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Guido Contini es un famoso director de cine italiano sumergido en una crisis personal y profesional. Tiene que comenzar la producción de su nueva película en menos de dos semanas y no tiene ninguna idea, ni siquiera aproximada, de lo que va a filmar. Agobiado por los problemas y la prensa, decide huir de la realidad internándose en una especie de spa donde nadie lo reconozca. Es ahí donde comienza a encontrarse y reencontrarse con todas las mujeres que formaron parte de su vida. Desde su ya fallecida madre (Sophia Loren), hasta la puta del pueblo de su infancia (Fergie), pasando por su actual mujer (Marion Cotillard) con la que sostiene una relación a punto de quebrarse. De poco más trata Nine (2009), la película de Rob Marshall, adaptación de un musical de Broadway que en 1982 escribieron Arthur Kopit y Maury Yeston y que, a su vez, era una adaptación de Ocho y medio, la película de Fellini de 1963. Parece que se ocuparon tanto de hacer adaptaciones que, en el camino, olvidaron hacer una película. Lo que también olvidaron fue contar una historia que, por otro lado, necesita de personajes contundentes para que sea atractiva o al menos levemente interesante, cosa que Nine deja de ser pasados los primeros cinco minutos, durante el mismísimo primer número musical, por donde van desfilando, a modo de presentación, todos los personajes de la película y donde uno advierte, no sin asombro, que Marshall volvió a cometer el mismo error que en Chicago, su película del 2002: convocar para un musical a actores y actrices que no saben cantar ni bailar. En aquella, Catherine Zeta-Jones, ¡Richard Gere! y una chica rubia con un problema físico gestual (entrecierra los ojos, junta los labios y los saca para afuera). En esta, Daniel Day-Lewis y un elenco femenino de ¨grandes estrellas¨: Nicole Kidman, Sophia Loren, Fergie, Penélope Cruz, Kate Hudson, Judi Dench (todas prescindibles) y la única que merece una mención agradable, Marion Cotillard, la actriz francesa de La vida en Rosa o, más cerca, Medianoche en Paris, que vuelve a destacarse en Nine muy por encima del resto. Solo sus escenas y números musicales valen la pena. Lo demás es aburrido y previsible. Colmado de un falso glamour visual que agota (da vergüenza el número musical a cargo de Kate Hudson -claramente lo peor de la película-: ella cantando repetidamente “¡Guido, Guido!” como si fueran las últimas palabras de su vida, rodeada de modelos masculinos en traje, toda la escena en un blanco y negro injustificable, hacen que la pantalla chorreé grasa). En suma, un pobre intento de generar un producto “moderno” marca siglo XXI cuando no hay razón para hacerlo, y con el que pretenden que todos y cada uno de los espectadores reaccionemos como un niño que recibe el juguete nuevo más esperado, cuando lo único que hay en nuestras manos es una caja vacía.