Foto: Florencia Strambini

Palmer nos sumerge en un bosque que parece ser tan oscuro como luminoso. Un canto de pájaros y el sonido de un theremín fantasmal dan inicio a la canción que titula el álbum, El viento en los sauces. “Puedo ver todo sin mirar” canta, mientras los coros femeninos se imponen con la dulce voz de Ludmila, bajista y segunda voz de la banda. Es como un mantra hipnótico que nos recuerda a la psicodelia experimental de Tomorrow Never Knows de los Beatles. A diferencia de su antecesor bélico Posguerra, El viento en los sauces traza otro sonido y un nuevo concepto en la discografía de Palmer. Lo que tiene de particular el cuarto disco de este artista maipuénse son Los extranjeros, la banda que lo acompaña en vivo desde hace más de dos años. La formación se completa con Nahuel Ortega en guitarra eléctrica y Nicolás Gutiérrez en batería.

Del rock lento Tecnicolor al erotismo de Las Nereidas, El viento en los sauces pinta un paisaje que admite una multiplicidad de faunas y colores. Amarillo, celeste, magenta, rock, pop, indie, folk y un alce blanco que se yergue en la portada. En Hacia el ocaso, la voz reverberada entona una especie de baguala cósmica que genera un clima introspectivo y desolado, para finalmente alcanzar un vuelo lento y pesado, impulsado por un viento hecho con delays sobrecargados. Luego aparece Los gnomos, una canción semi-electrónica donde Ludmila nos conduce sigilosamente a otro rincón del bosque y narra la leyenda de un rey gnomo que danza en la soledad de la noche. Este es el track que más se sitúa en el universo de The wind in the willows, la fábula que el dramaturgo inglés Kenneth Grahame escribió para su hijo en 1908 y a la que hace referencia el título del disco.

La polémica va a estallar aparece como una canción de batalla, con las voces bien al frente y las guitarras distorsionadas que aportan la fuerza necesaria para que la polémica estalle. Los Rápidos, en cambio, es una balada western y melancólica donde un niño se lamenta “ahí vienen los rápidos en coches formidables y yo en mi mountain bike”. Parece una reivindicación de las almas solitarias, un himno dedicado a “los lentos”, aquellos que no buscan imponerse ni pisar cabezas.

El viento en los sauces termina con una canción de despedida, Epílogo, donde un Palmer enamorado y distópico vuelve a su casa después de haber visto el fin del mundo. “Paren la guerra” pide y hacia el final construye un ambiente poblado de punteos que repercuten sobre el trote constante de la batería. En el minuto final, hay un guiño para quienes conocen a Palmer desde sus comienzos, cuando su guitarra acústica rememora en calma una melodía de La nouvelle moisson, su primer álbum publicado en 2009.

El disco fue grabado por Maximiliano García (Mataplantas, El hipnotizador romántico, Cosmo) en Matarex Studio, una antigua fábrica de parlantes reconvertida en estudio de grabación. La mezcla fue realizada en conjunto con Miguel Canel, quien además grabó el sonido inicial del disco con el miguelín, una slide guitar fabricada por él mismo. Canel es el creador de los pedales Dédalo FX, lo que lo convierte en un explorador incansable del sonido. Además, junto con Palmer, forma parte del sello Minima Discos que hace más de una década cobija a distintos artistas del under porteño. El resultado es un disco personal y colectivo, el viento que anticipa la tormenta, rico por su diversidad y también sombrío por su profundidad. Porque toda luz proyecta una sombra.