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Todos sabíamos que iba a ser un recital grande, se venía anunciando hace bastante tiempo y las entradas volaban pero no se acababan; entonces eso fue lo primero que me llamó la atención porque no conocía el polideportivo de Gimnasia y Esgrima de La Plata. No lograba dibujar una cierta dimensión en mi cabeza. Costó mucho salir de Capital por una fila de gente interminable esperando en la plaza de Retiro, una fila que nada tenía que ver con el recital de Los Espíritus, o quizás sí, pero son espíritus con los que yo no interactué. Lo que sí tenían en común era su extensión, ya que al llegar al Polideportivo nos estaba esperando una fila similar que superaba las dos cuadras. El mal humor en Retiro por miedo a no llegar a tiempo lo alivió una cierta cuestión del azar: llegó el cuarto colectivo que vi llegar, esperar burocráticamente para volver a arrancar. Recién en el último pude entrar y conseguir un lugar atrás de todo para viajar sentado, mientras que algunos de mis amigos se quedaron parados. Somos un grupo de amigos que venimos de un pueblo llamado 25 de Mayo y el vivir en una comunidad pequeña nos enseñó a nunca saber calcular los horarios, ni las dimensiones en las grandes ciudades. Al lado mío se sentó un pibe que decía venir de una convención de magia, suena loco pero lo juro, me empezó a hacer trucos de magia con cartas, quizás porque me vio molesto, después del primer truco ya el viaje se hizo más tranquilo. Me preguntó qué estaba yendo a hacer, le dije que iba a ver Los Espíritus. No los conocía pero me dijo que iba a escuchar, me nombró un par de bandas platenses mientras las cartas de póker se deslizaban por sus dedos y la magia recién se empezaba a asomar y todavía estábamos deslizándonos por la autopista.

Llegamos al polideportivo y nos hicimos la primer imagen de lo grande que imaginábamos que iba a ser: tenía la forma de una valla en ambas esquinas del lugar. La fila era tal cual a la de Retiro, sólo que la gente ya no esperaba el colectivo, sino a los conductores. La segunda imagen también tenía forma de valla, ya que al entrar al lugar hubo como una intención de la gente de seguridad de subirnos a todos arriba porque en el campo ya no entraban más supuestamente, pero ese supuesto se disolvió con insistencia y un poco de forcejeo. Enseguida estábamos, sólo algunos de mis amigos delante de todo, detrás de la tercer valla, la que te separaba del escenario y otros habían quedado atrás. Tuve la suerte de saltar del último asiento del colectivo al primer lugar del recital.

Foto: Loli Álvarez De Paola

La gente aplaudía apurando la entrada de Los Espíritus y el aplauso se expandió cuando aparecieron en escena y empezaron a sonar los primeros acordes de “Huracanes“, la primer canción de su último disco y la gente estalló. El fuego visual de la pantalla que tenía la banda a sus espaldas irradiaba el calor suficiente para prender fuego todo el polideportivo. El primer pogo del público es sólo para hacerse el lugar suficiente para poder bailar tranquilo. Marcar territorio como lo hacen los perros. El lugar estaba llenísimo, abajo y arriba, pero todos teníamos el lugar suficiente para deslizarnos de un lado a otro, como lo hacía el colectivo en la autopista, o las cartas en las manos del mago. Ahora la magia era distinta y el que se estaba deslizando era yo. La gira Agua Ardiente llevó a la banda por diferentes escenarios del país y ahora estaban ahí para pisar fuerte y demostrar por qué ellos son de los que sostienen el estandarte de la escena independiente nacional. Nadie puede discutir esto: Los Espíritus suenan increíble. A este sonido hay que sumarle su poderosa poética, la calle está prendida fuego y hay que escapar a la luna, y qué mejor transporte que el efecto que te provoca ver a la banda en vivo. El polideportivo estaba lleno, pero igual delante de todo había espacio suficiente para bailar. El que no quería bailar, bailaba igual. Es una cuestión física que hace que las ondas expansivas de la música te muevan el esqueleto y te encierren en una especie de trance que te eriza la piel.

