Raúl Perrone, o El Perro, es uno de los realizadores más activos y curiosos del cine nacional. Este año se presentó en BAFICI su film Expiación, una poesía de imágenes oníricas que se sitúa en plena dictadura militar. Perrone siempre trabaja desde el interior, desde su Ituzaingó y desde un hacer cine “cooperativo” con alumnos suyos, con hojas manuscritas a forma de guía para filmar, pero con una soltura ante lo posible que convierte sus películas en verdaderas obras genuinas. En una conversación exclusiva con el artista, dialogamos sobre su visión del cine, la manera de contar historias, las formas de creación y su particular poética.

En una casa aislada, cuatro personas transitan sus sentimientos, recuerdos, pasiones y deseos mientras se exploran de manera recíproca a través de la acción lírica. Si bien mediante sutiles referencias históricas sabemos que estamos situados en el periodo de la dictadura militar de los ’70 en Argentina, el film escapa a cualquier cliché generado alrededor de esta temática. Lejos de recurrir a guiños históricos específicos o a imágenes de crueldad y tortura, los personajes que espiamos en aquella casa sufren procesos internos conectados con lo poético y lo onírico.

“Yo trato siempre de ser lo menos obvio posible. Entonces te imaginás que cuando abarcás un tema como la dictadura siempre aparece el Falcon, gente secuestrada… ya está, ya se hizo. Mi mirada siempre apuesta a la poesía, trato de manejarme con ese tipo de códigos. Sabés que estás hablando de una época muy específica, pero en la película no se habla mucho de eso, ni siquiera los que están ahí adentro encerrados, en ese lugar para la expiación, tampoco hablan de eso, hablan de otra cosa, de textos más líricos. Hay otras cosas: el amor, la seducción, el deseo, la monja que quiere dejar los hábitos, el tipo que perdió a su mujer. Me importaba más la parte humana que la parte política, porque generalmente quienes que hacen estas películas son tipos que han militado y mi mirada es la mirada de un tipo que hace películas, nada más”.

La filmografía de Perrone dialoga con la historia siempre desde este lugar poco directo y obvio, incluso el anclaje histórico no es una constante para él. ¿Que lo lleva a realizar un film sobre una época tan cargada para nuestra nación? Responde: “Siempre pienso en tres películas para poder hacerlas. Había pensado como una trilogía del tiempo: empieza con Cínicos, que era de la época de los griegos, de los filósofos y demás. Después hay otra que viene, que es la historia de un príncipe en el siglo XVIII, que también transcurre dentro del castillo y después viene esta. Yo quería abarcar la época de los ’70, y recordé mis veinte años en esa época, con el pelo largo y la cana que me cortaba el pelo y las persecuciones por ser dibujante y hacer cortometrajes y dije: ¿Por qué no abordar eso y terminar la trilogía con esa época?, pero con nada de esto que estamos hablando. Entonces se me ocurrió inundar la fabrica esa y que la gente esté ahí. Y era eso, ver qué pasaba con la gente ahí adentro. Y meter actores en el agua, que siempre es complicado, por la cámara, sobre todo. Pero funcionó. A mi me parece que está dentro de lo que quería contar, es lo que quería contar. Está bueno cuando vas cambiando tanto y se sigue recibiendo bien”.

El agua y la poesia recorren Expiación como dos leitmotiv unidos, que nos asfixian en la inundación estática y nos liberan en las palabras dulces pronunciadas desde el dolor, el odio o la añoranza.

“El agua tiene que ver mucho con los ’70. No te olvides que a la gente la tiraban al río. Y el agua también purifica de alguna manera, al final la liberación es dejar correr el agua y viene una explosión más de color y la monja encuentra la libertad que tanto buscaba de una manera simbólica y casi poética, de la manera que me gusta contarla a mí. Si no la otra manera era: volvió la democracia y bla bla. Que está todo bien, pero me parece que se han hecho muchas películas sobre eso, hay muchos temas que hay muchas maneras de contar. Yo apuesto siempre a mi manera personal de las cosas”.

