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Es muy difícil dar cuenta de todo lo que paso el sábado 10 de marzo del 2018 en Feliza, de modo voy a hablar desde mi experiencia personal, parcial e incompleta. El lugar es bastante amplio (con dos patios y al menos cinco espacios expositivos diferentes) y estaba literalmente colmado, con la gente apiñada tratando al mismo tiempo de observar los trabajos ofrecidos en las mesas de la feria, conocer a las autoras y socializar entre ellos/ellas (los asistentes eran mujeres en una proporción mayoritaria). Las charlas programadas, dado el entusiasmo del público y de las expositoras, se extendieron sin excepción más de lo previsto. Hubiera querido mirar, leer y escuchar todo, para poder transmitirlo; en cambio, les traigo algunos fragmentos como testimonio.

Andrea Guzmán, una de las organizadoras (junto con la historietista Agustina Casot), interrogada sobre la intención ideológica del evento, por un lado, y por su capacidad de generar un espacio de visibilidad a los trabajos de las historietistas, por otro, contesta, como no podría ser de otro modo, con la libertad autoral por delante: “No todas lo tematizan en sus historietas (al feminismo), una de las consignas también es que las chicas puedan hacer historieta sobre lo que ellas quieran. Hay un gran lugar común, a las mujeres se las relaciona mucho a la ilustración, a lo infantil, a la estética naif, entonces en la feria hay historietas de superhéroes, hay historietas feministas… lo tematizamos más en algunas mesas, como Mariela de Clítoris, ella esta acá ahora. Hay publicaciones intrínsecamente feministas, pero la idea es que también haya de otro tipo”. Quiero señalar dos cosas, en primer lugar, que las historietas feministas no escasean y muchas logran capitalizar la intención política en obras de una capacidad estética incuestionable (ahí están como ejemplo los trabajos de Irina Katz o Lucía Ruíz en la antología Periférica, así como las hermosas páginas de Valeria Reynoso en la antología de la convención). En segundo lugar, como pude comprobar, la variedad estilística y temática resulta de hecho inabarcable.

Júlia Barata, La Watson y Andrea Guzmán (de izquierda a derecha) – Foto: Melissa Restrepo Berrío

De las charlas recuerdo que, en la mesa de mujeres que editan mujeres, me impactó la intención de las palabras de Paula Andrade arengando a hacerse cargo de editar y publicar, porque nadie va a hacer las cosas por las chicas: tienen que hacerlas ellas mismas. Intención que bien sintetizó Daniela Ruggieri afirmando que es imprescindible “una cuota de obstinación”. El evento, sin embargo, fue mucho más que eso, fue una noche de triunfo, de cosechar el fruto de toda la obstinación femenina que fue necesaria para que una noche así se hiciera realidad. Fue un encuentro con relevancia social y también un espacio de exhibición privilegiado, pero si tuviera que definirlo, sobre todo fue una fiesta. No es una experiencia corriente ver tantas mujeres juntas, contentas, sonrientes, satisfechas de compartir entre ellas, de producir historietas y de mostrar su trabajo. Además, no escasearon la cerveza, los tragos y la música, lo de “fiesta” es literal. Si toda esa energía surge de la producción, vale la pena echar un vistazo a los trabajos, germen de tal alegría.

Mariela Acevedo, Muriel Frega, María Luque (de izquierda a derecha) – Foto: Melissa Restrepo Berrío

No hay prueba más fehaciente, para mí, de la invisibilización del trabajo femenino en un medio machista que el hecho de no haberme enterado, hasta el festival, del talento de Muriel Frega. Con la presencia de dos libros de primer nivel, Modus Operandi, junto a Carina Maguregui como escritora, y Amores en danza, con Javier Barrera en el mismo rol, Frega se consagra como la más importante artista digital argentina dedicada a la historieta. El primero es una obra desgarradora con implicaciones que impelen a cuestionarse ciertas cosas, el segundo es un ejercicio de diseño melodramático para que la dibujante pueda hacer gala de su manejo cromático graficando distintos tipos de baile y en diferentes épocas. Hay otra Muriel de la que resulta imposible no hablar, Muriel Bellini, que ya con Exes, junto a Gustavo Von Chuyo, había llamado la atención de Indie Hoy. La presencia del álbum, editado por Waicomics, está acompañada por unas fascinantes láminas que dobladas se transforman en un pequeño cuaderno desplegable con un dibujo o un fotograma y tal vez una frase en cada panel. El arte de Bellini, cuando es historieta, fuerza los límites del lenguaje, y cuando no lo es, algo de historieta igual tiene. De lo que estoy seguro es que se trata de un animal gráfico único, perturbador y con proyección internacional. Otro gran álbum, a todo color, es Un millón de bandas malas, de Lucía Brutta. El nombre de la autora no podría ser más adecuado, esto es historieta bruta de primera clase, áspera en su perfección formal underground. Es casi imposible hablar de Un millón… sin usar el término “under”, aquella historieta que comenzó con R. Crumb se ve realizada con plenitud quintaesencial en estas páginas llenas de rock, alcohol, sexo y patetismo urbano. Venida desde Uruguay, Fiorella Santana nos trae una antología de historias cortas, Fantastiche, y un libro de más de doscientas páginas, Cabaret V, en los que deja claro su capacidad para el melodrama fantástico y su talento para el diseño de personajes atractivos. Con cosas mejorables, su obra tiene un magnífico potencial comercial en el sentido más halagador que esto pueda decirse. Es perfecta para adolescentes, sería por completo verosímil que los chicos cargaran mochilas con pines de sus vampiresas sexys o que MTV produjera una serie animada con ellas. Si a todas las mencionadas le sumamos las célebres artistas del medio también presentes (Aleta Vidal, Nacha Vollenweider, Sole Otero, etc.), queda claro que hay una larga lista de mujeres en la historieta y no se trata de artistas emergentes o promesas a realizarse, sino de historietistas consumadas capaces de brindar obras extensas y de altísima calidad. El debate sobre la mujer en la historieta es obsoleto e inadecuado y es probable que haya llegado la hora de dejarlo atrás, al menos en los términos en los que se venía dando.

