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Existe un foco de creatividad historietil en Córdoba representado por Prendefuego Colectivo Editorial, herederos naturales del espacio que ocupaba Llanto de Mudo. La obra de casi todos los artistas que lo integran, cada uno actuando desde un sello con impronta propia, tiene rasgos destacables y atractivos. Bajo el sello Holograma, perteneciente al grupo mencionado, ha llegado a las bateas de Buenos Aires un puñado de historietas firmadas por el guionista Matías Zanetti que permiten construir un perfil muy particular dentro del panorama local. Se trata de un escritor influido por Alan Moore (o por un estilo british en general) y que no presenta una relación notoria con la casta de grandes guionistas argentinos tal como sus colegas más activos en el medio (Farías, Santullo, Connelly o Agrimbau). Esa influencia está a su vez filtrada por una característica formal básica, el hecho de que prescinde de personajes fijos, y por otra cualidad, del todo idiosincrásica, que solo puede ser definida como su propia visión de la vida. Rasgo, este último, que altera por completo el efecto final de sus obras y motiva esta apreciación.

En el 2015 se publicó Todos mueren y yo también, un libro de relatos breves en colaboración con distintos dibujantes. No solo por el título del libro, sino también por el texto de la contratapa (“Resguardado entre las paredes de mi habitación, durante varios años el mundo desfiló por mi ventana quedando plasmado en las pequeñas obras que ahora están en tus manos. Esa habitación ya no existe. Esa persona ya no existe. Solo quedan las historietas. Ellas viven para que yo también lo haga.”), se puede palpar la intención catártica, la relación profundamente sentimental del autor con su obra. Al observar el contenido, sin embargo, resulta ser que, más que de una catarsis psicológica en sentido aristotélico, se trata de una suerte de entendimiento vital o cósmico que opera por fundamentos menos psíquicos que esotéricos y existenciales. En “La gran caída, con un adecuado dibujo de Joaquín Reinoso, se representa una hipotética versión del nacimiento humano desde el punto de vista de la conciencia que emerge al mundo. En “The Cat Experiment, junto a la virtuosa Aleta Vidal, la crueldad sobre un inocente gatito es un alegato de injusticia y sinsentido. Estallan los colores, en el bello dibujo de Coty Taboada, para plasmar los espacios siderales por los que viaja un ser de luz en “El viaje del niño. Lo mismo puede decirse de “La llegada de la luz”, dibujada por Emiliano Álvarez, en la que, otra vez, se tematiza un viaje de conocimiento y el ciclo de la vida. Las sensaciones diáfanas y épicas de estos últimos contrastan con los relatos más oscuros e inquietantes, de sentidos más ambiguos, dibujados por Hernán González con su siniestra maestría para distintos tipos de blanco y negro. Cuatro de las historietas restantes abordan temas igual de serios y profundos que las previas, pero se valen, en cambio, de conflictos terrenales, de esos que tiene cualquiera en el rango de su vida corriente, tales como el vacío de la soledad urbana, el rol del que observa, la capacidad de afrontar pérdidas o el encuentro amoroso. La última, “Proyecto Golem”, es un ejemplo de la clase particular de ciencia ficción que Zanetti va a practicar en su siguiente proyecto.

En diciembre del 2016 comenzó la publicación de Camino Real, que lleva hasta el momento editados tres números. Son unos libritos de formato apaisado, tan lindos que parece mentira que no se estén vendiendo de a miles. Tienen distintos dibujantes, pero un mismo portadista. El trabajo de Hugo Emmanuel Figueroa en las tapas es simplemente una maravilla. Todos los elementos presentes en Todos mueren… están aquí magnificados. Cada número tiene un editorial en la que Zanetti vuelve a dirigirse al lector para explicar sus intenciones. En sus propias palabras “iba a hacer una historieta que, utilizando al tarot como herramienta, intentara ayudar a sanar al lector”. ¡Qué pelotas hay que tener! No solo para hacerse cargo, en público, de desarrollar un trabajo esotérico (porque hay cosas de las que, todos sabemos, es mejor no hablar), sino también por atreverse a postularse como el artífice de una catarsis espiritual para el lector, en una maniobra digna de Alejandro Jodorowsky. Cada ejemplar consiste en un relato unitario que está inspirado en la interpretación de una tirada de tres de cartas del tarot. Los temas vuelven a ser los importantes, tratados en toda su solemne enormidad: el cambio, la posible evolución de la humanidad, etc.

El episodio uno, “Umbral”, tiene una narrativa fragmentaria y un dibujo a cargo de Germán Genga que aplica la crudeza justa. Es difícil ver la posibilidad sanadora en tan terrible historia. Está formulada como un manifiesto a favor de la diversidad biológica y la tolerancia entre especies, pero dado su clima y el tenor de lo representado, resulta en la construcción de un aterrador futuro en el que una porción de los seres humanos se convierte en animales. Enraizado en la arcaica nostalgia de una conciencia no dominada por el intelecto, lo que brinda “Umbral” se parece más a una visión del apocalipsis que a cualquier otra cosa. Esto no es una crítica, su cualidad perturbadora es lo que lo hace interesante.

“Edén” se llama el segundo episodio de Camino Real. Es el único, hasta el momento, que se aleja de la ciencia ficción. La búsqueda de una compresión esencial no se instrumentaliza en este caso mediante una fantasía de superación o valiéndose de simbolismos, sino a través de una historia familiar, cotidiana, trágica y hermosa. El hecho de que Nicolas Lepka diseñe a los personajes todos muy parecidos entorpece la narrativa y dificulta la comprensión del lector. Al mismo tiempo, la poesía y el lirismo de su dibujo se hacen presentes en cada trazo, aportando una sensación que vuelve difícil imaginar cómo podría ser remplazada sin que se pierda algo fundamental de la experiencia estética ofrecida. Es una historia realmente emotiva y no por eso sensiblera. La manera en que Zanetti retrata el dolor de una madre al perder a un hijo hace pensar en la posibilidad de una experiencia personal que lo haya acercado a ser testigo de tan inmensa tristeza. Mucho más impresionante resulta su sensibilidad literaria de no ser el caso. La intención sanadora, de pronto, en esta historia, se vuelve más verosímil, casi podemos creer en ella.

En el tercer episodio de la serie regresa a la ciencia ficción con la originalidad de no descuidar la verosimilitud científica, como en una novela de Arthur Clarke, aunque orientado, en definitiva, hacia la clase de peripecia espacial de crecimiento personal más propia de “El Incal”. “Nurvana” es un exitoso híbrido entre la ciencia ficción dura y la fantasía con contenido metafísico. El dibujo pictórico de Carlos Pérez Pérez, definido por el uso de fuertes colores, tiene muchísimo impacto. El conjunto, más allá de la presunta capacidad curativa, tiene la virtud de posar la mirada en el universo de manera que produce una especie de vértigo abismante. Mirar al infinito nunca es un ejercicio vano.

Con solo tres números, aunque lejos de la perfección, Camino Real tiene los elementos para transformarse en una serie histórica, por la intención, la personalidad y el talento involucrados. Es el campo de experimentación perfecto para que suceda la lucha estética de un escritor contra su propia oscuridad. Matías Zanetti es alguien capaz de mostrar el horror, pero también de ensayar con sabiduría la elaboración del dolor que implica. Alguien que, con cada historieta, parece acercarse cada vez más a ser el creador y la persona que anhela. Los lectores tenemos el privilegio de compartir esta odisea que es tanto artística y como filosófica.