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Editado por Musaraña a fines de 2017, Un beso así -primera novela gráfica de La Watson (Sofía Álvarez Watson)- es un relato autobiográfico sobre el deseo y el amor, sobre introspecciones, viajes y decisiones. Ella, Sofía, una artista plástica que nació en la montaña, creció en la costa y maduró en la urbe y él, Julián, un músico cada vez más demandado por su profesión se encuentran, se besan, se enamoran, se desvían, se apartan. Narrado desde el punto de vista de su autora, Un beso así revisita los andares de esa pareja de artistas desde su primer acercamiento hasta su separación.

Risas, cotidianeidades, erotismo. Piel, tripas, aullidos. Lo primario toma un primer plano en Un beso así en consonancia con el dibujo rústico y despojado, puesto totalmente al servicio de lo sensible. La necesidad expresiva de Sofía se transmite de inmediato: su dibujo es urgente; reniega de la norma técnica y en cambio se remonta a una expresividad instintiva, libre, casi automática. La Watson logra, mediante extrema simpleza -pero extraordinaria sutileza- llevarnos de paseo por su historia aprovechando la plasticidad del recuerdo y las posibilidades de la ficción.

Un beso así tiene momentos tiernos y azucarados pero también desgarradores. Cerca del final, su protagonista, casi a punto de derrumbarse, toma distancia de ella misma y se descubre en una perpetua espera, fundida en la voluntad de Julián, con quien ya casi no comparte nada. Un constante malestar demanda un cambio sustancial. En este sentido, el viaje aparece como una forma de sanación, como un modo de sobreponerse a la vulnerabilidad cuando uno se ha perdido de vista por completo. Allí se inaugura un proceso de reescritura de la propia historia en el que la experiencia se resignifica y la vida se transforma.

¿Cómo surgió el libro? ¿Cuándo comenzaste a delinear el guion?
En realidad, la primera página del libro nace en el 2013, hace ya 4 años. Yo ya llevaba un año en Buenos Aires y me fui de viaje a Colombia. Ahí empecé a dibujarlo, muy distinto de como es ahora. Tampoco lo pensaba como una novela gráfica, o tal vez en el fondo sí, pero nunca pensé que iba a llegar al final. Nunca había hecho cómic seriamente. Yo soy artista plástica, siempre pinté y por eso me consideraba más pintora que dibujante. Luego regresé a Buenos Aires y lo abandoné por un año más. Fue un proceso muy lento, porque no tenía un guion constituido como tal.

¿Por qué sentiste la necesidad de contar esta historia?
Fue una necesidad muy visceral y una manera de procesar la ruptura de una relación que para mí fue muy importante. Durante mi primer año en Buenos Aires no quería saber nada que tuviera que ver con eso y estuve enfocada más que nada en instalarme acá. Pero un día, en esas vacaciones en Colombia, me compré una libreta y dije “bueno, empecemos a contar esta historia”. Fue una decisión no muy consciente. Es más, primero hice la portada del libro -que en esa época se iba a llamar Rufián- y era un dibujo de un pastor alemán vestido con una remerita. Él era ese pastor alemán y yo era una perrita, no me acuerdo de que raza. El resto de los personajes también tenía cabeza de animal. Pero finalmente desistí de esa idea porque cuando lo retomé al año siguiente lo encaré de un modo distinto. Esta nueva forma para mí fue como sacarme la máscara, afrontar las cosas. Y ahí dije “bueno, me voy a dibujar yo, y lo voy a dibujar a él”. También fue una decisión consciente dejar nuestros nombres reales.

¿Cómo fue cuando empezaste a sentir el quiebre de la relación? ¿Seguías pintando, produciendo?
Sí, en ese momento yo seguía pintando. También hacia trabajos en diseño gráfico e ilustración. Pero más que nada pintaba, exponía en galerías y demás. Lo que sí muestro en el libro es que me ponía como en modo de espera. Es muy diferente estar solo solo que estar solo con alguien. Y hay gente que eso no lo entiende, pero cuando uno está solo con alguien que se fue, uno siempre lo está esperando. Cuando estás solo con vos no esperás a nadie y podés hacer tus cosas sin esa especie de añoranza por el otro.

