Toda persona que disfruta aquella melancolía asfixiante que produce la música de Joy Division debe ver esta película del inmenso director alemán Werner Herzog llamada Stroszek, la cual se estrenó hace cuarenta años y fue la última película, según cuenta la leyenda, que vio Ian Curtis antes de atar una soga a su cuello y terminar con su vida con tan sólo veintitrés años. Si “vivir rápido, morir joven y dejar un cadáver bonito” es la frase del aclamado club de los veintisiete; la historia de Joy Division nos lleva a pensar en otro lema, quizás mucho menos esperanzador, a pesar del gris de la ocasión y tallado en una lápida, un mensaje en un cementerio de Inglaterra y con flores de colores que siempre mueren a su lado porque “El amor nos va a destrozar”.

De Ian Curtis no hay mucho material filmado que pueda verse, un par de videoclips oficiales de la banda, algunos recitales y casi ninguna entrevista ya que no les interesaba mucho girar en torno a la prensa. Eso aumentaba mucho más el misterio y aquello que había en el medio, entre esa atmósfera que era cada vez más sofocante, entre el blanco y el negro, un gris dividido por la felicidad; fotografías hay muchas y eso hizo de su imagen algo eterno, miradas que derrumban paredes.

Stroszek cuenta la historia de Bruno S, quien recién salido de la cárcel busca probar suerte y cambiar su destino yéndose de aquella Alemania sombría de la postguerra, a la irónica tierra de oportunidades como Estados Unidos, junto a un amorío veloz que tiene con una mujer que conoce y defiende de unos matones que lo someten a grandes humillaciones. Bruno decide partir junto a ella, mientras ella decide sólo escapar y su confusión es la ilusión del protagonista. La gran ilusión del amor a una tierra prometida, del amor a un proyecto de vida, del amor a dar todo para progresar sin sospechar que el amor nos va a destrozar. Ambos destrozados por algún tipo de amor tanto Bruno como Ian. Me imagino a Curtis, con todas esas cosas que se dicen sobre su vida sentimental, que iba a dejar a su mujer y a su hija, nada se sabe, son todas suposiciones, pero sólo su mirada es verdadera, sentado en su sillón, fumando un cigarrillo mientras mira la película: Stroszek no es triste, sino demoledora. Bruno es un músico pero sin banda y su escenario son las calles, no tiene oyentes y hace frío, mucho frío pero la nieve nunca llega, sino que Bruno va hacia ella. Subiendo los picos de las montañas en una silla eléctrica y con un disparo terminar con todos aquellos placeres desconocidos. Ian Curtis no tuvo que subir tan alto literalmente, sino que una silla común y corriente le alcanzó y fue suficiente; pero metafóricamente, Joy Division subió tan alto adentrándose en otras montañas más oscuras como las ilustradas en la tapa de su primer disco y recién habiendo grabado el segundo, iban a empezar su gira pisando Estados Unidos y haber si a ellos, a diferencia de Bruno, sí, podían consolidar a lo que se le llama sueño americano. Pero esa misión era la del resto de la banda, quizás Joy Division era la banda que Bruno necesitaba, pero aquel sueño americano no era el sueño de Ian, sólo otro de sus pasillos, fríos como el metal, que terminaban en un sueño químico producto de los antidepresivos o los distintos medicamentos que tomaba contra su enfermedad volviéndose un individuo encerrado en esa sociedad de control descrita por el abuelo del punk, William Burroughs, aunque este último detestaba que así le dijeran. Pero la música de Joy división, al igual que Cabaret Voltaire o Psychic TV se unió a esa lista de canciones que no pueden separarse de su literatura, como también aquellas reuniones con Patti Smith, Iggy Pop, Kurt Cobain, entre tantos otros.

Ian Curtis era un arduo lector y entre páginas y páginas hizo que Manchester sea un paraíso desbastado postindustrial para sus canciones, acercándonos a las novelas de Ballard, un paraíso de cemento y de metal, donde la perilla de la luz del sueño del progreso estaba para abajo, apagada, aplastada, abandonada y Manchester era aquella promesa industrial, aquel sueño del capitalismo pero en la época Joy Division ese sueño sólo sirvió de sombra y las grandes construcciones, fábricas y edificios eran castillos abandonados o convertidos en barrios fonavis. Si Ballard le daba los escenarios precisos, la lectura de Kafka contribuyó también para generar aquella atmósfera, Ian Curtis se inspiró en uno de sus relatos para hacer una de sus canciones… una verdadera colonia penitenciaria dentro de su alma.

Al protagonista de Stroszek ya no lo molestan los matones como en Alemania, en América lo molesta aquella burocracia kafkiana de banqueros que llega a su límite del absurdo con una gallina que baila al ritmo de una estridente melodía. El último adiós de Bruno y de Ian fue viendo una gallina bailando. Parece una escena idiota al contarla pero no idiota en términos negativos, sino un idiota como al que le dedica Iggy Pop en ese disco una canción de cuna, que dice el estar caminando por la calle de las oportunidades, donde las chances son siempre escasas o inexistentes, un disco que te hace pensar en Bruno porque este a veces parece un idiota, pero no mental sino un idiota Iggy Pop. Una confusión, una ilusión. Si dice que cuando lo encontraron muerto estaba escuchando el disco que no dejó de dar vueltas y vueltas mientras Ian Curtis yacía con los pies en el cielo, haciéndose eterno.