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Aldous Huxley escribió una vez que el temor siempre surge de la incertidumbre ante lo desconocido. Esto explica el miedo, irracional a la vez que ancestral, a la oscuridad, y al hecho de que no nos sentimos cómodos en situaciones en las que no sabemos que puede pasar. La explotación de la incertidumbre es una constante en el cine de género. Baste, por ejemplo, un pequeño análisis para llegar a la conclusión de que las películas que más desasosiego producen, son aquellas que implican un cambio en el modelo de sociedad que conocemos. Asi, es habitual que una película de zombis cosecha tanto más éxito cuanto más apocalíptica es la situación que describe. La película que vamos a analizar hoy, exprime otra vertiente, el miedo al progreso científico, cuando este se lleva a cabo al margen de la ética, fuera de ese marco de conveniencia que las sociedades humanas nos hemos impuesto que responde al nombre de moral. Este cine, resucitado para el gran público por Almodóvar en la reciente “La piel que habito” (2010), hunde sus raices en las entrañas de la historia del cine y la literatura. No se nos escapa, por ejemplo, como una despiadada creación humana es en “Metrópolis” (1927), de Fritz Lang, el uso en torno al que gira este gran clásico de la ciencia ficción, o como Mary Shelley nos trajo su versionadísimo monstruo del doctor Frankenstein. El cine independiente no podía dejar pasar de lado semejante veta, y fruto de lo que comenzó como una broma entre amigos, el cineasta holandés Tom Six recoje, al igual que lo hace con frecuencia su compatriota Paul Verhoeven, el miedo cuajado en la sociedad de los Paises Bajos al invasor nazi para presentarnos un cirujano jubilado, con tendencias propias de los campos de concentración del Tercer Reich y con un particular sentido de la ética que pretende ensamblar quirúrgicamente a tres turistas extranjeros para que compartan un único tracto intestinal. Por si el argumento no fuera lo suficientemente controvertido, el desarrollo de la película insinúa elementos claramente sadomasoquistas mediante actitudes fetichistas que tienen como finalidad última reflexiones sobre la conducta humana en un entorno absolutamente bizarro donde sorprende la moderación en el empleo de sangre para evitar caer en convencionalismos. En efecto, la película ante la que nos hayamos juega más con la insinuación que con la visión explícita. El espeluznante Doctor Heiter es brillantemente interpretado por un polifacético Dieter Laser, un actor clásico del cine germano pero poco conocido fuera de las fronteras de su país para desgracia del gran público, al que puede que le suene únicamente por su papel secundario compartiendo reparto en “El Ogro” (1996) con John Malkovic. Dieter Laser eclipsa por completo a sus compañeros de reparto donde nos encontramos (para su desdén) a Ashley Williams, muy alejada en su papel de superviviente que nos ha ofrecido recientemente en “Empty” (2011) (película que analizamos debidamente en este mismo medio la semana pasada), la desconocida Ashlynn Yennie y el nipón Akihiro Kitamura. Todos juntos dan forma a esta truculenta historia, cuya secuela se haya ahora mismo en postproducción, con todas las papeletas para convertirse en película de culto, y en absoluto apta para seres sensibles, aquellos que tengan tendencias a sufrir pesadillas… o cirujanos ociosos.