¿Qué sentido aporta el uso de símbolos o motivos recurrentes, como las palomitas o la mano que le habla a Sofía cerca del final, a la historia? ¿Ayudaron a estructurarla?
El uso de esos símbolos estuvo desde el principio. Lo de las palomas surgió porque en uno de los últimos días que estuve allá, el día que estuvo todo mal con Julián, yo me fui de mi casa a las 7 am porque no quería estar más ahí. Empecé a caminar y en el transcurso de una hora vi un montón de palomas muertas. Fue como una señal de que todo tenía que terminar. Y la mano en realidad simboliza a una persona que me señaló lo que estaba pasando. Esa “mano” me inspiró y me llevó a resolver mi problemática de esa manera.

¿Y además del quiebre de tu relación hubo un quiebre con la ciudad en la que vivías en ese entonces, Bogotá?
Eso no está muy explícito en el libro pero sí, me empezó a pasar un poco eso. Yo no soy de Bogotá, nací en una ciudad que se llama Pasto y queda en el sur de Colombia; después me fui a vivir a Cali. Cuando empecé la universidad me mudé a Bogotá. Bogotá es una ciudad que me recibió muy bien y viví ahí 10 años pero en mi último tiempo allá empezaron a pasar cosas en la ciudad que a mí en particular me afectaban un montón. En un momento ya no me sentía tan bien, sentía que algo estaba mal y que tenía que salir. Y, en realidad, nunca tomé la decisión consciente de venirme a vivir a Buenos Aires, así como cuento en el libro. Todo bien con Bogotá igual, pero mi relación con esa ciudad también estaba llegando a su fin.

¿Y cómo te sentiste acá cuando llegaste?
A mí en particular Argentina me recibió muy bien. Llegué acá y a los 15 días conseguí laburo, a las 3 semanas una casa y también me hice amigas muy rápido. Todo se dio de una manera muy increíble. Caí en este grupo de dibujantes -Juana Neumann, Muriel Bellini, Power Paola y Adriana Lozano- que me alimentó un montón; yo creo que gracias a eso comencé a hacer comic. Nunca me había acercado tanto al comic como acá. En Colombia hay gente que hace comic pero no tanto. Allá está un poco más relegado de las artes y de la literatura; hay quien lee pero muy poca gente. Ahora se está moviendo mucho más todo gracias al grupo de Entre Viñetas y todo el movimiento que se está formando entre las personas que hacen comic allá.

¿Cómo llegaste a definir tu estilo gráfico? ¿Ya había algo de eso en tus trabajos como artista plástica?
Yo en realidad empecé a dibujar muy de a poquito. Después de que me gradué de la Universidad allá en Bogotá, nos invitaron a Adriana Lozano, a mí y creo que también a Paola, a hacer un dibujo gigante. Adri y yo empezamos a dibujar una ciudad. Nos pusimos la tarea de dibujarla en nueve pliegos y en lápices de colores. Fue una locura, tardamos meses. Me acuerdo que yo me iba a su casa y dibujábamos medio pliego al día entre las dos y al otro día volvía y seguíamos dibujando. Pero quedó hermoso. Ahí empecé a acercarme al dibujo; empecé a hacer fanzines y me metí en el mundo del comic en Bogotá. Después me vine acá y caí en este grupo de dibujantes que dibujan, ilustran y hacen historieta. Y así, de a poco, llegue a lo que dibujo hoy. Respecto al estilo del dibujo, yo admiro mucho a un par de personas del extranjero, como Mogu Takahashi, por ejemplo, una artista japonesa que dibuja re mal, entre comillas. O también otra, que es una tocaya, Esther Pearl Watson, que pinta paisajes con casas, niños y naves espaciales. Su dibujo es muy naif y también dibuja “mal” dentro de la academia. A mí me llama más la atención que el dibujo transmita sentimientos a que sea una cosa súper prolija pero desabrida. Hay ilustradores que se dedican a perfeccionar su técnica toda la vida y al final terminan haciendo cosas hiperrealistas que no dicen nada. Técnicamente pueden ser muy genios, pero yo no me conecto con eso. Uno también va desaprendiendo todo lo que le enseñaron en la Universidad: el dibujo técnico, la figura humana, perspectiva, etc. Y en cuanto al libro, hace 4 o 5 años, dibujaba solo de esa manera y es muy diferente de como dibujo ahora. Luego empecé a explorar otras formas y cuando iba por la mitad pensé en dibujarlo todo de nuevo, pero finalmente lo terminé como lo había empezado. Un muy buen dibujante, técnicamente hablando, podría preguntarse “¿cuántos años tiene?”, pero yo quería expresar más que nada un sentimiento. En ese momento salió así y para mí es una forma muy honesta haberlo dejado como estaba.

