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The Hateful Eight se ubica cronológicamente tiempo después del final de la guerra de secesión, y narra la historia de un grupo de ocho personas (entre las que se encuentran dos cazarrecompensas y una asesina condenada a la horca), que coinciden debido a una tormenta de nieve dentro de una cabaña en medio de las montañas de Wyoming, donde las tensiones internas no tardarán en aparecer.

La octava película de Quentin Tarantino marca una rotunda vuelta de tuerca dentro de su filmografía y no es por su habitual estructura en capítulos sino por su inusual clasicismo. El film está dividido en dos partes claramente diferenciadas cuyo punto de inflexión es el momento en que se produce el primer disparo de pistola. La primera mitad se desarrolla con lentitud y un poder de reflexión nunca antes visto en sus anteriores trabajos, la acción es escasa y los abundantes diálogos marca de la casa ayudan a configurar los opuestos puntos de vista y la posición ideológica de cada uno de sus personajes mientras que durante la segunda parte esas diferencias se profundizan y la historia desemboca en un espiral de sangre y violencia sin límites. Su ritmo pausado, lejos de verse como una fragilidad, funciona producto de una progresión detallada que sostiene la verosimilitud del salvajismo y la anarquía que reinan hacia el final.

Si el cine de Tarantino se caracterizaba por su vertiginoso ritmo a partir del minuto uno, en The Hateful Eight todo fluye con la precisión de esa compleja maquinaria que es su guión. Con una duración de poco menos de tres horas y desarrollada íntegramente dentro de espacios cerrados durante el transcurso de una escalofriante noche, la película se perfila como una pieza teatral casi en tiempo real. La maestría del director en el manejo de la imagen, la fotografía preciosista de Robert Richardson y el uso de la magistral banda sonora de Ennio Morricone la transforman en una experiencia cinematográfica que sortea con éxito el desafío de llevar a la expresión audiovisual una obra de naturaleza claustrofóbica. La decisión de rodar en 70 mm dentro de un ámbito reducido no es un capricho estético; el director explota su potencial para hacer hincapié en todo lo que se encuentra oculto deliberadamente en la profundidad del cuadro y jugar con la forma en que se direcciona la atención dentro de los límites del mismo.

Elogiar la capacidad de Tarantino como director de actores a esta altura resulta redundante. En una perturbadora escena que narra un intercambio entre Samuel L. Jackson y Bruce Dern, ambos toman el ingenio de la prosa Tarantiniana y la convierten en poesía. La violencia no pasa solo por lo físico sino también por la virulencia de todo aquello que se dice o se insinúa, y los intérpretes en la película usufructúan eso. Mención aparte para Jennifer Jason Leigh, su Daisy Domergue representa la única fuerza femenina dentro de un mundo autoritariamente masculino y soporta, estoica, el peso de ser el personaje que marca todos los cambios de rumbo en la trama. Por otro lado la recuperación de Kurt Russell, Michael Madsen y Tim Roth lleva a cuestionar lo infravaloradas que están sus capacidades interpretativas para la industria cinematográfica.

Con pasividad y de forma inusitadamente sobria, el realizador no solo se limita a realizar un estudio sobre la segregación racial dentro de su contexto histórico sino también un análisis sobre el perfil salvaje y violento del hombre en situaciones extremas, muy cercano al trabajo de Sam Peckinpah en la gran Straw Dogs, con la que comparte su crudeza a la hora de mostrar la violencia, la objetividad y la distancia ideológica que toma con respecto a lo que retrata.

The Hateful Eight es la obra definitiva que condensa la genialidad y la creatividad de su autor con mayor éxito, funcionando como cúspide de una evolución creativa en la que sus influencias ya no son utilizadas para evocar con nostalgia y estilo el pasado (la recuperación del cine oriental en la excelente Kill Bill, por ejemplo). Si en el cine de John Ford el western era el vehículo para relatar el triunfo de la moral y las proezas heroicas de sus personajes durante la guerra civil estadounidense, Tarantino subvierte el género y lo utiliza para realizar una radiografía social extrema (bastante vigente, a pesar de su ambientación cronológica) de la América profunda, donde no existen héroes ni verdaderos representantes del status quo. Una de sus mejores películas sin dudas.