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El desencanto de un niña de cuna burguesa ante la vida misma, el descubrimiento de un existencia acartonada, asfixiante y sistemática; la abrumadora revelacióndel sinsentido de la vida, todo esto, capturado y documentado por el ojo cinematográfico infantil (aunque no inocente) y matizado con una estética impecable conforma el “El encanto del erizo” (“Le Hérisson”, Mona Achache, 2009). Paloma (Garance Le Guillermic) tiene 11 años y vive en el seno de una familia francesa burguesa, y el día que cumpla 12 años planea suicidarse para no “chocarse con la pecera” como hace el resto de la gente a su alrededor. Paloma se presenta como una oveja negra dentro de un entorno donde todo parece ser vacío: una madre alienada que consume psicofármacos a montón y habla permanentemente de psicoanálisis, un padre desinteresado y cansado de su familia, una hermana frívola e histérica. Se ha dado cuenta que todos ellos son peces que sólo chocan contra las paredes de una pecera sofocante y viciosa. La niña se niega a someterse a esta alienación y se dedica a filmar la cotidianeidad ridícula de su familia para ilustrar al espectador sobre por qué elige el suicidio. Mientras tanto vamos presenciado una crítica mordaz acerca de los valores y prácticas de la clase alta, que parecen totalmente encerrados en esta realidad inocua que los sobrepasa a ellos mismos. Paloma dice que no, planea escapar de la manera más drástica. A partir de esta realidad cotidiana (que ella reconoce como única), aparecen dos personajes alternativos: la portera de su edificio, Renée (Josiane Balasko), una mujer venida a menos y agria, adicta a la literatura y ensimismada, y un nuevo inquilino, Kakuro Ozu (Togo Igawa), un japonés sensible y perceptivo que rápidamente se enamora de Renée. Este es el mundo en el que Paloma comienza a inmiscuirse descubriendo nuevos valores. El tópico de la muerte es algo central, nombrado y pensado a través de todo el film. El arte (literatura y cine sobre todo) y el amor aparecen como aquellos cables a tierra que nos salvan de la pecera: el único y perfecto escondite se vuelve una habitación colmada de libros, el refugio ante la realidad llana y depredadora. La ficción es la salvación, cuando al principio la muerte aparecía como la única salida posible. Así es como la concepción de la muerte va mutando a través de la historia, con diferentes sucesos, conversaciones y reflexiones. La figura infantil es fundamental. No sólo porque aporta una mirada distanciada de las prácticas burguesas adultas, sino porque las ridiculiza y suma un tono irónico y cómico a la historia. Como prolongación de la propuesta de Paloma está Renée, quien es una desencantada de la vida, una resignada ante las prácticas burguesas a la que es sometida día a día, pero se sumerge en su “refugio” ficcional proporcionado por la literatura y queda exenta de él. Por eso podemos pensarla como la figura que funciona como el erizo: aquel animal espinoso y en permanente defensa que, debajo, oculta un ser tierno e inofensivo. “El encanto del erizo”, basado en la novela de Muriel Barbery, La elegancia del erizo, es un film conmovedor y poético que ejecuta una importante crítica a los esquemas establecidos como normales y aceptados, es provocadora sobre todo por la mirada de Paloma. En fin, termina siendo genuina y esperanzadora.