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Cría cuervos y te arrancarán los ojos (la primera novela gráfica de Paula Andrade) es una historia de fantasía gótica con estética manga, dibujada en un gran nivel y alimentada por oscuros sentimientos, que sorprende por su capacidad simbólica y sabe guardar un resquicio para la esperanza.

En su reseña del 28 de febrero del 2015, Andrés Accorsi escribió que Zero Point, de Agustín Graham Nakamura, era lo más cercano al manga que nunca se había realizado en Argentina. La aseveración era cierta (en cuanto a trabajos profesionales y extensos) hasta que a fines del año pasado se publicó Cría cuervos y te arrancarán los ojos de Paula Andrade. No es que esta obra esté confeccionada en un estilo cercano al manga, sino que, en cuanto a los resultados, lo es. El grafismo de Andrade no remite a ningún autor en particular, pero la filiación con un universo de mangakas y animadores emblemáticos es notable. La ascendencia nipona no se queda solo en lo visual. En esta historia la información no se brinda al lector de forma accesible y ordenada.Tal como sucede en el shojo más sofisticado, hay que tener la paciencia de completarla con los retazos que proporciona la dosificación impuesta por el intrigante tono de la narración. Por momentos esta aparenta ser laxa, como en las largas series japonesas, pero solo es una habilidosa maniobra enunciativa de la dibujante que, jugando con las maneras de sus referentes, atenúa la saturación de sentidos propia de una obra que revela toda su belleza en los detalles de cada acción representada (rica en matices e indicios). Hay otro elemento que suele estar presente en el shojo con bastante frecuencia y que vale la pena señalar, se trata de la sensualidad que emanan las figuras masculinas. Hay viñetas que contienen un sutil y elegante sesgo homoerótico (como, por ejemplo, aquellas en que el Rey Suicida pretende convencer al personaje central de morir), mirada que se hace posible a partir de cierto morbo que, diera la impresión, solo puede ser plasmado por una sensibilidad femenina.

La sensación de estar leyendo un manga, con conocimiento de que se trata de una obra de producción nacional, es lo primero que se destaca al enfrentar el libro. Sin embargo, cabe apuntar algunas salvedades al respecto. En primer lugar, tal como el citado Nakamura o las españolas María Llovet e Irene Roga (en diferentes medidas), Andrade no se está apropiando del estilo del manga, sino que utiliza sus códigos de producción “naturales”, en tanto elaboración consistente con su propio consumo cultural. Si le sale bien, además, es porque suma a los tradicionales otros recursos nuevos. Por mencionar algunos, en busca de un efecto poético o narrativo, una secuencia de viñetas puede resolverse con unas sencillas figuras geométricas abstractas; las onomatopeyas, dibujadas siempre con diferentes tipografías, adquieren un notable protagonismo expresivo y visual; etc. En segundo lugar, el hecho de parecer un manga es una cualidad llamativa e insoslayable, pero no es en absoluto lo más relevante de la propuesta en tanto obra de arte.

Cría cuervos… es una historia de magia, brujería y seres mitológicos. El protagonista busca los ingredientes necesarios para realizar un hechizo con el que pretende enmendar un error del pasado que tortura su conciencia. En el camino tendrá enfrentamientos con fabulosos seres, pero nunca serán contiendas definidas en el plano de lo físico. El espanto que produce El Espantapájaros, beber la ponzoña que rezuma la harpía o la sangre de El Rey Suicida, tienen siempre el mismo efecto: recordar. En este relato, los recuerdos son el horror porque exhiben la culpa y estimulan el arrepentimiento, infinito, aunque insuficiente para modificar nada. Así, mediante flashbacks, se constituye la trama y lo que se establece, sobre todo, es el deseo que tiene el protagonista por mitigar el dolor insoportable de haber lastimado a un ser amado, y, aún peor, un ser por completo leal y de todo inocente.

Imaginen que tienen un perro, que lo crían y él, como todo perro, los ama con devoción. Ahora imaginen que lo asesinan con sus propias manos, sin que haya hecho nada, ni entienda el por qué. ¿Lo sienten? Contra esa culpa primaria, la de dañar a quien por su amor incondicional depende de nosotros, es que nos enfrenta la obra en el nivel más básico. El cuervo, ese animal convertido en signo de la noche y la fatalidad (devenir que la obra explicita a través de la cita a Poe, las sintéticas siluetas que adornan los separadores y, en general, el tratamiento de la figura del cuervo como motivo recurrente, luciéndose como icono y pleno en connotaciones), no es aquí solo un símbolo de la culpa que anida en el interior de todos, sino también de los traidores en los que se confía, los amores mal aspectados, las envidias que oscurecen relaciones, los amigos que acompañan por las noches, las opciones de los arrepentidos…

Andrade declara, en la dedicatoria, que el libro es y no es autobiográfico. Puede que sea su manera de expresar que allí dónde la elección de otro historietista hubiera sido contar su propia experiencia, enfatizando lo particular de la vivencia, ella opta por procesar las relaciones y sentimientos con un complejo mecanismo simbólico (hecho a base de evocadoras imágenes y trágicos eventos) otorgándole un carácter universal a su obra, ya que, si el estigma del cuervo es haber dañado a quien ama, todos estamos inevitablemente marcados. Los lectores pueden aportar, entonces, el drama de sus propios sentimientos de culpa a los símbolos que se les presentan, imbuyéndolos así de un poder conmovedor. La artista supo transformar sus sentimientos en palabras y dibujos, más allá de su propia personalidad, y alcanzó la profundidad en que lo íntimo es igual a lo colectivo. Afirma, también, que esta historieta fue hecha con tinta y sangre, se nota, y eso sí es lo relevante.

Cría cuervos y te arrancarán los ojos

2017 – GutterGlitter
Novela gráfica – 164 páginas
Guión y dibujo: Pula Andrade