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Foto: David Edwards

¿Se acuerdan cuando Franz Ferdinand apareció? Fue un verdadero boom. La crítica hablaba de los nuevos salvadores de una escena previamente revitalizada por The Strokes y su rock bailable –concentrado en los 38 minutos de su álbum debut homónimo (2004)-, acompañado de esos maravillosos videos con estética pseudo soviética, coqueteaba con devorarse el mundo. Un Luna Park explotado de gente el 28 de febrero de 2006… horas de cola en calle Florida para conseguir una entrada gratuita proporcionada por una empresa de telefonía celular para un show que brindaron en el Planetario el 5 de abril de 2013, también desbordado de gente. El 2014 se presentaron en el Malvinas Argentinas (“This fire is out of control!”)… el fanatismo llegó a un paroxismo tal, que quien les escribe compró en su momento, un libro de Alex Kapranos hablando de sus gustos culinarios y otras curiosidades a durante las giras (Sound Bites -Comerse el mundo de gira con Franz Ferdinand, Madrid, 451 Editores, 2006).

Los años fueron pasando y las luces de esa discoteca interminable, empezaron a apagarse. You Could Have It So Much Better (2005), editado un año más tarde del debut, mantuvo la cohesión de esa propuesta inicial. Pero con el paso de los discos, los hits empezaron a aminorar, y las fórmulas empezaron a gastarse. Quizás Tonight (2009) sea el último buen disco de la banda de Glasgow, porque se advierte una búsqueda, una necesidad de despegarse de ese sonido que era un sello y proponen algo más cercano al dubstep que a las guitarras rítmicas. Luego empezaron algunos rumores de peleas, la necesidad de gestionar proyectos solistas, los cambios de formación…

La versión 2018 nos presenta una banda con una baja significativa (el histórico guitarrista, tecladista y co-fundador Nick McCarthy, se bajó del proyecto aduciendo querer pasar más tiempo con su familia), y con dos altas que el tiempo dirá si justifican su presencia (Julian Corrie y Dino Bardot). Incluso se supo que el líder y su compañía discutieron si valía la pena continuar con el grupo. Y a juzgar por el resultado, quizás lo mejor hubiera sido dar un paso al costado.

Las diez canciones que conforman Always Ascending (2018) componen un combo predecible hasta el aburrimiento. Cada tema suena o contiene elementos ya escuchados anteriormente en su discografía y, a los pocos minutos, uno siente el tedio de la repetición. La placa es como un bubbaloo sin juguito; la apariencia siempre es interesante porque, ¡es Franz Ferdinand!, el aroma es prometedor, pero cuando empezamos a masticar y descubrimos la falta de ese elixir líquido, sentimos la total falta de sabor y un desencanto absoluto. Eso es lo que pasa con el álbum, es desabrido, deja sabor a poco o a nada.

La primera canción, la que da nombre al disco, empieza con un piano y la voz cavernosa de Kapranos, pareciera buscar la semejanza con Nick Cave. La propuesta suena diferente. Bien. Pero no, pasado el minuto, el sintetizador y la batería nos conducen a esa disco retro que tanto dosifican ya sin novedad (vean el video qué impersonal y trillado resulta en relación con los primeros -y si hilamos fino, podemos encontrar que el concepto creativo se asemeja al de “Do You Remember The First Time” de Pulp-, con un Kapranos extrañamente rejuvenecido… ¿botox?). Los 5 minutos y 21 segundos se tornan largos. Y eso que acaba de empezar. Tanto ésta como la mayoría de las pistas, presentan un ADN que remite más al imaginario de Tonight (2009) que al de su predecesor Right Thoughts Right Words Right Action (2013).

