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Lo que aparenta ser una mancha de humedad en la pared termina siendo una invasión a gran escala, que se hace presente en el comedor de una casa del conurbano bonaerense. Este es, en pocas palabras, el argumento de la nueva obra de la dupla Federico Reggiani (guión) y Ángel Mosquito (dibujos), Los visitantes del agujero del comedor, editada por Maten al mensajero.

El damnificado por la mancha, que luego se transforma en un agujero, es un padre soltero que convive con su hija luego de la muerte de su ex mujer. La casa se completa con Alan, un amigo que reside de modo temporal con la familia. Este último es el primero en divisar el problema de la pared, que, veloz, se convierte, ante la mirada absorta de los personajes, en un ser de otra dimensión, cuya imagen plana nos recuerda a los monstruos informes de Los mitos de Cthulhu de Alberto Breccia.

A este particular comedor se van sumando diversos personajes, como si se tratara de la mesa de Mirtha Legrand: la dueña de la pensión de al lado, un inmigrante con los papeles “un poco flojos” al que apodan Maicol Jackson, un gendarme y un representante de la “oficina que investiga la aparición de invasiones extraterrestres, animales mutantes y todas esas porquerías que no existen”, entre otros. Ninguno de ellos, sin embargo, parece tener una remota idea de qué está sucediendo; no conocen el motivo de este repentina aparición.

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Y es que Los visitantes del agujero del comedor no se toma del todo en serio el tópico de la invasión extraterrestre (o interdimensional). Esta premisa, que rompe con la cotidianeidad de un barrio del conurbano, remite de inmediato a un clásico insoslayable de la historieta nacional: El eternauta. El pasaje de una realidad a otra en una casa suburbana (a través de las paredes) nos puede hacer pensar en Stranger Things. Sin embargo, aunque Los visitantes comparte elementos con las obras mencionadas, transita su propio camino. Una senda quizás más cercana al teatro (o, al menos, a una cierta vertiente del teatro nacional, de un realismo costumbrista no exento de humor): el tamaño de los planos, los diálogos y la narración parecen dar cuenta de esta afinidad. No es un detalle menor, en este sentido, que casi toda la acción transcurra en un mismo escenario (interior), el ya nombrado comedor de la casa.

Pero no por esto la obra cae en el drama; más bien, el humor costumbrista funciona como una pared infranqueable contra la cual chocan los seres extraterrestres. Por momentos, parece que la invasión fuese inexistente, al quedar relegada a un segundo plano frente a los diálogos y conflictos humanos. Algunos personajes mueren, pero no son llorados en exceso. Los sobrevivientes sólo quieren volver a su mundo de todos los días (que no se ve exento de una serie de problemáticas, pero cotidianas); para ello, este elemento sobrenatural que irrumpe en el comedor de la casa debe ser eliminado. Resultan significativas, entonces, las palabras del viejo Parménides, uno de los personajes secundarios: “Lo mismo permanece en lo mismo”, dice, en referencia al filósofo homónimo.

El final abrupto (que evoca más reminiscencias a El eternauta) libra a los personajes de esa intrusión de lo sobrenatural, mientras un cliffhanger nos deja con la promesa de una nueva mancha (con la consecuente invasión) en otro comedor. Lo mismo permanece en lo mismo; aunque, al final, cambie un poco.

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Los visitantes del agujero del comedor

2016 – Maten al mensajero
Novela gráfica – 88 páginas
Guión: Federico Reggiani
Dibujos: Ángel Mosquito