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Qué lindo es esperar con ansias una película y que sea lo que esperabas cuando la vas a ver. Justamente eso me pasó con La doble vida de Walter (The Beaver, Jodie Foster, 2011), que presenta un argumento bastante llamativo para mí y que parecía muy prometedor. Cuenta la historia de Walter (Mel Gibson), que sumido en una depresión intenta suicidarse cuando de repente un castor títere de peluche lo salva y de allí en más comienza a hablarle. A través del títere, manejado por el mismo Walter, el protagonista comenzará a recuperar todo lo que estaba perdiendo a causa de su enfermedad (su empresa, su familia, su matrimonio). Hay momentos en la vida de los seres humanos en los que parece que somos tan pero tan pequeños e inservibles que no podemos llevar a cabo nada, que todo se nos derrumba en nuestras narices y que nuestra debilidad nos lleva a no hacer nada. Es en esos momentos donde solemos buscar un cable a tierra; cuando ya no se puede ir más abajo intentamos subir, de la mano de algo externo, algo que nos exceda porque nos pensamos incapaces para todo. Solemos buscar en Dios, en el arte, en terapias, etc. El personaje de nuestra película en cuestión buscará algo tan simple como un peluche viejo y olvidado: le dará vida (la vida que él ha perdido) y lo dotará de todos los atributos del que él mismo había sido despojado. La vía por la cual podrá establecer relación con el mundo exterior será por este elemento que tomará fuerza a partir de la debilidad de Walter. El film comienza con la imagen de un hombre y una voz en off diciendo: “este es el retrato de Walter Black”. Una imagen sórdida, abatida, de un hombre que parece estar muerto, absolutamente marchito. El castor, personaje más que principal tendrá una personalidad completamente opuesta a la de su “dueño”, siendo extrovertido, simpático, cariñoso, positivo, gracioso, etc. y tendrá una presentación muy diferente a la de Walter, siendo muy solemne y casi mítica, donde nos anuncia que las cosas tomarán otro curso. Walter, al adoptarlo como extensión de su brazo producirá un quiebre en su vida y en la relaciones que venía llevando lo que sería la “sombra” de Walter. Lo que era un hombre gris ahora es el poseedor de un peluche que conquista todo lo que toca. Entonces es posible ver cómo a partir de la apropiación de un elemento ajeno y externo el personaje puede sacar a la luz todas aquellas cosas que las tiene vedadas por su condición; le es necesario un vehículo que lleve a cabo todo lo que él no puede. Igualmente, la gente a su alrededor comenzará a “enamorarse” del representante de Walter, olvidando lo que hay detrás. Y resulta ser que él no puede desempeñarse en la vida cuando intenta despojarse de su amigo peludo. Si bien él es consciente de que quien maneja el muñeco es él mismo, se piensa incapaz para llevar a cabo las acciones que realiza cuando el El Castor está al mando. Ponerse o sacarse el títere implica un cambio de actitud ante la vida sumamente decisivo: la vida o la muerte. En su inestabilidad, Walter vacila y se siente desprotegido sin este personaje que él mismo ha creado, pero que en este momento es el único cable a tierra que lo mantiene vivo. Resulta interesante cómo las atmósferas creadas transmiten el estado de Walter permanentemente: primero sombrías, luego más brillantes e iluminadas y acompañando los altibajos, con una musicalización ideal donde “Exit Music (For a film)” de Radiohead resalta significativamente en uno de los momentos más críticos del film. Y no se puede dejar de destacar el papel de Jodie Foster, que no sólo se puso en el rol de directora sino que interpreta nada menos que a la esposa de Walter quien vive a cada segundo (algo desconcertada) la metamorfosis de su marido, con una actuación muy a medida y muy creíble. Gibson, por su lado, parece haberse tomado su papel muy a pecho, ya que se lo ve descarnado y sumamente inmerso, despojado de sus clichés de galán hollywoodense. El film se me presentó preciso, con algunos desvíos en la historia pero aún así compacto sin decaer en ningún momento; si bien el ritmo es lento, lo cual es entendible por la historia contada. Realmente disfruto las historias simples que delatan una complejidad psicológica y que llevan a sus personajes a límites insospechados. Y eso es La doble vida de Walter, un drama profundo y duro, una crítica, una mirada a la vida, adentrándose en la historia de un hombre corriente que simplemente pide ayuda.



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