En “Lazy Boy”, Kapranos se define perezoso y despreocupado por el paso del tiempo. Considerando los cinco años entre trabajo y trabajo, deberíamos creerle. La base inicial parece tomada de Scissor Sisters (o peor, de “I Was Made for Loving You Baby” de Kiss). En “Finally” se pone serio; confiesa: “Finalmente encontré a mi gente, encontré a las personas que debían ser encontradas por mí, estoy acá, finalmente estoy acá, en mi lugar”. Las letras de FF nunca fueron muy elocuentes, pero ahora están atravesadas por algo peor: se tornaron serias, o buscan ser reflexivas, acaso demasiado conscientes. “¿Estás viviendo como yo, en jaulas de papel?” se pregunta en “Paper Cages”. “Louis Lane” tiene una máxima digna de estampita manoseada que nos apoyan en la pierna viajando en subte: “Si cambiás el mundo, podrías ser feliz”.

Un sonido brit, que remite a las grandes bandas de los ’90, se reconoce en “The Academy Award”, una canción mid-tempo que baja un poco los sintetizadores, y casi con una guitarra le rinde un homenaje a una persona que entendió –junto con él- que “el amor es una droga que no necesitamos”. Los excesos parecen haber quedado atrás. Antes pedía a gritos que lo lleven a pasear o sugería con picardía que lo busquen en la parte oscura de una matinée. Kapranos parece decirnos, en ésta versión, que la estabilidad también puede ser una aventura. Pero es difícil de creerle.

Promediando el disco ya vas a tener ganas de volver a escuchar uno de los primeros. Pero sigamos con la reseña. “Glimpse of Love”, una de las canciones más bailables del disco, es también la de lírica más desesperada: “Podría alguien traerme sólo una muestra de amor” o para decirlo de otra manera, refleja los traumas y fantasmas de una persona monotemática que advirtió que el tiempo pasa muy veloz. La anteúltima, “Feel The Love Go” parece un lado B de “Lucid Dreams”, del nombrado Tonight. Su ritmo es contagioso y por momentos invita al trance. El saxo final parece extraído de Roxy Music. Pero una vez más, la letra se impone para arruinar la melodía: “Piensa en un amigo y deséale amor, piensa en un enemigo y deséale mucho más”. Más cursi que una poesía de Gustavo Adolfo Becquer mezclada con Rubén Darío.

Es difícil escribir una reseña negativa de un grupo que me trae y me dio tan buenos recuerdos (todavía conservo mi remera amarilla, y apolillada de su primera visita). Pero la profesionalidad me lleva a ser objetivo y a reconocer, mal que me pese, que la banda parece haber perdido la brújula. Always Ascending parece un disco solista del frontman, donde en cada tema expone una radiografía de su momento, de su manera actual de concebir el mundo. La hora para salir de fiesta ya pasó. La banda le canta a otras cosas, a otros momentos. La noche se hizo día y la resaca de una fiesta interminable puede suponer una sabiduría impensada. Pero por mucho que se busque, no parece ser el caso. Un amigo por WhatsApp me dijo: “Envejecieron mal”. Algo de eso hay. ¿Acaso su visión está empañada por la famosa mid-life crisis?

El álbum es desangelado. Quizás “Slow Don’t Kill Me Slow”, el último track, muestra cierta ambición con un final grandilocuente, pero ni siquiera. 943.103 seguidores en Spotify (consultado el 19 de febrero) hablan del ocaso de una banda que supo ser número uno. Las ilusiones de que volvieran a editar un material que los devolviera a las ligas mayores fueron extinguiéndose con el paso de los años y de los discos. Sin contar los abismos temporales entre sus placas (2004, 2005, 2009, 2013, 2018). Las expectativas eran altas, pero el resultado es decepcionante. Alex Kapranos expresó que Always Ascending es “una mezcla homogénea de futurismo y naturalidad”. Quizás en un comienzo el sonido de Franz Ferdinand, entre Bowie, Talking Heads, The Smiths, Duran Duran y otros, sonaba innovador. Pero ese futurismo del cual habla y el “ascenso” con el que se ilusiona desde el título, ya fueron asimilados hace años por un público que espera siempre, un poco más.

Franz Ferdinand – Always Ascending

2018 – Domino

01. Always Ascending
02. Lazy Boy
03. Paper Cages
04. Finally
05. The Academy Award
06. Lois Lane
07. Huck and Jim
08. Glimpse of Love
09. Feel the Love Go
10. Slow Don’t Kill Me Slow