Dos o tres veces en el año se estrena en los cines la o las películas argentinas que todos van a ver, con las que se empiezan a especular diversas nominaciones en la temporada de premios o bien solo representan un gran éxito en la taquilla. Por lo general tienen actores consagrados bien conocidos y alguno que otro que representa una revelación, una novedad, pero básicamente las fórmulas de marketing son las mismas.

Animal, la última película dirigida por Armando Bo y co-escrita junto a Nicolás Giacobone (El último Elvis) obedece un poco a esa ecuación pero escapa de ella en cuanto a temática y a expectativas: es un thriller con tono dramático que se queda a mitad de camino en cuanto intensidad o bien promete una intensidad, algo que está a punto de explotar todo el tiempo y si bien explota, esa explosión no es para nada lo que esperamos.

Animal está protagonizada por Guillermo Francella quien interpreta a Antonio, un hombre de mediana edad y de clase alta que tiene una familia constituida, sin problemas de ningún tipo, una vida sin sobresaltos, hasta que descubre que una enfermedad renal lo aqueja y que amenaza con acabar con su vida en cualquier momento.

A partir de ese momento surgen diversos contratiempos (literalmente Antonio siente que tiene que correr una carrera contra la muerte, la suya propia) entre ellos el sistema de donaciones de órganos al cual está inscripto y la aparición de un misterioso, repugnante hombre y su novia con los cuales hará un peligroso trato.

Teniendo como punto de partida ese momento, la tensión narrativa irá in crescendo encontrando diversos avances y retrocesos pero siempre quedando a mitad de camino en intensidad, pretendiendo ser correcta y demasiado realista dejando en el camino los atisbos de humanidad y hasta de bondad que sus personajes mantienen pero que en nada se parece al costado brutal y salvaje que un animal tendría.

El film en sí mismo nos enfrenta con el interrogante de qué haríamos nosotros si estuviésemos en ese lugar y ahí esa laxitud entra en juego ya que la historia peca de ser demasiado realista.

La fotografía ampulosa y oscura, le da al thriller un aire refinado y de misterio constante pero algunos movimientos de cámara innecesarios rompen con esa atmósfera y evidencian la puesta en escena. Los personajes están muy bien construidos, principalmente el de su protagonista, un burgués que de a poco empieza a perderlo todo y a su esposa, Susana, una ama de casa siempre desplazada por su marido interpretada por una magistral Carla Peterson.

¿Será que en tiempos de violencia extrema tanto dentro como fuera de la pantalla pretendemos ver una película que nos desafía siendo cruel y empujándonos al limite de lo tolerable?