¿Creés que estamos atravesando una fase de apertura en el comic y la historieta local, en la que ciertas categorías se ponen en crisis y ciertos modos de hacer ya no son un parámetro a la hora de ver a quién se va a publicar y a quién no?
Sí, estamos descubriendo diferentes formas de hacer las cosas. Antes de publicar Un beso así, publiqué en Colombia Tres veranos, un libro que acá casi no circuló porque traje pocos ejemplares. Este año sale editado acá. Para mí eso fue una experimentación total. Es un comic mudo, que tiene un dibujo muy sencillo pero un poco más cuidado y ya no es en lápiz sino en tinta. Ahí experimenté mucho con la narración. A diferencia de Un beso así, que es una historia que tiene un principio, un nudo y un desenlace, en Tres veranos hay ocho capítulos de situaciones en las que no pasan grandes cosas. Es sobre la relación de una abuela con su nieta pero las situaciones que describo son muy cotidianas: en un capitulo toman el té, en otro comen un barquillo en la playa, etc. Es súper contemplativo pero al mismo tiempo siento que transmite un montón de sensaciones. Me gusta que Tres veranos no encaje muy bien ninguna categoría, no sé si es historieta muda o qué otra cosa; para mí es muy experimental. Un beso así tiene una construcción más clásica.

¿Cómo planteaste esa estructura narrativa en Un beso así? ¿Estuvo pensada desde el principio?
Sí, eso estuvo desde el principio. Después de las primeras páginas, que vendrían a ser en presente, retrocedo hasta el día que conocí a Julián, hasta el presente de nuevo. En un momento la historia empata con las primeras páginas y continúa. Quería empezar con un poco de drama también, anticipar que lo que contaba no era una historia feliz, aunque de a ratos haya un poco de humor; la idea era que fuera como una tragicomedia.

¿Cómo fue el proceso de convertir en ficción algo que forma parte de tu historia de vida?
Fue muy chévere, porque te da la posibilidad de jugar con esa realidad. Vos la podés contar como se te de la gana. Yo traté de ceñirme a como se dieron las cosas en verdad, pero sí hay situaciones que aumento para dar más drama y otras cosas que elimino porque son boludeces. También me sirvió para asimilar la historia y para recontármela a mí misma, para enderezarla, si se quiere. No se trata de hacer quedar mal al otro sino de reivindicarse uno mismo. Es la forma en que quiero recordar las cosas, es una reescritura de mi propia historia: la reescribo, la reinterpreto, la transformo y eso sirve también para cerrar la herida. Transformar es la palabra clave del arte en general, yo creo. Ofrecer una mirada y que el otro se pueda identificar.

¿Como historietista mujer sentís que las mujeres y otras identidades disidentes estamos empezando a hacernos un espacio en el mundo de la historieta? Y, en este sentido, ¿pensás que contar la propia historia, o referir a ella aporta un valor agregado por el hecho de visibilizar nuestras experiencias como parte de un grupo que a lo largo de la historia ocupó una posición subalterna?
Durante mucho tiempo las mujeres estuvieron en un lugar muy pasivo y muy tras bambalinas. Mientras los hombres hicieron muchas cosas, nosotras no hicimos muchas otras. Ahora en este momento esa puerta la abrimos. Necesitamos contar estas historias, que son nuestras. Supongo que es la hora de escuchar las voces femeninas. Ahora estamos todas haciendo el contrapeso a la balanza para que en un futuro haya un equilibrio y ya no tengamos que hablar de historieta femenina, porque de historieta masculina no se habla porque la balanza ya está de ese lado. Este momento llegó con una apertura increíble y estamos aprovechando el espacio.