“Como director he trabajado en muchas de mis producciones sobre la memoria de los otros, de la memoria individual, la memoria de mis personajes, esa memoria que deviene en una forma de mirar y recordar, memoria individual, política y social. Un día me detuve en mi propia historia, en lo personal en mis recuerdos, y allí me encontré repleto de olvidos, lagunas, huecos y vacíos. En ese mismo momento pensé, acá hay una imposibilidad, un conflicto. Entonces acá hay una película” dice Andrés Habegger, director de El (im)posible olvido, su última película estrenada hace pocos días. Andrés dirigió Historias Cotidianas (2001), Los santos vienen marchando (2004), entre otras, pero hay una que lo marcó mucho más que todas otras, esa que refleja una época dura y fría de todos los argentinos.

Es hijo de Norberto Habegger, militante político desaparecido durante el Proceso de Reorganización Nacional. Estuvieron junto a su madre exiliados en México desde julio de 1977 hasta 1984. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires y Dirección de Cine en el CERC-INCAA (hoy denominada ENERC, Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica).

El film narra la historia de un hijo en búsqueda de su padre. Un padre periodista y militante de la organización política Montoneros desaparecido hace 35 años y “convertido en polvo”. Un polvo que cubre el horizonte. Un pasado repleto de olvido y un intento de recuperar momentos, situaciones, gestos y objetos.

El documental se filmó en diferentes puntos geográficos como Arrecifes, Mendoza, Buenos Aires (Palermo, San Justo, Villa Crespo), México y Brasil, lugares en los que el padre de Andrés estuvo exiliado entre 1977 y 1978, año que termina secuestrado en Río de Janeiro, en un operativo militar en conjunto de las fuerzas tanto argentinas como brasileñas.

Mediante la narración en un cuaderno con el logo del Mundial del ´78 que Andrés encuentra, nos va contando esas emociones cotidianas que tenía de niño conjunto a los recuerdos de su padre, situaciones del cotidiano con su madre, sus temores e incertidumbres que transitaba cada vez que su padre no llegaba a horario a su casa. Encuentra en este relato una construcción de la memoria, la presencia de la ausencia como concepto, la figura de un padre desaparecido tomando forma, movimientos, palabras, emociones.

Todo esto desencadena en un viaje con un gran peso emocional, en donde hay cartas, fotos, notas, diapositivas, amigos, parientes, todas las piezas que se necesita para armar el rompecabezas del pasado y, en algunos casos, del mismo presente.

Como muy bien lo define el director, la película es un entrar en trance, un viaje en el tiempo y en las sensaciones. Imágenes visuales de un camino, de una ruta, de algunas cosas perdidas y de un final de camino, o mejor dicho, de esa parte del camino. Esta breve historia esta filmada… y como menciona Andrés, ya será imposible olvidarla.