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La película de Fritz Lang, fue reconstituida a partir de unos fragmentos encontrados en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. El filme es del año 1927 y fue censurado en cortes del celuloide con la milagrosa omisión de tirarlos. Un caso de found foutage literalísimo que se celebró con una proyección exquisita en el patio del Pabellón Argentina de la Universidad Nacional de Córdoba: debajo de la pantalla había tres músicos que interpretaban la banda sonora de la película. El tono del relato empieza en el blanco y negro y no es un juego de palabras, hay eso en el maniqueísmo cromático desplegando la efusividad de los ojos de Freder, el hijo de Frederer, la mayor parte del tiempo. Y si no la amás será ese impedimento para muchos de seguirle el ritmo a la vergüenza de ser hombre.

¿Qué es el aplauso del final sino la comunión con esa contundencia de lo narrado, con la alineación planetaria descendida de esa organización de los hechos leyendo a la condición humana así?

La gente tomaba fotos, sí. Mucha gente tomando fotos en el medio de la película. Todos los flashes juntos echados sobre Hel cuando aparece por vez primera. Los grillos competían con el trío que convirtió la función en algo mucho más eterno aún. Desde el pasillo de un Tribunal de Faltas fabrico cuentas de aquellas obras maestras de las conciencias del sí mismo que nos acercan a una dualidad acaso esperanzadora: el hombre esencialmente egoísta y el hombre creador. Vuelvo a pensar en Land e invoco sensibilidades de ese tamaño, espero un tiempo, estimo que no podré alcanzar la cifra y todo late distinto. No se explica bien la prisa de esa belleza multiplicándose, lo mejor es que no tiene porqué. Los otros nombres llegarán despacio, ese millón de amigos es el que quiero.