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El enfant terrible del cine franco canadiense nos sorprende una vez más con un drama familiar, siguiendo la línea de películas anteriores como Mommy (2014) o su ópera prima Yo maté a mi madre (2009), que relatan la imposibilidad de armonía en las relaciones familiares, sobre todo entre madre e hijo. Continuando varios de sus leit motiv (homosexualidad, madres conflictivas), Sólo el fin del mundo (como fue traducido el título en Argentina) es, tal vez, una de las obras de Dolan más logradas, una de las más “maduras”. Es también un film singular en cuanto al elenco, por la ausencia del mismo Xavier Dolan que solemos verlo en varios de sus films y que además cuenta con varias estrellas del cine francés (que han pasado todos por Hollywood): Marion Cotillard, Léa Seydoux, Nathalie Baye y Vicent Cassel.

Louis, una interpretación profunda y atinada de Gaspard Ulliel, vuelve a su pueblo natal después de muchos años para decirle a su familia que está muriendo. Él se ha convertido en un artista citadino, culto y cosmopolita; su familia conserva los modales de pueblo y un cierto resentimiento hacia él por el abandono y el cambio en su forma de ser. Su hermano mayor (Vicent Cassel) representa el estereotipo de macho mandamás con una gran sensibilidad contenida, acompañado por su esposa sumisa y acatadora (una sorprendente Marion Cotillard). Su hermana bastante menor (Léa Seydoux en un papel de Lolita) admira a Louis, como aquello que uno idealiza porque está lejos, porque roza lo irreal. Y su madre (Nathalie Baye, espléndida) que se ha maquillado casi como una drag para gustarle a su hijo gay, empeñada en pasar en un hermoso día familiar, como en los viejos tiempos. Todos estos personajes intentando actuar natural ante la inusual presencia de Louis, guardando palabras y forzando sonrisas, jugarán a la familia feliz desde el mediodía hasta el atardecer. Así como todos se esconden de todos para fumarse un cigarrillo, también transitan la casa materna sabiendo que hay algo que Louis vino a decir, que su visita no es fortuita, pero nadie se anima a preguntar, o nadie quiere escuchar.

Juste la fin du monde es una película visualmente exquisita, como todos los trabajos de Dolan, que además tiene el plus de contar una buena historia, interpretaciones poderosas y diálogos contundentes. Luego de Les amours imaginaires (2010), el film que lo llevó a la fama internacional, podríamos haber esperado una carrera muy bonita pero con poco contenido. Ha demostrado lo contrario, contando una historia tradicional y ya vista en muchas películas pero de manera bastante original. Los primeros planos recurrentes (casi constantes) nos conectan con la interioridad de los personajes, nos acercan a la intimidad, a los ojos, a los gestos que no pueden mentir; mientras el soundtrack nos sorprende con canciones anacrónicas pero que son un gol atrás de otro: “I Miss You” de Blink-182, “Natural Blues” de Moby, “Genesis” de Grimes, entre otras.

Juste la fin du monde es una película íntima y universal, porque trata una de las instituciones más ambiguas: la familia. Dolan se maneja con naturalidad en los rollos entre madres e hijos, entre secretos bien guardados y personajes de pocas palabras.

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