El film transcurre en un solo lugar, los personajes solo pueden salir al patio de esta casa antigua y enorme, poblada de agua, silencio y humedad. “Muchas películas mías transcurren en un solo lugar, porque he hecho de la austeridad como un mundo, no me gusta mostrar nada que no sea necesario. Porque los personajes podrían haber salido, dar una vuelta por el barrio pero tampoco termina siendo tan claustrofóbica como podría ser”. No tienen funciones vitales y las transformaciones que experimentan suceden en un plano interior. La veo y pienso en Cortázar y su Casa tomada. Perrone me dice que no la utilizó como influencia, pero en la vanguardia y apertura de este cine abierto podemos encontrarnos con nuestras propias poéticas como espectadores, son los caminos que abre lo lírico, lo poco explícito. Le digo que siento que estos cuatro personajes se componen como una familia… y sus relaciones fueron lo que más me mantuvo expectante durante el film: “Un poquito perversos, ¿no? Hay un erotismo en la monja, pero no puede, o no se anima, y la piba que está enamorada del pibe y él no le da mucha bola, pero son relaciones que suelen darse cuando vos estás encerrado mucho tiempo, entrás a mirar a la gente de otra manera. Todo empieza a mirarse con más cariño, estás tanto tiempo ahí metido que hace que algo pase. Pero estos tipos la estaban pasando mal. El tipo que perdió a la mujer y que es el que más recuerda. Es el que más habla del pasado, pero un pasado casi hablado desde mí, soy yo el que habla del ’70, el tipo tiene una mirada más hacia lo que va a venir que sobre lo que pasó”.
La estética del film (y de sus películas en general) es de lo más rupturista. De pronto nos encontramos viendo un film situado en los ’70 en Argentina, pero parece que estuviéramos ante una película del Expresionismo alemán, con sombras y maquillajes tétricos, planos construidos como pinturas, mientras oscila entre un blanco y negro, el lavado del agua y colores. ¿Qué pasa con la verosimilitud, los postulados de época y la estética como correlato histórico? Son una de las tantas cosas a las que Perrone desafía.

“Yo a las épocas no les doy mucha importancia. he hecho películas que transcurren en otra época y los tipos aparecen con tatuajes. La gente, si está muy metida en la película, son detalles que no nota. No me importa ser muy fiel porque no tengo toda la guita para eso. Me parece que hay que romper con esas cosas. Un tipo recién salió enloquecido ‘cómo me pusiste opera al final, es genial’ y bueno, podría haber puesto otra cosa. Pero me volvió loco ese tema, que tiene una fuerza terrible. Hay que probar, tratar de romper con los esquemas”.

Le pregunto cuánto tiempo le llevó hacer Expiación y su respuesta se convierte en un manifiesto sobre qué es lo que compone a una película en realidad y cuál de todos los “pasos” es el de la película en sí: “Me llevó ocho días de rodaje. Pero estuve siete meses editando, que es lo que más gusta: laburar el color, el sonido; eso lo hago todo yo, es un laburo muy artesanal y obsesivo, cada sonido para cada cosa, y laburar el color para cada cosa, momentos para el blanco y negro, lavado, por el agua misma, por la época, después más color. El montaje me parece que es la etapa de la película. Las pelis tienen tres etapas: cuando la pensás, cuando la hacés y cuando la editás. Y la película es cuando la editás, porque ahí yo hago lo que quiero, estoy solo, le doy la forma y la forma que no pensaste adquiere otra forma. Un 80% de lo que filmé no estaba planeado. Fui muy riguroso en el texto, pero absolutamente improvisado en lo que pasaba. Y eso me parece que es lo mas hermoso de hacer películas, si no me aburre. Yo quería que digan el texto bien, ahí sí fui un hinchapelota infernal, quiero este texto y así. Le mandaba el texto a cada uno por separado, nunca sabían a quién tenían que decírselo, es una manera de laburar y ahí estaba la frescura”.

Mientras la entrevista se convierte en charla de café, cruzada por anécdotas y conexiones de personas en común, le pregunto en que está trabajando, porque siempre está haciendo películas:

“Ahora tengo tres películas más. Pero te voy a hablar de una sola. Es un western, oestern, por oeste. Es muy lindo, en los años ’30. No sé si voy a poder aguantar hasta el año que viene para lanzarla. La estoy montando, hice construir un ranchito para filmarla y terminé de rodar la semana pasada”.

Su cine es la apuesta a lo independiente por el lado que se mire, con la bandera de anti autor y de la poesía como fuerza rectora, como único lugar donde vemos la rigurosidad, el único momento en que El Perro se pone serio.