La brevedad hecha carne en cinco temas, una canción de 13 minutos de duración, la participación del multifacético Miguel Grinberg, son algunos de los elementos que eligió la banda de pop argentino José Miel para poner fin a una trilogía que comenzó a editarse en orden decreciente en 2011, con el Volumen 3 de La Mantis Religiosa, y continuó en 2015, con su Volumen 2.

José Miel está formada por los hermanos Leandro (bajo, teclados y coros) y Sebastián Díaz Romero (voz, guitarra y composiciones), oriundos de Tucumán, lugar donde ambos se foguearon, desde su temprana adolescencia, en bandas de rock y funk. Radicados en Buenos Aires hace más de una década, los Díaz Romero tuvieron su primera experiencia en la escena local, en una etapa marcada por una suerte de ocaso del rock argentino, tras el incendio del boliche República Cromañón, momento en el cual las bandas emergentes tuvieron que buscar sus propios recursos, contra viento y marea, para salir a tocar y hacerse escuchar. Desde entonces se caracterizan por ser un grupo autogestivo, ambicioso en cuanto a lo artístico, que pareciera querer coronarse más por sus decisiones estéticas que por su éxito comercial.

No casualmente en 2011 dieron nacimiento a la trilogía en cuestión –algo no muy común en las bandas de ahora- con un álbum acústico, en el que se animaron a jugar con el concepto de la religiosidad, apropiándose de una infinidad de recursos musicales y estéticos. La imagen de la Virgen de Guadalupe, cantos gregorianos, trazos de una lírica litúrgica, sonidos orquestales definen a esa primera entrega, y sitúan a la banda más cercana al movimiento indie local que al pop rock. En ese álbum, más allá de la clara influencia de los grandes del rock nacional (Spinetta, Charly, Moura, Cerati y otros) aparecen guiños al folklore de su noroeste natal. Se vislumbra también un metadiscurso literario, en donde conviven mitos religiosos con citas lacanianas, lo que refuerza aún más la idea de porqué José Miel no puede definirse como una banda de pop a secas.

Sin embargo, el segundo álbum de la trilogía, lanzado en 2015, se trata de un disco signado por el pop. En la tapa aparece nuevamente la imagen de la Virgen de Guadalupe, esta vez en una versión aggiornada al mejor estilo warlhorniano, algo que hace sentido para explorar y explotar al máximo el género elegido para este número. El pop también se hace presente en la realización del videoclip del primer corte de ese disco, “Las palabras son del viento“: adolescente, colorido, con coreografía incluida. Con ritmos más pegadizos y composiciones más ligeras que su predecesor, sin dejar de ser experimental, el Volumen 2 es la pausa que marca la transición hacia el final.

Leandro y Sebastián han estado acompañados por importantes músicos del circuito independiente porteño como tucumano, hasta consolidarse, en este último tiempo, como un trío, con Nicolás Feu en batería.

El Volumen 1, editado hace pocos días, rockero por definición, poético y spinetteano, por decisión o gusto, está compuesto por cinco temas que se enhebran en un viaje sonoro digno del preciosismo de un power trío sensible, que deja al oyente cautivo hasta el final. Por momentos el acento está puesto en lo musical, por otros en las vocalizaciones, y en otros en la palabra. Cada elemento puesto en su dosis justa, hacen de este último disco, y contradictoriamente Volumen 1, un álbum equilibrado, prolijo, tan agradable como intenso, un viaje que no querés terminar. Y tal vez ahí esté la respuesta a porqué la banda decidió, en primer lugar, editar una trilogía y, en segundo lugar, por qué lo hizo en orden decreciente. El fin puede ser el comienzo y el comienzo puede ser el fin.

El tiempo, en su versión fugaz o eterna, asoma en este último disco como una suerte de leit motiv. En tal sentido “El final de los tiempos“, tema emblemático del álbum, resume un poco ese concepto; no sólo por su duración sino también por su letra. Por otra parte, en esa canción es donde la banda, sin abandonar su impronta mística, por qué no castanedista, se sitúa en una posición más consciente del aquí y ahora. “Sos mentira tapada de arte” o “No pasa nada en la cultura” dice su letra, dando cuenta, de que el arte de José Miel no permanece ajeno a los cuestionamientos de la época. A modo de una manifestación política, en un álbum y en un proyecto, que aparenta tocar hondo en cuestiones más espirituales que políticas, lleva a preguntarnos cuánto de caprichoso y cuánto de decisión hay en esta trilogía.

Lo cierto es que, tal como ocurre con las películas iraníes, que traspasan el límite de lo que el espectador promedio está habituado a ver o consumir, José Miel se toma el atrevimiento de alargar “El final de los tiempos“, como si los 13 minutos no fuesen suficientes, con una poesía, tan vehemente como bella, del legendario Miguel Grinberg.

“’No te conformes’ clamaron a todo vapor ‘transformate’ sin cesar en un resplandor” recita Grinberg con su particular voz: porteña, urbana, rockera y vanguardista. José Miel parece sostener lo mismo que el poeta, en esta trilogía que vale la pena disfrutar, empezando por su comienzo o por su final. A voluntad.