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Foto: Alejandro Ros

El ascenso de Juana Molina ha sido documentado incontables veces, lo que tiene sentido: todo el mundo adora una narrativa de perseverancia. Embarazada, tuvo una epifanía, y en el apogeo de su programa de televisión, decidió dejarlo todo porque su auténtica vocación era otra. Con su vanguardista Segundo (2000), asentó las bases compositivas de lo que constituiría su impronta: la tensión entre lo acústico y lo electrónico; y el recurso a una repetición hipnótica, que sería injusto tildar de ostinato, porque de obstinada no tiene nada: Juana edifica arriba de múltiples capas de sonido, sumando texturas para avanzar, finalmente, hacia delante. Cuando conoció a la pedalera Boss RC 20-XL, pudo traducir esos drones en vivo, sustituyéndolos por loops. Y sin embargo, su fórmula innovadora no fue bien asimilada por una escena argentina habituada a las constricciones del rock barrial. Fue con la llegada del reconocimiento internacional que ella dejó de ser sapo de otro pozo en su propio país, y para el 2013, todo había cambiado. Armada ahora de una guitarra eléctrica, el quiebre sonoro, crítico y comercial de Wed 21 terminó de consagrar su popularidad, esta vez de otra índole. Apareció un nuevo público de gente joven, que la conoció primero como música que como actriz, y que acogió su propuesta con total entusiasmo. Su sucesor tenía que estar a la altura de las circunstancias. No podía estar meramente bien.

En este contexto llega el atmosférico Halo, su séptimo álbum de estudio, editado bajo el sello belga Crammed Discs. Wed 21 ya demostraba un alto grado de mutabilidad y progresión, pero siempre contenido por la duración de canciones pop. En contraste a su predecesor, Halo es más libre: esto es, sus temas pertenecen al reino de lo abstracto, invitan desde su introspección y se toman su tiempo para oxigenarse, explorar madrigueras sónicas y llegar a destino, tal vez profundizando las tendencias sugeridas en “Ay, No Se Ofendan”. Es una decisión valiente teniendo en cuenta la extroversión bailable de lo anterior. No obstante, este trabajo propone mundos habitables que concitan la atención desde lo enigmático e inducen al trance onírico. Tal vez la que mejor ilustre esto sea “Lentísimo Halo”, un brillante ejercicio en minimalismo que consiste en apenas tres acordes sostenidos, voces y ocasionales texturas lejanas, abandonando toda percusión. Esta economía de recursos es particularmente evidente en el impacto que generan sus silencios: tanto en este poema tonal como en todo el repertorio de la porteña en general, cada elemento está consciente y meticulosamente dispuesto.

Que el disco fluya con vitalidad y sin estorbos, pese a su naturaleza más reflexiva, se debe a que está excelentemente secuenciado. Por cada “Lentísimo Halo” y “Cálculos y Oráculos”, hay un número intercalado dinamizando con potencia apabullante: las magníficas “Sin Dones” y “Cara de Espejo” son los momentos más rítmicamente cargados, propulsados a partir de memorables líneas de bajo. “In the Lassa”, por su parte, tiene reminiscencias a lo mejor de The King of Limbs (2011), con sus fluctuaciones de tempo y overdubs vocales. El corte de difusión, “Cosoco”, narra la historia de una manzana embrujada: su riff resulta más familiar, pero los punteos de guitarra, dignos de Captain Beefheart, hacen que el tema se siga manteniendo fresco.

Así y todo, Halo es un álbum totalmente cohesivo. El tejido conectivo que articula semejante heterogeneidad puede haber sido producto de la grabación en el estudio texano Sonic Ranch, a donde Molina y compañía acudieron por los problemas técnicos de su hogar. Esto significó una instrumentación mucho más abundante, que pulió y le dio un lustre especial a todas las composiciones. Sea un Mood Prodigy o un Mellotron, estas nuevas herramientas le permitieron a ella seguir explorando las posibilidades del sonido. Es que de eso se trata lo que hace Juana Molina: de desmantelar las formas y estructuras convencionales para situarse en la intersección entre lo accesible y lo lunático.

Dado que su música elude toda categorización bajo rótulos rígidos, Juana Molina ha sido frecuentemente comparada con Björk. Es una comparación caprichosa, y una que dudo que a Juana le resulte particularmente simpática: en los veinte años que pasaron desde su debut, Rara (1996), ha desarrollado una voz creativa demasiado única como para que se la defina en función de alguien más, independientemente del genio que aquella persona maneje. Pero si hay algo que ambas tienen en común, además de su idiosincrasia, es la habilidad para rodearse de talento joven. De la misma manera en que la islandesa entabló una asociación artística con Arca y The Haxan Cloak, la cantante de “Un Día” se rodeó de dos músicos tan fértiles como Diego López de Arcaute y Odín Schwartz (que, en esta ocasión, colaboró en la producción de Molina junto a Eduardo Bergallo). El fruto de su simbiosis es un rapport maravilloso. Si bien Halo es enteramente la visión de su autora, ella logra cristalizarla sirviéndose de la destreza inmensa de Schwartz como multi-instrumentalista y de la polirritmia precisa que aporta López de Arcaute desde su batería y Octapad.

Para alguien que constantemente ha reiterado su primacía de lo melódico sobre lo lírico, Juana Molina es una letrista maravillosa. Desde “En los Días de Humedad” hasta “Las Edades”, las observaciones presentes en su poesía tienen la extraña habilidad de encontrar la belleza en lo mundano. A pesar de esto, lo cotidiano ya no es más el objeto de su atención. Temáticamente, Halo es un disco decididamente nocturno, repleto de misterios y letras que abordan el ocultismo. “Paraguaya”, la encargada de abrir el LP, establece con eficacia el tono esotérico que barnizará el resto de la escucha. En este track, que recientemente recibió un tratamiento audiovisual con la presencia de Chunchuna Villafañe, Juana instruye sobre la preparación de una poción a medida que samplea cuerdas de épocas pasadas. Este opener está entre lo mejor que hizo, y suena como el soundtrack de una película de Darío Argento o Nicolas Roeg que nunca fue.

Precisamente, Halo está colmado de referencias a la noche y a los sueños, como también de anhelos a la luz, quizás entendida como metáfora de claridad ante estados emocionales. Ejemplos de esto son la pareja que se adentra en el bosque de “Cálculos y Oráculos”; o los amantes esperando el alba de la laberíntica “Los Pies Helados”, que comienza con un arpegio que recuerda a Son (2006), pero pronto deviene en algo completamente propio. Terminada la noche y pasada la tormenta, se asoma el esperado sol en “Al Oeste”, un cierre más apropiadamente acústico, optimista y juguetón, que reafirma el interés en el punto cardinal que Juana ya había expresado en “Sin Guía No”.

Es algo poco frecuente que un músico, tan adentrado en su carrera, siga lanzando material que exprese su identidad y simultáneamente suene novedoso. Halo es una obra autónoma, sí, pero asimismo es intrínsecamente Juana Molina: es un disco que no podría haber hecho nadie más. “¿Y ese halo con forma de rombo? / Te espero entre las piedras del fondo / Quiero mostrarte lo que escondo”, entona ella en la lentísima canción homónima. Con cada lanzamiento que pasa, Juana sigue creciendo y sorprendiéndonos con nuevos secretos musicales.

Juana Molina – Halo

2017 – Crammed Dics

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01. Paraguaya
02. Sin dones
03. Lentísimo halo
04. In the Iassa
05. Cosoco
06. Cálculos y oráculos
07. Los pies helados
08. A00 B01
09. Cara de espejo
10. Andó
11. Estalacticas
12. Al oeste

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