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Si alguien me preguntara cuáles son las cosas que más amo del cine, sin duda estaría en los primeros puestos esa capacidad que tiene el séptimo arte de crear realidades, ambientes a los que uno quisiera transportarse. Cuando en un film el espacio cobra un lugar privilegiado y su representación es homogénea creo que el espectador puede involucrarse de manera más rotunda con la historia. Winter’s bone (Debra Granik, 2010) es una conjunción de todo esto con el plus de que cuenta una gran historia, basada en la novela de Daniel Woodrell que lleva el mismo nombre. Ree (Jennifer Lawrence), es una chica de diecisiete años que tiene a cargo a sus dos hermanos menores y a su madre enferma. Recibe un aviso que debe encontrar a su padre, un ex convicto que se encuentra prófugo, para que se presente ante la justicia, de lo contrario perderá su casa que es lo único que tiene. A partir de esto, Ree se inicia en una búsqueda sin respiro en un ambiente hostil, de drogas, alianzas y rudeza. El film, nominado a los Premios de la Academia en cuatro categorías, entre ellas Mejor Película, nos muestra con una bella crudeza la desesperante situación que esta adolescente con vida de adulto debe atravesar. Teniendo como escenario la vida aislada en el “campo”, retrata su búsqueda desesperada por mantener con vida su hogar. Winter’s bone es, en resumidas cuentas, la historia de una familia, y la lucha por mantenerla unida. Las imágenes y escenas descarnadas encuentran un cómodo lugar en este relato, mientras la protagonista y los demás personajes las asumen con completa naturalidad y quizás con un dejo de resignación. Una línea base del film podría decirse es la permanente crudeza: comenzando por la vida que debe llevar Ree, por cómo educa a sus hermanos dentro de esta lógica del más fuerte, con el agregado de imágenes realmente impactantes, y sobre todo, se destaca la inclemencia del medio en el que se desarrolla el film; el cual se presenta contradictorio: se muestra un paisaje de belleza privilegiada (en lo cual se hace mucho hincapié) pero con un clima marcadamente hostil (el inclemente invierno) y acciones y personajes de una destacada dureza. La protagonista es presentada con un personalidad endurecida e incluso ruda, que arriesga todo por sobrevivir y asegurar la vida de sus hermanos, pero a la vez como una víctima de su entorno; los personajes que la rodean y que forman parte de entre quienes buscará a su padre, representan más bien al victimario; todos parecen sospechosos y en sus miradas se vislumbra un cierto rencor y amenaza. Y en medio de este clima de hostilidad vemos cómo no hay más leyes que las del propio pueblo y comunidad, que se presentan implícitas pero tajantes. El pueblo se ubica aislado de todo tipo de sociedad moderna y por lo tanto se maneja dentro de sus propias reglas y lo actos tienen claras e implacables consecuencias. La búsqueda de Ree nos mostrará de a poco cómo funciona este esquema que se presenta inamovible. Todos estos elementos, trabajados muy acertada y armoniosamente, van construyendo la historia que va en un in crescendo muy interesante y que se podría calificar de un policial. Lo cual no instala la esperanza de un ritmo acelerado, más bien lo contrario. Incluso, creo que la sencillez es uno de los condimentos esenciales de esta película: sin grandes despliegues visuales o narrativos se completa una obra redonda y sincera. Se puede decir que Granik ha logrado un producto realmente bello. Con una fotografía privilegiada, una bella y acorde musicalización (hermosas canciones country) y una historia magnífica, nos regala esta obra llena de sentimiento, con imágenes y actuaciones intensas que llegan a su esplendor al final. Pero creo que lo más destacable es cómo llega a explotar esta cualidad del cine de la que hablábamos al principio, creando espacios nítidos que cumplen un papel fundamental en la historia y que logran trasportar al espectador.