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Durante dos días, el mundo quedó magnetizado por la música contenida en la estrella negra que David Bowie develó el día de su cumpleaños sesenta y nueve. Ese breve lapso, antes del tajante impacto de su muerte, alcanzó para apreciar el triunfo musical que significa Blackstar dentro (y fuera) de su discografía.

Exactamente tres años antes de este, rompía súbitamente una década de silencio en el estudio, publicando el tema “Where Are We Now?” y anunciando The Next Day. Ese disco conectaba con varias de sus facetas pasadas y añadía nuevos giros, demostrando que su creatividad seguía brillando. Que no hubiese una continuación a ese trabajo, era una posibilidad que podía haber sido una realidad. Después de todo, ese album era un cierre adecuado para un artista con cinco décadas de carrera. Claro que, lo simplemente “adecuado” nunca fue el terreno en el que vivió David Robert Jones.

Los primeros indicios de que su energía estaba lejos de agotarse, aparecieron en dos canciones inéditas que resultarían el germen para su último disco. Lanzadas primero de manera digital, a fines de 2014: “Sue (or in a season of Crime)” y su lado B “‘Tis a Pity She Was a Whore” eran dos experimentos de, aparentemente, disímiles constelaciones sonoras, que avivaron la especulación sobre el futuro musical del astro, pero no daban indicios de lo que estaba por realizar. Sin previo aviso, en noviembre de 2015, el mutante single “Blackstar” salió a la luz, trayendo consigo la noticia de que Bowie había grabado en absoluto secreto un nuevo disco.

Ese monumental single, es el comienzo de su última obra, que se ubica en un espacio nuevo dentro de su canon. En sus primeros minutos conjura un clima solemne y místico, sobre vientos, coros, percusión y sonidos electrónicos. La voz se escucha lejana, como dirigiendo una procesión que nos lleva hipnotizados hasta una insospechada segunda parte, en la que Bowie demuestra su exquisita capacidad para sorprender.

Pero la suya nunca es una sorpresa basada en el shock, sino en quitar el velo que cubre una verdad oculta, que al quedar expuesta resulta ser un elemento esencial que nos estaba faltando. El cambio abrupto que propone a mitad de la canción no se siente como producto del caos o un caprichoso azar, sino como una inevitabilidad. En ese momento da un paso adelante su dominio teatral de la voz, con una interpretación que se pasea por lo dulce y suplicante a lo enrarecido y oscuro, de la seriedad a la ironía y el juego. Luego, el clima misterioso del comienzo regresa como una ola, invadiendo el ambiente nuevamente de oscuridad que al terminar, lo obligan a tomar aire dos veces antes de zambullirse en la siguiente canción.

‘Tis a Pity She Was a Whore”, inesperadamente, ofrece una reversión del mencionado single, que el mismo Bowie había definido en su sonido como “Si los vorticistas –un movimiento modernista ligado al cubismo- hiciesen rock”. Aquella versión estaba dominada por un sonido abrasivo, lo más cercano al lo-fi que hubiese grabado, con una electrónica enloquecida y su voz en un segundo plano, frágil, casi como una interferencia. En esta nueva interpretación, su voz retoma la intoxicante melodía, pero en primer plano, fuerte y segura. Acompañada por una instrumentación más orgánica y el desatado saxo de Donny McCaslin, quien colabora junto a su banda de jazz, en la realización de este disco. Es con esta adquisición que Bowie vuelve demostrar que parte de su grandeza está en una concepción colaborativa del trabajo creativo, que le permite enriquecerse sin recelo con los aportes de otros artistas.

A la intensidad de los pasajes anteriores, le sigue cierta calma con “Lazarus”, el tema que escribió para el musical off-broadway de mismo nombre, que retomaba su personaje alienígena del film de The Man Who Fell to Earth. Con trágica potencia, aborda enfermedades y muerte, en un crescendo hasta llegar a un climax a cargo de McCaslin.

Esa tensa melancolía se despedaza con el impactante comienzo de “Sue (Or In a Season of Crime)”, también reversionada. Abandonando la anterior, más épica y dramática, a cargo de la orquesta de jazz de Maria Schneider, pasa por el prisma de Blackstar con una avalancha sonora de inmensas guitarras, fuertes bajos y explosiones electrónicas con ecos de la energía del rock industrial de 1.Outside (1995) y el drum’n’bass de Earthlings (1997).

Los oídos apabullados se relajan con la introducción de “Girl Loves Me”. Con un ritmo más espaciado, la voz brota zigzagueante en una mezcla idiomática que incluye Nadsat, el idioma inventado por Anthony Burgess para La Naranja Mecánica y Polari, un antiguo slang británico utilizado también en clubes gay hasta mediados del siglo XX. Estas referencias obscuras se suman a otras que se diseminan a lo largo de todo el album, haciendo de la interpretación de sus letras un trabajo enciclopédico, más que biográfico.

Al anterior clima opresivo, se le enfrenta por primera vez, en “Dollar Days“, una guitarra acústica que trae un signo de humanidad y permite ver un cielo claro, pero no soleado, uno plateado y brillante, teñido de melancolía. Una profunda tristeza acompaña el anhelo por verdes árboles y se repite: “Estoy muriendo… Estoy intentando…” mientras el saxofón se arremolina alrededor de la voz y la canción desemboca, con una transición imperceptible, en el tema final del disco.

En este, hay un guiño a su búsqueda por explorar nuevos territorios, signada por una explícita referencia a la harmónica de “A New Career in a New Town” de su rupturista Low (1977). A ella le sigue una suma de capas de sintetizadores, bajo y guitarras que dan el marco para un cierre emocionante.

Así como los Beatles concluían genialmente su discografía en Abbey Road cantándole al tópico que mayormente los ocupó, afirmando “el amor que recibes, es igual al que das”; en “I Can’t Give Everything Away”, David Bowie concluye la suya explicitando su negativa a otorgar respuestas terminantes, persistiendo en una idea del arte fundada en una contínua indeterminación, repitiendo una y otra vez como mantra/manifiesto, el título de su última canción: “No puedo revelarlo todo…”

Cuando finalmente su voz se desvanece en el ambiente sonoro que se apaga, quedamos (hoy) con un indesatable nudo en la garganta, pero también con la movilizante felicidad de haber presenciado una obra arriesgada, que, a pesar de su apariencia oscura, ofrece la luz de todo acto verdaderamente creativo, que demuestra que la realidad y todo lo establecido está siempre abierto a nuestros c-c-c-c-cambios.

David Bowie – Blackstar

Columbia / RCA / ISO

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01. Blackstar
02. ‘Tis a Pity She Was a Whore
03. Lazarus
04. Sue (Or In a Season of Crime)
05. Girl Loves Me
06. Dollar Days
07. I Can’t Give Everything Away

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