Nacha Vollenweider – Foto: Melissa Restrepo Berrío

Aunque los casos hasta aquí comentados bastan para fundamentar la afirmación previa, les aseguro que no representan siquiera un atisbo de todo el material reseñable. En el otro extremo de las obras profesionales se encuentran, por ejemplo, los fanzines de Pau Sequeira (alias Tallarines con tuco), que son el colmo de la humildad. Hola es una revistita, dibujada y coloreada con total solvencia que escenifica un encuentro, apenas un momento, con impronta de película romántica y una exactitud narrativa sorprendente. Más aún me gustó Miedos, un cuadernito cuadrado, de no más de siete centímetros de lado, que contiene ocho mini historietas (tienen de una a cinco viñetas cada una) en las que la autora retrata, de forma muy abstracta, distintos miedos, experimenta con el color a través de manchas y consigue un resultado muy especial. Miedos es una diminuta gran obra, prueba de que el arte no depende de los recursos invertidos y de que la profundidad nada tiene que ver con la densidad de significados. En un rango intermedio, en cuanto al porte de la edición, pude hacerme con la revista Perdido, de Cons Oroza, que adapta un texto de Alan Cabral. La autora se destaca en las texturas digitales de los grises y sabe aportarle al relato el dramatismo necesario para volverlo inquietante, poético y con la capacidad de resignificarse en el contexto. Algo que ha cambiado mucho en la escena autogestiva, lo cual se nota en todo el abanico de publicaciones, es el cuidado que se pone en el producto. Hasta el más sencillo de los zines tiene un acabado prolijo y un aspecto bonito. Se ofertaban también otros objetos, más allá de libros y revistas, hechos con un afán en la confección que es digno de ser destacado. Señaladores, láminas, prendedores, calcomanías, daban ganas de comprarlo todo. Algunas chicas encontraron en este tipo de pequeños objetos artísticos el medio adecuado para animarse a participar. El caso de Daniela Magnelli es representativo de lo dicho. Ella vendía, entre otras cosas, algo que parecen unas cajas de cd y que en verdad son unas pinturas que se despliegan como un acordeón entre dos tapas, todas exquisitas (parecen abstractas a primera vista, pero tienen algunas figuras que recuerdan a las pinturas rupestres).

Foto: Melissa Restrepo Berrío

Paula Viñas y sus compañeras de la ya referenciada antología Periférica (también la integran hombres, pero no nos ocuparemos de ellos) encarnan un tipo de producción que se caracteriza, ante todo, por canalizar una necesidad expresiva. No son autoras que estuvieran involucradas en la historieta antes de elegirla como medio para transmitir sus ideas. Eso permite cierta espontaneidad y un discurso directo, cuya llaneza se convierte en una virtud. Viñas apenas sabe dibujar, sin embargo, leyendo su fanzine autobiográfico, Perros del camino, en un momento uno se encuentra realmente preocupado por Lola, la perra extraviada, demostrando que, de algún modo, la historieta funciona a pesar de sus limitaciones o gracias a ellas. Su obra tiene algo muy cándido que la vuelve entrañable, pero para ella la necesidad de decir no se limita a narrar sus vivencias, sino que, en sus propias palabras: “la idea era contar a través de la historieta temas de conocimiento general, de ciencia, de filosofía, de psicología, luego empezamos a incorporar la ficción autobiográfica”. El hecho de que las mujeres se propongan tratar esta variedad de temas es uno de los fenómenos más llamativos que se pueden percibir al considerar el contenido de la antología en la que esta autora colabora, pero también el de ¡Vamos las pibas! Número 1, publicación oficial del festival. La misma Viñas sintetiza conceptos de Carl Jung o cuenta sobre la vejez según Patty Smith en una página de gran inteligencia formal, Mercedes Creus da cátedra con otra sobre el test de Bechdel llena de citas cinematográficas, Tinti interpreta la arquitectura de Clorindo Testa o informa sobre encierro animal, Bellini reflexiona sobre la soltería y nuestra compañera de redacción, Mica Soq, observa el comportamiento de su mente valiéndose de una sencilla metáfora como herramienta. Montones de áreas de interés que, al menos yo, no hubiera atendido de otro modo. Parece que las chicas vinieron a abrirnos la cabeza.

La revista oficial sirve, también, como muestrario de lo que se me escapó de las manos. No veo la hora de conseguir más material de Paula Sosa Holt (que me sedujo con sus gatitos), de Maelitha (sus dos páginas, con un estilo de dibujo a lo Kazuo Umezu, algo más naif, me dejaron muy impresionado) o de Mirita (nadie podría objetar la belleza y elegancia de su obra). Las mujeres historietistas fueron lo suficientemente obstinadas (podría jurar que no fue poco), pusieron sobre la mesa toneladas de talento, brindaron una fiesta ejemplar y nos dejaron con ganas de más ¡Vamos las pibas!

Tani tocó en vivo en el festival ¡Vamos las pibas! 2 – Foto: Melissa Restrepo Berrío

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Foto principal: Melissa Restrepo Berrío.