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La aventura americana de Uwe Boll ha sido una lista de fracasos a cada cual más estrepitoso, de crítica y de taquilla. Casi clausura el cine de Zombies con una desafortunada versión del video juego “House of The Dead” (2003), certificó la defunción cinematográfica de Christian Slater y Stephen Dorff en “Alone in the Dark” (2005) e incluso intentó con poco éxito una incursión en la sátira política con “Postal” (2007). Por eso es tan sorprendente que firme una película como “Rampage” (2009). La película, que roza el mediometraje (85 minutos, de los cuales trece son títulos de crédito), parece responder al deseo que Boll ha intentado llevar a cabo en los últimos diez años. Una película densa, de contenido político y con grandes dosis de acción y violencia que muestra descarnadamente el lado más oscuro de los movimientos radicales políticos. Boll, que ha tenido que llevar a cabo la realización de la cinta en Canadá, dirige en esta ocasión a Brendan Fletcher, una estrella en ciernes que venía de hacer un gran papel como adolescente en “Dickens” (2005) y al que en “Rampage” vemos convertido en Bill Williamson un tenebroso personaje al servicio de una causa que podríamos calificar de anarquismo nihilista paramilitar. Bill, lleva a cabo un macabro plan que consiste esencialmente en repartir justicia natural, es decir, llevar a cabo una eugenesia de todos aquellos que asumen como suya nuestra sociedad, y para ello, se crea una armadura de kevlar que le hace virtualmente invulnerable, y se provee de armas de asalto para repartir muerte. El recorrido de Bill repartiendo plomo por el pueblo, se convierte en un análisis de los distintos grupúsculos humanos repartidos en esto que hemos dado en llamar convivencia social, ante el que sólo se le opone un Michael Paré (el mismo Michael Paré que da vida a Tom Cody en “Streets of Fire” (1984)), encarnando al Sheriff Melvoy, encargado de tratar de darle caza, al que se enfrentará Bill en un duelo final chocante para dar lugar a un final inesperado. Sorprende que una película tan absolutamente densa, con una trama que a primera vista es simple pero que se llena de complejidad hacia el final de la cinta y llena de crítica política haya sido firmada por Boll, no sólo en su realización, sino en su guión, y que zambulle al espectador en un universo donde la matanza indiscriminada de inocentes no es más que el medio por el que se le transmite la futilidad de la vida y la controversia de un mundo marcado por la paranoia post 11-S, el fundamentalismo político, y que halla en Estados Unidos el mejor caldo de cultivo para crear monstruos como Bill. Quizás la explicación a semejante transformación pueda deberse a la producción de Shawn Williamson que está detrás de películas muy correctas como “88 Minutes” (2007), “White Noise” (2005), o recientemente “Apollo 18“. En definitiva, una película para que se devora rápido, pero de digestión pesada, que como mínimo, dará lugar a un debate abierto e interesante.