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Una mancha negra en un paisaje multicolor, un Volkswagen Beetle, un muchacho que conduce y una joven acompañante que mira desconsolada el rastro oscuro que parece venírsele encima: la cubierta de Poncho Fue, trabajo autorreferencial crudo y conmovedor que supone la incursión inaugural de la artista Sole Otero en el formato novela gráfica, ya anticipa un universo de contrastes. La primera página del libro es didáctica. Introduce las reglas de un juego infantil –homónimo a su título- que, con el transcurrir del relato, se revelará como analogía de la dinámica del vínculo entre los dos personajes principales. Así, el juego de niños adquiere tridimensionalidad, se muestra en su carácter ambiguo.

En este sentido, si hay algo que a Poncho Fue no le falta es matices. Oscila entre claros y oscuros, entre momentos luminosos y agobiantes, entre la quietud y la efervescencia, entre la ternura y la violencia. El dibujo delicado y sintético, la paleta apastelada y el uso de códigos propios del cuento infantil contrastan con una historia oscura, de personajes inestables, por momentos enajenados. Sus estados emocionales se manifiestan a través de un código de color que hace del libro un verdadero deleite sensitivo. Por eso, Poncho Fue no es original solo por el tratamiento de su tema sino por su carácter lúdico, casi experimental, en el nivel del lenguaje. Sole construye un universo sumamente personal apoyado por los recursos de la historieta en toda su potencialidad.


¿Cómo surgió la idea de hacer este libro? ¿Está basado en una experiencia personal tuya?
Sí, está basado en una experiencia personal mía y surgió como una necesidad. Cuando terminé la relación en la que se basa el libro, sentía muchas dudas sobre lo que me había pasado. Desconfiaba de mi propia visión de los hechos. Me sentía muy culpable e incrédula de pensar que el otro me había causado todo ese daño y tenía una necesidad zarpada de explicarle a todo el mundo qué era lo que realmente me había pasado y que me entiendan. También, en mi más sincera necesidad, en un principio lo planteé como algo que me iba a ayudar a explicarle a mi ex novio lo que me hizo, inclusive pensaba que le debía una explicación a él…

Estando todavía en el círculo enfermizo…
Todavía… Porque empecé a escribir este libro en un momento en que la historia todavía está transcurriendo. Si bien lo que me pasó no es exactamente igual a lo narrado, sí hubo una ruptura y a partir de ahí empezaron a pasar un montón de cosas que están contadas. El primer boceto que le mandé a mi editora terminaba en la separación de los personajes. Todo lo que viví después fue cuando el libro ya estaba arrancado, entonces hubo un montón de cambios que se fueron dando en retrospectiva. Cambió lo que estaba contando y también se fueron transformando mis razones para hacer el libro; con el tiempo dejó de ser una necesidad. Finalmente, todo decantó en la idea de contar a partir del cambio que hice después de que me separé, de cómo me fui recuperando y qué se sintió estar ahí y pensar que no podía salir… Fue re pesado seguir con el libro. Hubo un momento en que lo re necesité y me hizo bien hacer la catarsis, pero después, cuando lo tuve que seguir corrigiendo, me seguía afectando mucho lo que me había pasado. Cuando lo terminé me saqué un peso de encima enorme. Hoy que lo veo terminado, estoy completamente desafectada, incluso pienso que, en realidad, no fue tan grave lo que pasó. Ya no me siento tan cercana al personaje.

¿Sentís que es importante contar este tipo de historias?
Me parece que están saliendo a la luz cuestiones que tienen que ver con los vínculos. A mí me interesó hablar de cuando estás metido en una relación y no te das cuenta lo que te está pasando. Estás enceguecido porque estás enamorado, porque a veces el otro te manipula… Es como una especie de adhesión que tenés con la otra persona, pensás que no podes vivir sin ella.

En el libro, al personaje de Lu, que también es artista, le costaba mucho producir por lo afectada que se sentía en esa relación. ¿Eso también te pasó a vos?
Sí, fue el año en el que menos produje en mi vida, sentía que me estaban absorbiendo. Se me habían ido las ganas de hacer cosas porque ponía toda mi energía en intentar que la relación funcione.

