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Ninguna película que hable del presente puede salir bien parada porque hablar del presente es meter la pata hasta el fondo, embarrarse entero sin saber si la jugada va a terminar en gol. En el mismo mundo que te venden globalizado es una perogrullada que las fronteras están más cerradas que nunca y la intolerancia igual de picante que siempre. Aunque la patria no sea más que una ficción, como aquellas que llenan los cines, muchísimos la defienden con su vida. La conclusión es fácil: ellos ponen bombas, ellos vienen por lo nuestro, ellos no son como nosotros. Si sucede en Argentina –donde el odio floreció con fuerza de un tiempo a esta parte-, sobre el viejo continente es mejor no profundizar. Europa, cuyos ciudadanos están repartidos por todo el globo, y cuyos hilos contribuyen a que mucho del globo esté atado, se siente amenazada. En este sentido, In the Fade resulta interesante: acurruca lo íntimo en medio de un entramado social y político en llamas –pero el incendio data de lejos, no de ahora. Da cuenta de un problema alemán enseñando las manos sucias –lo que no quiere decir, porque en verdad no lo dice, que los otros sean por contraste los puros, los blancos, los inocentes. No hay ni buenos ni malos pero sí un montón de palabras prestadas –elogios del prejuicio- que circulan para definir a los demás, un montón de distancia puesta para prevenir el contagio extranjero, un montón de estúpidos que, tras ser expuestos sin advertirlo por el mismo sistema que enarbolan, pelean por quién está más quemado y se aferran a su porción.

Esta obra le debe a Diane Kruger mucho más que una premiación en Cannes (se llevó el galardón a la mejor interpretación femenina). La actriz alemana, que no había hasta ahora trabajado en una película enteramente en su idioma natal, encarna el dolor que Fatih Akin, sabio, cuida hasta volverlo algo más –peligroso a la vez que frágil, detonante y suave, un dulce rumor envenenado. Compone –pocas veces tan pertinente el verbo “componer”- una madre, Katja Sekerci, que pierde a su único hijo, Rocco, y a su marido, un trabajador de origen turco salido hace tiempo de prisión, en un mismo atentado a las puertas del negocio familiar. No sólo se vuelve el centro de la película, la órbita por la cual desfilan todos los personajes, alrededor de la cual se posan las miradas y el destino final de todos los travellings vayan adonde vayan, sino que inscribe en su cuerpo el drama. Le escupirán acusaciones cuando le toque sentarse en el banquillo, y sobre su rostro bañado en sangre llueve el temporal de afuera que, hasta no instalados el juicio y la nieve, parecía interminable. Pintará de rojo el tatuaje incompleto de un samurái que tenía en las costillas para recordarse que no basta con esperar, que a veces la sed no se satisface con la Justicia Divina. Si la cámara se mueve va a encuadrarla cuando busque su detención y, como en aquellas cuidadas y cromáticas composiciones que recuerdan al más inspirado Bergman, el plano guía al ojo hacia su figura. ¿Queda algo después de la tragedia? Recién empezada la película, el personaje que interpreta Diane Kruger está ya muerto, por lo cual asistís en verdad a un proceso de llenado que no siempre va a echar mano de los mejores materiales – de resentimiento y clavos se nutre también el vacío. No podés dejar de preguntarte cuánto es capaz de aguantar un cuerpo; por qué ella – por qué me has abandonado.

Es curioso que en tanto cine de hoy se deslice una crítica a la Justicia, o al menos una incomodidad hacia su lugar y su valor: algo falla, algo no alcanza, y no es suficiente. El tema parece ser que sí o sí hay que endilgarle la culpa a alguien. Los suegros la culpan a ella; sus padres lo culpan a él; la policía, cuando no encuentra a los verdaderos responsables intenta culpar a las víctimas; los responsables, sin importarles las víctimas, actúan motivados por un odio de dimensiones metafísicas. In the Fade recoge el guante, le habla de frente al espíritu del momento, y utiliza todas las contradicciones de las que se vale el arte para su cometido. Faith Akin sabe de cine y lo demuestra en cada escena, ya sea utilizando el material de archivo como puntuación de la narración, ya sea dotando de ambigüedad diegética la música, o a la hora de planificar un sistema de planos, donde se sabe que cada encuadre tiene un valor en relación al todo. Pone en juego también que a cada muerte le corresponde un nacimiento y, de manera similar a como ocurría en La flor de mi secreto, la película de Pedro Almodóvar, donde el personaje de Marisa Paredes recobra la razón para vivir a partir de una llamada de su madre, aquí la posibilidad de cobrarse la tragedia rescata a esta mujer aniquilada. Puede que en definitiva trate sobre la venganza, pero te queda la sensación de que hubo otra cosa: persiste el dolor y la impotencia. Al contrario de lo que sucede: sobrevienen las ganas de entender y compartir. Deberías ver y volver a ver In the Fade: no tiene desperdicio que le hablen a uno con el corazón mientras lo miran a los ojos.