Tres anuncios por un crimen no es una película, sino muchas. Está, entre otras, la película de la primera parte, la película de la segunda parte y la película de Frances McDormand. Está también la película que nosotros vivimos, que en todas partes nos toca de cerca, que en el guion de Martin McDonagh –quien también se encarga de la dirección- empieza siendo tan ineludible como los carteles rojos del título y de a poco es devorada por otras tramas, por otros motivos, por el devenir de otros personajes que tienen su color. De tan irregular la obra se mantiene viva porque lejos está de ser perfecta: algunos momentos son de una indudable maestría pero hay pasajes enteros que es mejor perder por ahí.

Frances McDormand, en la piel de Mildred Hayes, es la madre de una joven violada, asesinada y quemada, cuyo crimen no tiene responsable. Como busca justicia y en los siete meses que pasaron desde la tragedia no obtuvo ninguna respuesta, decide utilizar el espacio publicitario de tres carteles ubicados al costado de la ruta, en las afueras de la ciudad, para recordarle a quien pase por aquel lugar que ella aún espera y culpa al jefe de la policía del silencio que no le permite vivir. Lo que sucede es que a nadie al parecer le gusta que una víctima se queje: las victimas están para llorar como magdalenas pero si mueven el avispero, si tienen sed de verdad, molestan, porque quién puede seguir la rutina con tranquilidad si entre nosotros respira un asesino. El juicio de los vecinos es implacable y el proceso la lleva a interpretar el rol de loca que atenta contra el orden.

Por desgracia, y tras unos giros de guion que no hacen más que estirar la película, las buenas intenciones se mandan a mudar. Los que fueron cómplices –por desidia, por negligencia, por burócratas- no son tan malos en el fondo, y es necesario que asistas a su arco dramático: no vas a ser tan estúpido como para incendiar la misma sociedad que, a pesar de no ser impecable, te asegura que –por lo menos en teoría, si todo sale bien- vas a dormir en tu casa y soñar con los angelitos. La película que conocemos todos, en la que a un montón de chicas jóvenes se les arrebata la vida de manera cruel y brutal, y donde el resto, tanto el que calla como el que consume con morbo los detalles en el noticiero, es cómplice de la perversidad, queda relegada a un segundo plano. ¿De cuántos nombres propios nos enteramos en este tiempo que con la velocidad de la luz se pierden en la memoria porque enseguida sobreviene otro nombre, otra historia, otras particularidades amarillentas? En fin, la hija de Mildred Hayes es la hija violada, torturada y asesinada de cada madre que grita al cielo por un poco de justicia y es testigo con rabia de cómo todos nosotros, por necesitar seguir adelante, olvidamos su nombre y su rostro, le quitamos también la vida por condenarla al olvido.

Martin McDonagh construye una película a la que se le agradece muchas veces el humor por lo que tiene de irrespetuoso pero se le termina por exigir más irreverencia cuando la mano pierde pulso. Todas las luces, claro está, apuntan al guion, mientras que la dirección, sin ser pobre, deja sabor a poco. Se salva como no podía ser de otra forma la película de Frances McDormand, que en cada fotograma te recuerda que es una bestia de las que no hay. Es difícil interpretar un personaje así, que desde antes que empiece a rodar ya deambula como un zombie porque perdió las ganas y perdió la razón. Sin embargo, no sólo encuentra matices sino que adopta rasgos masculinos que la emparentan a un cowboy intratable y renegado. Tres anuncios por un crimen promete más de lo que puede dar pero está viva: llena de estereotipos y aún así luminosa.