Decir que, en Norton Gutiérrez y el collar de Emma Tzampak, lo que hace Juan Sáenz Valiente es homenajear a la línea clara y al cine mainstream de aventuras de Hollywood, no es decir demasiado. De hecho, así se presenta el precioso libro en su contratapa. Es, sin embargo, inevitable.

Puede que el lector se construya una mejor idea al mencionar que se trata de las aventuras de un muchacho, corriente pero soñador, que pasará de repartir verduras a evitar un atentado en la ópera y que, profesor excéntrico mediante, terminará involucrado en trepidantes persecuciones urbanas, peligrosos viajes en barco (¡al Triángulo de las Bermudas!), enfrentamientos con maquiavélicos villanos, tesoros preincaicos, templos en derrumbe y situaciones de destrucción masiva provocadas por un robot gigante. Todos los elementos mencionados pertenecen a una de las dos corrientes ficcionales homenajeadas (la bd y el cine de aventuras) y aunque enumerados en conjunto parecen un mapa de arquetipos genéricos conocidos (que lo son), su combinación solo resulta natural, homogénea en su mezcla, por obra del sorprendente talento narrativo e iconográfico del autor.

Si consideramos la figura del historietista responsable en relación a los otros grandes referentes de su generación (Salvador Sanz, Ignacio Minaverry, Ángel Mosquito y Lucas Varela) pueden apreciarse ciertas particularidades, entre ellas, el clasicismo como un valor agregado. Mientras los mencionados autores forjaron una original personalidad, que constituye un estilo en sí mismo, en función de la cual definen su propio uso de los recursos del lenguaje, Sáenz Valiente tiene la capacidad de, adaptándose a la propuesta del guionista o a un ejercicio de estilo autoimpuesto, modular su grafismo y su narrativa para afinarlos en su correspondencia con la intención enunciativa de cierto modo que, a estas alturas, se revela como una habilidad única. Tiene la virtud de ser siempre reconocible, a pesar de un rango de variación más amplio que el de los citados colegas, consecuencia del abordaje de temáticas diversas y filiaciones genéricas inconstantes. Realizó sátira junto a Trillo, thriller psicológico con De Santis, humor soez con Casero o un cóctel de docenas de elementos en perfecto equilibrio, como artista integral, en La Sudestada. Siempre dentro de una narrativa gráfica clásica, Sáenz Valiente parece un historietista súper-poderoso, capaz de someter el lenguaje a su omnipotente voluntad para hacerlo representar cualquier rango temático o estilístico posible.

Norton Gutiérrez… es un ejercicio en el cual la aquí ponderada habilidad resulta del todo evidente. Y es, sobre todo, un ejercicio de estilo lleno de corazón. Decía Paul McCartney, refiriéndose a la música, que son pequeñas cosas, pequeños arreglos, los que te tocan el alma. El comentario es, en este caso, perfectamente extrapolable. Para cada quien será algo distinto, tal vez el viejo con una pipa que surge de entre las sombras para hacer una revelación, tal vez esos planos monocromáticos de los villanos ¡en un submarino!, o puede que la epifanía alucinógena (deslices que las obras para todos los públicos hoy pueden permitirse), quien sabe, el punto es que son estos detalles los que en un momento llevan el disfrute de la lectura más allá de lo inmediato, para estimular, mediante precisas operaciones estéticas, al ser infantil (actual o pasado), a los recuerdos, las impresiones de anteriores lecturas o algo, lo que fuera, que forma parte del ser más íntimo de quien lee.

Es pertinente mencionar algunos aspectos formales que alejan esta historieta de la tradición del cómic franco-belga aportándole cierto carácter nacional, o quizás únicamente autoral, pero en todo caso distintivo. Tal vez por causa del formato apaisado es que se puede establecer cierta relación con Las correrías de Patoruzito, aunque es más probable que se deba a las cualidades del ritmo empleado. En una continuidad de eventos casi frenética, que sucede en un tiempo no ordinario (más allá del reloj y del calendario), se traslada la acción de Buenos Aires al Caribe, pasando de la motoneta al avión y luego al barco. Igual de abrupto y fluido, en simultáneo, es el cambio de status de lo normal a lo excepcional asumido con total naturalidad por los personajes involucrados. Todo lo cual está presente en las aventuras del personaje de Quinterno. Sin embargo, Sáenz Valiente lleva el manejo del ritmo a un nivel mucho más sofisticado, otorgándole a la obra una cualidad cuasi musical. El factor clave es la grilla de viñetas, su regularidad, variación, forma y tamaño. Los detalles despliegan las acciones, las secuencias de viñetas (a veces iguales por varias páginas) las descomponen o dilatan, los dibujos de página entera (más frecuentes en el último tercio) las enfatizan en grandes clímax dramáticos. La lectura se acelera o ralentiza, sin dejar de constituir un único movimiento de principio a fin. Esta clase de fluidez narrativa y de regulación rítmica no son características habituales del tipo de historieta que hace de referente declarado, siendo, a su vez, el rasgo más destacado de la narrativa específica utilizada por Sáenz Valiente en esta ocasión.

La exploración y desarrollo de las idiosincrasias y motivaciones de los personajes, continua fuente de humor y suspense, es otro de los sustentos de la historia. Incluso los personajes secundarios están representados con cualidades pronunciadas que les permiten apropiarse del protagonismo por un breve momento de comedia (como esos sarcásticos y abusivos policías). En lo que respecta al grupo central, Norton, Tetas, el profesor Brizio y Tompkinson, conforman un equipo ideal para, tal como Tintín o Patoruzú y sus respectivos compañeros, emprender innumerables aventuras. Es poco probable, empero, que Sáenz Valiente no apueste nuevamente por la diversidad. Lo que resulta altamente predecible, haga lo que haga, es la calidad del resultado.

Norton Gutiérrez y el collar de Emma Tzampak

2017 – Hotel de las Ideas
Novela gráfica- 176 páginas
Guión y dibujos: Juan Sáenz Valiente