¿Y cómo fue el proceso de ficcionalización de esa experiencia tan fuerte que viviste?
Primero lo de la ficcionalización pasó por un tema de tiempos. No podía contar la historia en los tiempos exactos en los que sucedió y por eso tuve que reacomodar cosas. El proceso de ficcionalizar mi propia historia me ayudó mucho a aprender a ficcionalizar. El primer bosquejo fue muy tal cual lo que viví y después, con la distancia, le fui dando otra forma para terminar de contar la historia sin quedarme con detalles que no tienen tanta relevancia, sino con lo sustancial. También metí cosas de otras historias en la mía, por ejemplo, diálogos que tuvieron otras personas. Es un libro que tiene un ir y venir conmigo misma y con los demás.

El título es una metáfora que resume un poco la dinámica de esta relación y el “poncho” un motivo que aparece de manera recurrente en la historia. ¿Eso también fue pensado en la génesis del proyecto?
Sí, fue una de las cosas que primero aparecieron. Porque ese juego realmente lo jugábamos con mi ex novio y para mí era todo un tema lo competitivo que él se ponía. Por otro lado, había algo con el auto, con pegarse… Sentí que el libro se tenía que llamar así. Después rogué que a los editores les gustara, porque es un nombre que, en una primera mirada, no dice mucho de lo que va a tratar la historia, aunque luego se termina explicando dentro del libro. Yo quería que pase eso, que cuando la persona termine de leerlo diga “¡ah, con razón se llama así!”.

En el libro hay también un juego con el color que es muy sugerente…
Sí, eso fue algo que hice muy conscientemente. Hay un montón de recursos gráficos en el libro, como el tamaño de los globos o el peso del texto, que fueron surgiendo sobre la marcha o que tienen más que ver con mi forma de contar. Esos son los mismos recursos que usaba cuando hacia las tiras de Pelusa y demás. El tema del color fue algo que recontra pensé antes de empezar… Ya estaba en el guión. Venía leyendo sobre psicología del color e hice un curso sobre color así que venía copada con eso. Me pareció que podía sumar un montón y lo terminé aplicando.

¿Cómo planteaste esta estructura que no es lineal? ¿Fue pensada a priori o se fue dando sobre la marcha?
También la planteé antes de arrancar. Había un tiempo presente, que son esos últimos dos días de la relación, e iban a aparecer intercalados con la historia de cómo ellos dos se conocieron y cómo llegaron a construir ese vínculo. En un principio pensé una estructura mucho más salteada pero, sobre la marcha, me fui dando cuenta de que necesitaba que la lectura fuera un poco más continua entre los dos tiempos y que no hubiera tantos saltos porque no se iba a entender bien. La historia va en esos dos días, transcurre en cuatro partes en el presente y cuatro en el pasado. El final es todo lo que pasa los siguientes seis meses y un año después.

Hay mucha síntesis en tu dibujo, pero a la vez es un trabajo súper gestual…
Esto tiene un poco que ver con que trabajo hace más de 15 años haciendo libros para chicos. Esos rasgos de dibujo infantil ya me quedaron y no se me van más. Supongo que ya es como un agregado del libro que una historia que es más bien oscura tenga ese contraste con el dibujo. Y en el libro me salió así porque yo dibujo así. De hecho ahora se me ocurrió hacer una historia que quiero que estéticamente sea oscura y me estoy empezando a proyectar de guionista para otra persona. Ese dibujo más macabro, estilo Edward Gorey, que a mí me gustaría para esa historia, no me sale.

¿Y qué autores considerás influencias tuyas?
Mis influencias no son solamente historietas. Cuando arranqué con esta historia pensaba en Nick Hornby, por ejemplo, el de Alta fidelidad o En picado. Me gusta cómo analiza los vínculos entre las personas y trata de encontrar algo positivo en las cosas medio hostiles. También me gustan Boris Vian, Ítalo Calvino, Helen Oyeyemi, Sofia Coppola, Miyazaki, Murakami, Tezuka, Manu Larcenet, Marjane Satrapi… PowerPaola, por más que sea una amiga, también es una gran influencia. Como dibujantes también me gustan Isabelle Arsenault y Olivier Tallec. Ya no los miro tanto, pero en otro momento fueron los que me ayudaron a forjar un poco más el estilo. Un montón de cosas; hasta hice manga durante un tiempo… quería dibujar como Masakazu Katsura. Fui pasando por un montón de estilos; hubo una época en la que cambiaba de manera de dibujar de un año a otro.

¿Creés que está bien ser más bien ecléctico? ¿No quedarse con un solo estilo?
Creo que está bien en un momento de exploración pero, eventualmente, el estilo propio decanta. Igual depende de uno. Lo que importa es pasarla bien, que uno sea lo más honesto posible con lo que está haciendo y que se divierta mientras lo hace.