La ópera prima de Hernán Rosselli es una película sencilla pero de gran profundidad. Es un film declaradamente argento, sincero, de los que sin tapujos, se meten dentro de los personajes e investigan sus pasiones, miserias, miedos y alegrías. Mauro triunfó en el BAFICI, en el FICIC y sigue cosechando éxitos en cada una de sus reproducciones. En relativamente pocos minutos, Rosselli (quien cumple variadas funciones en la realización de la película) crea una historia completa, realista y cariñosa. Mauro es un pasador de billetes falsos que se convierte en falsificador. Lo interesante de este planteo es cómo, desde una construcción particular de personajes y actuaciones a medida, el delito y la clandestinidad están presentados de manera cotidiana y natural. La falsificación no solo es un arte, sino un trabajo. Mientras la película avanza, se dedican múltiples escenas a mostrar la artesanía cuidadosa y mentada de hacer billetes falsos. Imposible resulta no pensar en la referencia a Roberto Arlt, quien concibe al delito también como artificio y lo despoja de la carga negativa. Los personajes de Mauro habitan los márgenes de una sociedad condenatoria, pero la película nunca sale del espacio que ellos transitan. Es el mundo de esta clase media baja al que asistimos y en el que nos vemos inmersos desde el minuto uno. Será porque el tópico de la familia y de los núcleos de amor está tan presente en la historia y es tan natural que no necesitamos mirar al exterior sino, sumergirnos en este intimismo abrasador. Así mismo, podemos pensar en una suerte de anarquía ejercida por estos personajes por medio de la falsificación. El hacer dinero falso es la risa a carcajadas ante el sistema capitalista; burlar el símbolo del poder por antonomasia (el dinero) es una manifestación de resistencia y una construcción paralela al sistema tirano que deja por fuera a la mayoría. Igualmente, y un a nivel más cotidiano, el artificio de la falsificación aparece nada más y nada menos que como un trabajo, una forma de sobrevivir. mauro Podríamos decir que Mauro es una película de personajes. Más que la historia en sí, en el tránsito de los caracteres a través de ella lo que Rosselli pretende mostrarnos. Así, el relato intimista abre el film y lo atraviesa permanentemente. Algunas escenas parecen correrse de la historia principal (conversaciones cotidianas y arbitrarias, escenas íntimas que apelan a despertar la sensibilidad del espectador), porque justamente son parte de este relato de subjetividades que construye el soporte emocional y psicológico de la obra. De este modo la invitación a involucrarnos y ser parte del mundo íntimo es ineludible. Es interesante notar que la mayoría de los personajes se enmarcan en la categoría de “los buenos”, sin dejar que la marca del delito los convierta en “malos”. Imposible dejar de destacar la actuación de Mauro Martínez quien encarna el personaje principal y parece hecho a su medida. Su interpretación es sólida, lógica y uniforme. Mauro es una de esas películas que te dejan pensando unos días, que te hace contagiar de la forma de ser de los personajes, que te hacen sentir parte. Palabras precisas, música histriónica, actuaciones memorables y una buena historia para contar: una excelente película argentina.