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Hace poco Santiago Motorizado, junto a Mora de 107 Faunos y Tomás de Bestia Bebé viajaron a Guatemala a tocar un par de canciones en la Semana Extraordinaria de Cine Actual (SECA), un festival de cine emergente que lucha y libera diversas expresiones de una pantalla gigante opuesta a los grandes centros comerciales audiovisuales. Un cine que combate por su independencia, logrando de la imagen un cuaderno de apuntes, donde los bocetos de historias rebalsan y necesitan ser contadas, sea como sea, sin la necesidad de grandes productoras y todo lo que eso conlleva. Su selección regida por su estética, su contenido y aquella idea de que algo también se puede probar de otra manera. Quizás eso, también enamoró a Santiago, la perspicacia de promover algo diferente: el amor en el cine.

En la última edición del BAFICI, se presentó una película llamada Atrás hay relámpagos, dirigida por Julio Hernández Cordón, quien también fue parte del jurado en la competencia internacional. En la película prevalece la acción, prevalece correr, saltar para todos lados, tirarse al piso, andar en bicicleta, caerse, lastimarse, prevalece vivir las duraciones de los hechos, en vez de ir buscando la velocidad por el montaje. Esta película es rápida más en cuestiones físicas que técnicas, porque es una película joven y la libertad es inalcanzable. Santiago conoció a Julio en el Festival de Mar del Plata, donde vio su película anterior Te prometo anarquía y al parecer quedó encantado y se acercó a su director para saludarlo. Julio ya conocía sus canciones, entonces la felicitación fue mutua. Un mismo espíritu los une y es el deseo de la independencia artística. En el BAFICI nos llevamos la sorpresa de que las protagonistas de Atrás hay relámpagos corren para todos lados y no las pueden alcanzar, la cámara disfruta los colores de la noche esperando su próximo movimiento arriba de su casa con un rifle. Julio no dudó en pedirle a Santiago, no sólo una de las canciones de Él mató a un policía motorizado para una de las escenas de la historia, sino también ser uno de los invitados especiales del festival que organiza en su país natal. Santi, como su canción lo dice, tan fanático del director de esa película, dio un recital diferente en un ámbito cinematográfico que le abría no solo los oídos, sino también los brazos, porque en la oscuridad del cine se dice cuánto se ama estar en el cine. Como si Julio pensara todo el tiempo esa canción y jugara a repetir la frase, una y otra vez, ya que abrirle las puertas a las canciones en el festival, experimentar con la presencia de bandas que comparten la misma idea, no referido a la temática, sino a la forma de producción, a la verdadera pelea, ya que en un corazón gigante que emerge hay espacio para todo, para nuevos discos y nuevas películas.


Julio Hernández Cordón es un director motorizado en cuanto a no bajar la cabeza y concretar sus proyectos sea como sea, ya cuenta con cinco películas que se fueron distribuyendo por diversos festivales, quizás las más importantes fueron sus participaciones en Locarno y San Sebastián. Te prometo anarquía, su película mexicana, fue incluida hace muy poco en la lista de Netflix. Son un grupo de jóvenes que se meten en el negocio ilegal de la venta de sangre; ya de por sí una excelente metáfora para hablar de producción cinematográfica o musical, o cualquier ramificación artística independiente. Pero la película no dice nada de eso, sino que es una ficción que cuenta la historia de personajes semejantes a los Kids de Larry Clark o a los P3ND3JO5 de Perrone. Pero no se deja atrás que en lo profundo de una ficción, ya sea con una película o una canción, hay un espíritu que grita la revolución, porque atrás de las montañas, atrás de los edificios, atrás de las cámaras, atrás de los instrumentos, atrás de todo… hay relámpagos. Las primeras películas de este director eran más guerrilleras en cuanto a modelo de producción: Hasta el sol tiene manchas reemplaza los escenarios por dibujos de tiza en una pizarra gigante y eso duplica la apuesta política que plantea la narrativa de su cine, como una carta de despedida de Guatemala, encendiendo un motor que lo va a llevar por México, para luego Costa Rica y seguir haciendo su cine, no importa cómo, no importa dónde. En otra de sus películas, Las marimbas del infierno, se hace un experimento musical, donde se prueba la combinación del instrumento tradicional del país, con el heavy metal. A Julio le interesa mezclar las cosas, desterritorializar la cuestión de que no todo está en una bolsa cerrada, sino abierta y en la que entra todo. En los videos del recital de Santiago, se lo puede ver sentado disfrutando de aquella pequeña función, disfrutando de la unión de personajes que buscan lo mismo en diferentes ámbitos y logran borrar todo tipo de diferencias, ya sean geográficas o temáticas y disfrutan ver flamear el mismo estandarte que sopla el polvo.