Pero me quedo con algo que dice sobre Hollywood, primer mundo: “De acuerdo con un estudio reciente, entre 2007 y 2016 solo cuatro por ciento de los directores fueron mujeres y 80 por ciento de ellas pudieron hacer solamente una película. En 2016, según otro estudio, solo el 27 por ciento de los diálogos en las principales películas fueron dichos por mujeres. Y la gente se pregunta por qué no dijimos nada antes. Creo que las estadísticas se explican por sí mismas: nuestras voces no son bienvenidas”.

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Ilustración principal: Jazmín Varela.