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Hace unos meses, el joven ilustrador e historietista argentino Pablo Vigo (nacido en Buenos Aires, en 1985) editó su primer libro de la mano del sello Maten al Mensajero. Lo salvaje está compuesto por siete historias breves autoconclusivas que anteriormente habían sido publicadas en la revista Doppelgänger (editada por La Pinta entre 2013 y 2016). Con un trabajo editorial destacable y un plus de color –Doppelgänger se imprimía en blanco y negro-, esta antología de 96 páginas presenta el universo sumamente personal de una de las voces más interesantes de la escena historietística actual.

La simetría obsesiva que estructura la página -que no hace más que reforzar la sensación de asfixia de esos personajes prontos a estallar-, un afilado y minucioso criterio de yuxtaposición y un dibujo de trazo limpio y enfático son algunas de las características inequívocas del estilo gráfico de Vigo. Aunque, ya frente a las primeras páginas del libro, resulten inevitables las evocaciones a grandes figuras del comic alternativo estadounidense de los ’80 y ’90, como Daniel Clowes, Chris Ware, Jaime Hernández o Charles Burns, enlistar las variadas referencias a las que pueda remitir el dibujo del autor para definir su estilo podría resultar bastante desabrido. No así, decir que todos estos referentes forman parte de un juego intertextual que desafía al lector a descubrir cómo se resignifican, en la obra de Vigo, todos estos textos anteriores.

Sin embargo, lo más interesante en Lo salvaje es el intimismo de los relatos y la idoneidad de su autor para figurar personajes opacos, con personalidades complejas: ermitaños, fóbicos, seres profundamente melancólicos y autocompasivos que padecen el día a día a causa de sus trastornos psicosociales. Por eso nos confiesan, como si fuésemos sus terapeutas, que hasta pueden llegar a autoinfligirse heridas para evitar asistir a una fiesta llena de gente con sus amigos, que nada en el mundo ha podido igualar la sensación de esa primera paja o que fantasean que son observados por monstruos cuando se encuentran solos.

Leer cualquiera de las historietas de Lo salvaje es como espiar por una mirilla la vida solitaria de algún vecino raro en su peor momento. Conocer sus secretos, sus fetiches, sus miedos. Con una estructura narrativa que evade la clausura y censura clásicas, Vigo opta por el pequeño acontecimiento, que arrastra reflexiones sobre el pasado y conjeturas sobre el futuro, aquello que es volátil e inabarcable, y que se materializa en los intercambios cotidianos, como una conversación superficial con el portero del edificio, un paseo con el perro o una caminata previa a la sesión con el psicólogo. Lo que ocurre es que los sucesos se presentan en instantes donde la presunta estabilidad de estos protagonistas comienza a flaquear, hecho que les revela la amenazadora certidumbre de su finitud. “Todo lo que existe nace sin razón se prolonga por debilidad y muere por casualidad”– sentencia, citando a Sartre, una imagen mental del introvertido hombre de la última historieta, GoodBoy.! Lo salvaje figura esos momentos en donde el hilo de los pensamientos de los personajes conduce ineludiblemente hacia la mitigación de su insondable frustración, a través de una suerte de epifanía: el alivio de que lo que les sucede (y nos sucede) es simplemente eso, algo que sucede.

Lo salvaje

2017 – Editorial Maten al mensajero
96 páginas