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A veces, ciertas situaciones suelen ser funcionar como el fuego: queman para que nazca algo nuevo. Nos desafían, nos ponen como recién nacidos frente a la vida. Muchas veces resulta imposible no encontrarse con el pasado (de una vez por todas) para poder renacer. La vida de los personajes de Beginners (Mike Mills, 2010) experimenta justamente este corte. El director del film, Mike Mills, decide volcar su historia personal en esta historia de amor, del amor complicado de película que tanto se estila últimamente. La historia dice más o menos así: Oliver (Ewan McGregor), un joven dibujante, recibe dos noticias impactantes de parte de su padre, Hal (Christopher Plummer): que es un enfermo terminal de cáncer y que es gay. Al mismo tiempo conocerá a Anna, una enigmática y encantadora chica (Mélanie Laurent), que lo enamorará por completo. A partir de estos sucesos, Oliver a la par que su padre, deberá reconstruir su vida mientras el pasado se cuela inevitable. Siendo una historia simple y claramente real, por el hecho de pertenecer a las vivencias del director, las acciones no son rebuscadas ni esplendorosas, pero igualmente la historia cautiva; y en esto tienen que ver mucho los actores: cada uno representa su papel a la perfección y logran (por lo menos en mi caso) un acercamiento de identificación con el espectador muy fuerte. Mélanie Laurent, bellísima como siempre, despliega su mirada pícara y algo adolescente en la pantalla dándonos una Anna perfectamente frágil y enamoradiza, bohemia y elegante. Anna se encuentra siempre al borde, no sabe lo que quiere y para ella también está empezando todo de nuevo al intentar asentarse. Un Ewan McGregor maduro encarna el papel de Oliver, construido a la perfección, con su cabeza enredada y la inseguridad y el temor a flor de piel, que se verá obligado a luchar contra sus fantasmas para poder empezar de nuevo. Y el siempre fantástico Christopher Plummer en un papel inolvidable, representando a Hal, que recibe los cambios de la manera más optimista y que por primera vez en su vida se siente libre. Hacía mucho que una historia de amor no me cautivaba tanto como ésta. El amor visto desde diferentes planos, el amor que experimentan individuos que dentro de ellos luchan con fantasmas y consigo mismos. Oliver conoce a Anna, y mientras se teje su relación van saltando situaciones con su madre (relación planteada como conflictiva) y del matrimonio de sus padres que le permiten no cometer los mismos errores o asumir cuestiones que habían sido ocultadas bajo el tapete. La revelación de su padre como homosexual, el cambio radical que se animará a llevar a cabo, dejan a Oliver en una situación de vacilación: todas las estructuras que siempre lo rodearon y protegieron, resultan ser una mentira y se caen. Todo esto revestido de una veta freudiana. De hecho este paralelismo entre la historia de amor que Oliver intenta construir con la de sus padres, es algo muy marcado en el film, ya que Oliver como narrador contrasta permanentemente ambas épocas: quién era el presidente, cómo se veía la belleza, cómo era cielo, etc. Estos son recursos que dinamizan la película (subtítulos del habla interna del perro, ilustraciones, repetición de escenas, fotografías agregadas, etc.), tal como hablábamos en Una divertida historia. Hay un componente que debo decir es muy acertado: si bien la película tiene una gran cuota emocional, el ritmo y el enfoque no deja que se caiga en un drama duro, sino que en varias escenas uno se encuentra sonriéndose ante la emoción. El factor de la enfermedad de Hal no se plantea como trágico sino como un simple paso, otra etapa. La acertada elección musical es uno de los elementos que la lleva a esto. Todos nos presentamos como bebés cuando un esquema se cae y debemos reconstruir otro. Mike Mills, generosamente comparte su historia de vida y nos entrega un film impecable.



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