Foto: Loli Álvarez De Paola

Los que pensamos enseguida que al oír “Huracanes” como inicio del show le seguiría el orden del disco, nos equivocamos. Porque después de los primeros aplausos, empezó a sonar “La Crecida“, que si ese río puede separar las sílabas de la canción, fácilmente puede hacerse el espacio para ramificarse entre el público y crear esa locación casi cinematográfica de estar en una calle esperando, como si estuviera lloviendo, pero son sólo imágenes mentales mezcladas con una psicodelia híbrida con el blues. Porque no estás en la calle y tampoco está lloviendo, sólo que su música te lleva a otra parte; porque si llueve está caliente… por eso la lluvia no es real, pero sí su sensación. Y son los alaridos de Santiago Moraes los que te devuelven bajo techo mientras termina la canción y empieza de nuevo a arder el piso con el fuego del último disco. A “La crecida” la corre “El viento“, con el que cierra el Agua Ardiente para hacer que la gente disfrute cada instante, cada instante y darle lugar de nuevo a otra de las historias de la banda, como la que cuentan en la siguiente canción: “La mirada“. Si estás en tu habitación escuchando el disco con auriculares, no cuesta mucho que tu cabeza forme la situación descripta: la del subte y esas continuas miradas, casi como literatura. Pero lo loco es también cómo logran crear esa pequeña situación dentro de una situación mucho mayor como es el recital con sus miles de espectadores. Sus canciones son lápices de todos los colores que dibujan un relato que denuncia la realidad. Singularizando personajes que pueden ser cualquier otro, cuando un ejemplo puede verse multiplicado adquiere su carácter político, ya que una mínima chispa propaga el incendio. Siguió “Perdida en el fuego“, claro.

Foto: Loli Álvarez De Paola

Algo que tienen en particular los recitales de Los Espíritus es su énfasis en lo lumínico. Maxi Prietto tenía una luz detrás que marcaba su silueta negra cuando la luz se volvía toda amarilla. Él se convertía apenas en una sombra, mientras a sus espaldas empezaba a sonar el bajo de “Gratitud“. Entonces, su guitarra largaba aullidos de lobo en el polideportivo del lobo de La Plata. Un lobo desarraigado, me reí y pensé en Prietto en un alto valle imaginando un escenario para cantar la canción pero después cambié la forma y pensé en Prietto en el escenario imaginando un alto valle, cuando el ambiente tomó una forma de ritual porque todos ya nos acostumbramos al fuego y a su danza. Alguien tiró kerosene a las llamas porque explotó la fogata cuando empezó a sonar “Jugo“, esa canción que sirvió como adelanto de este último disco. Después de una gran ovación por parte del público, la banda se quedó callada porque los que empezaron a cantar fueron todos los que estaban en el polideportivo, cantando, más bien preguntando: ¿Dónde está Santiago Maldonado? Ese preciso momento en el que terminó la canción y la gente empezó a gritar fue cuando volví a darme cuenta lo grande que era todo. Nos miramos con mis amigos y luego miramos hacia atrás del lugar, la gente en las tribunas estaban de pie y todos haciendo la misma pregunta. Soy de 25 de Mayo, ciudad donde nació Santiago, lo conozco y todos le decimos Lechuga. Se me puso la piel de gallina cuando miles de personas sintiendo la misma pasión por la música se hicieron la misma pregunta de corazón. Porque Los Espíritus no tienen la necesidad de dar un discurso, sino que ellos crean el escenario y el clima para que sus recitales sean un espacio cultural donde hay que luchar todos juntos. No hay mejor lugar que recordar al Lechuga como en un recital. Ahora los que agradecieron fueron los de la banda con un aplauso al público, llenos de emoción y gratitud por el comportamiento de su público; señalaron los papeles que empezaron a aparecer con la cara de Santiago, mientras nosotros teníamos los ojos llenos de lágrimas. “No lo dejemos desaparecer, no dejemos de preguntar”, dijo Santiago Moraes aplaudiendo y con el fuego que ardía tan alto “Esa luz” golpeó nuestras retinas y acarició nuestros corazones, borrando todo tipo de horizontes entre lo que se ve y lo que se siente, dejando el “Mapa vacío” para dibujar algo nuevo.

