Este invierno el cine nacional ha invadido las salas con películas más que taquilleras, algunas de gran interés, otras solo para entretener. En el segundo grupo entra Sin hijos, una comedia “familiar” protagonizada por el multifacético Diego Peretti; sin dudas, una de las mejores elecciones dentro del film. La película cuenta la historia de Gabriel, un padre soltero devoto de su hija, completamente dedicado a ella, sin interés de formar una nueva relación. Hasta que (re)aparece Vicky, una atractiva española, libertina y con un pequeño gran defecto: odia a los niños. Para conservar su relación con esta chica, Gabriel debe recurrir a todo tipo de artilugios para mantener en secreto la existencia de su hija. sin hijos Desde el planteo principal ya podemos anticipar los hechos, desde el tráiler ya está todo contado. El formato de comedia yanqui se palpa en casi toda la trama. Esto no quiere decir que el film sea malo, todo lo contrario: al utilizar fórmulas completamente probadas la hace una comedia tremendamente exitosa, cómica de principio a fin, que se permite los momentos de emoción (como lo es el cover de “Seguir viviendo sin tu amor”, escena que nos recuerda a Hugh Grant en About a Boy). Imposible resulta despegarse de la pantalla, porque la historia está entramada a la perfección y los personajes nos conquistan desde el primer momento. Peretti, que ya ha forjado esa figura de galán exótico y excelente comediante, forma una dupla perfecta con Guadalupe Manent, una niña con varios arranques de adultez que siempre nos resultan simpáticos, sumado a una declarada ternura. Por supuesto, funciona la estrategia de poner en boca de la niña pensamientos adultos que el padre no es capaz de ver, y al mismo tiempo, las actitudes infantiles que empiezan a apoderarse de Gabriel. Por su parte, Maribel Verdú (Vicky) representa un personaje estereotipado, a veces de más: una eterna adolescente; por lo tanto llega a aburrir, su permanente encanto sexual, sus alusiones a la vida sin ataduras y la rebeldía ante las imposiciones de la burguesía adulta. En la película se despliegan algunas reflexiones sobre la vida adulta en todos sus niveles y el cambio que significa la llegada de un hijo; cómo parece anularse la vida sexual e individual de los padres. De hecho, la narración recorre los avatares de este padre para poder conciliar dos amores de distinta índole, sin quedarse sin el pan y sin la torta. Por otro lado, se presenta una imagen de padre soltero super comprometido con su hija que rompe con los prejuicios y estereotipos del “padre borrado”. Y sin bien la cinta está teñida de un espíritu sensiblero, logra tocar temáticas universales y hacer reír a una sala entera, casi sin parar. Este mérito de hacer reír, aunque sea desde fórmulas ya testeadas y harto reproducidas, se conserva intacto y nos ofrece un film logrado con entereza y cumpliendo los objetivos del cine para entretener.