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En la semana del 21 de junio, se dio a conocer La síntesis O’Konor. El mismo sembró expectativas desde el primer momento que la banda platense viajó a Texas, para grabar y materializar una búsqueda sonora en Sonic Ranch. Entrevistas, reproducciones en YouTube, personas que se emocionaron con el nuevo trabajo, y otras que sintieron que este disco no estaba a la altura de los anteriores. El público se conserva, se renueva, algunos abandonan la religiosidad de escucharlos, y muchos se quedan. El mató genera el mismo fanatismo que un equipo de fútbol.

Son las ocho de la noche, la fila para ingresar a Niceto Club se extiende y bordea Humboldt. Está nublado y parece que va a llover. En las manos de quienes esperan, el viento helado mantiene la temperatura de las latas de cerveza. Hay parejas, grupos de amigos, gente que fue sola. Varias personas tienen remeras con el diseño de La síntesis.

El merchandising oficial se encuentra en un stand, apenas entrás a Niceto. Un chico se acerca a ver unas remeras, al costado de él está Santiago Barrionuevo con una campera marrón y el pelo más corto de lo usual. Ya no tiene las mechas largas y desarregladas de La dinastía Scorpio. El fan no compra la remera, pero se lleva el momento y la foto.


Bajo la música previa al show, se escuchan los punteos de una guitarra eléctrica. La espera se disipa y ahí están, iluminados por el magnetismo de unas luces doradas y el humo que los dibuja sobre el escenario. Suena “Madre”, uno de los temas del simple El Tesoro; por un segundo la voz ronca de Santiago flota y nadie dice nada.

Foto: Juan Pablo Picchi

Todos saben las canciones. Todos conocen los estribillos. Los de la valla son aplastados por la multitud del medio que gira y poguea con letras como “Quiero enfrentarme a todos/no me importa cuán salvaje es la pelea”. La relación del público con los silencios entre cada principio y final, se transforma en una charla abierta: “Tocá esa, la de la chica rutera”, “¡Saaaabado!”, “Chica de oro”, “Santiago te quiero”.

Foto: Juan Pablo Picchi

Cuatro días. 22, 23, 27 y 28. Con Él Mató no hay saltos extravagantes, no es necesario hacer una gran fecha, agotar localidades y luego dejar que se difumine la euforia de un trabajo que profundiza los sentimientos más oscuros y sublimes del ser humano.

La banda, que apuesta siempre a un próximo movimiento, se despide:

“Gracias a todos por estas cuatro noches inolvidables que pasaron, ya las extrañamos. Gracias por el amor y el cariño, todo esto es increíble, nunca imaginamos algo así, ni en nuestros sueños adolescentes más optimistas e irreales. Nos vemos en la próxima, chau”.

Foto: Juan Pablo Picchi