Foto: Loli Álvarez De Paola

Entre el público escuché frases muy graciosas, como que Prietto era “el Rey del wah wah” y esta frase me hizo pensar que todo rey necesita su palacio… bueno, Los Espíritus lo construyen en todos lados. Sonó esa canción y el desastre que habían provocado los huracanes se divulgó en los “Mares“, para seguir intercalando puntos esenciales de su discografía, alborotando la caja porque a su modo de ver las cosas todos estaríamos mejor. Otra frase que me causó mucha gracia fue la del “Jimi Hendrix de las maracas… no tiene tendinitis” señalando a quien tocaba detrás de Prietto con una concentración que parecía similar a de un director de orquesta. La percusión en la banda es lo que te climatiza. Para dibujarlo sería como si estuvieras en un bosque, los percusionistas serían la niebla mientras que las cuerdas son los animales que corren a tu alrededor para morderte como perros viejos. La gente disfrutaba mientras charlaba y bailaba, todo estaba bajo un clima más que placentero que te permitía apreciar cada segundo del incendio. Así que… mejor quemarse. Y una vez ya en el infierno: “Las armas las carga el diablo“. La gente hizo un silbido anti gorra policial cuando llegó el momento donde las descarga algún oficial. Todos pensamos de nuevo lo mismo y nos hicimos de nuevo la pregunta.

Este quizás era uno de los recitales más grandes que había brindado la banda, lo terminé de pensar al ver en última instancia, otra vez, pasar al hombre que vendía las bebidas con la caja sobre su cabeza. Seguí un poco su rastro, pero no tenía sed, sino sólo ganas de calcular dimensiones. Lo perdí enseguida entre la gente y miré de nuevo a las plateas donde muchas de las personas que estaban arriba se querían tirar al campo para poder estar más cerca, donde la música te pegaba en el pecho, te aflojaba los huesos y así te dejabas quemar por las luces que bailaban al ritmo de la banda. La danza de Prietto empezaba en su cabeza y terminaba en su pie, que como si estuviera en un auto acelerando a toda velocidad, se balanceaba en su wah wah que le daba toda la eficacia motorizada a la melancolía que lloraba la guitarra; la banda siempre se permite extender la canción y darle lugar a la improvisación instrumental: son músicos preparados a desviarse entre ellos y volverse a encontrar cuando lo crean oportuno.

Foto: Loli Álvarez De Paola

Las canciones siguieron pasando, variando en grandes sorpresas: “Jesús rima con cruz“, “Vamos a la luna“, de Gratitud, siguiendo con la idea del ritual. Pero también siguió el blues de una de sus primeras creaciones, como “El gato“. Seguro un montón de canciones me estoy olvidando en este momento pero lo que me interesa es hacer lo que hacen Los Espíritus: crear una escena. Hicieron una pausa y empezaron a reírse entre ellos como locos; todos estábamos de la cabeza por estar ahí. ¿Cómo no estarlo si el fuego ahora ya estaba dentro nuestro? Empezaron a hacer un juego, donde se iban tirando puntapiés con sus instrumentos que iniciaban melodías desde los Rolling Stones, Guns N’ Roses o Pink Floyd. Cada vez que terminaban esos breves segundos, se volvían a reír y sus risas nos hacían sonreír a todos. Todo este juego sirvió de introducción para una de las canciones más esperadas: “Negro chico“; y así entre las risas que había dejado el juego podías volver a la rabia de la lucha afuera, donde hay que mirar para adelante y la lluvia está fría, donde siempre hay una pelea callejera con la vida a la vuelta de la esquina que dura dos minutos, pero quizás puede cagarte a trompadas y dejarte tirado cualquier noche de verano; ya que la rueda que mueve al mundo va a girar y girar entre un recital de Los Espíritus y el que le siga.

Foto: Loli Álvarez De Paola

Foto principal: Loli Álvarez De Paola