Foto: Facebook de Jvlian

Zygmunt Bauman emplea el término “tiempo puntillista” en su libro Modernidad líquida en contraposición a una noción de tiempo más bien lineal o cíclica, como lo fue en otras épocas. Éste se caracteriza por estar marcado por la profesión de rupturas y discontinuidades, por los intervalos que separan los sucesivos bloques y establecen los vínculos entre ellos, que por el contenido específico de los bloques en sí. En este tipo de tiempo, cualquiera sea la lógica de continuidad o causalidad que conecte los sucesivos bloques, sólo puede ser intuida o conjeturada recién al final de la búsqueda retrospectiva en busca de un orden e inteligibilidad, ya que por regla general esa lógica no figura entre los motivos que hacen que los protagonistas se muevan de un punto a otro. El tiempo puntillista está roto, o más bien pulverizado, en una multitud de “instantes eternos”, tales como eventos, incidentes, accidentes, aventuras, episodios, etc. Tomando como final, por lo menos al día que escribo esto (16 de marzo de 2018), la salida del nuevo disco de Jvlian titulado Crisis, viene a cerrar una primera etapa e inaugurar —naturalmente— la siguiente.

Los eventos-puntos que marcaron la cronología “puntillista” de la banda porteña entre el debut homónimo de 2014 y la placa siguiente están unidos por una línea que tiene que ver con su constante presencia en los escenarios ya sea adaptando la banda a distintos formatos (beat set, DJ set y apariciones de Julián Larquier como solista, aka Dinastía, y lo mismo con Julián Tello, aka Yeyo) como su participación en importantes fechas como el Buena Vibra en Konex, Niceto Black en febrero, Calor y una vuelta por Córdoba en Club Paraguay, entre otras. Además, en lo relativo a material nuevo estrenaron los singles “Fin de año” y “Trasnoche“, a fines de 2015, y por su parte, el tecladista Pablo Anglade lanzó el año pasado un disco solista llamado 8/8 bajo el alias de Polsick (que, dicho sea de paso, cuenta con la participación de los otros miembros de Jvlian).

Puede ser que el primer párrafo de esta reseña resulte desmesuradamente complejo, incluso hasta soberbio, pero es que en realidad este segundo lanzamiento de Jvlian merece ser tratado con una óptica muy diferente a la del primero.

Previo a darle play, el arte de tapa sumada al título ya mencionado comienzan a dar una idea de por dónde viene el concepto, o al menos el origen o la musa, del álbum. Los dos autos chocando violentamente en un gesto aéreo difieren diametralmente de la foto de las cinco caras de los integrantes del primer disco. De entrada, el primer tema no tiene nada de introductorio como sí sucede con “(semidios)”, apertura del debut, que deja pasar algunos segundos instrumentales hasta lanzar los primeros versos. “No hay foto de lo que hicimos hoy” es un cross a la mandíbula, tal como Arlt planteaba que debían ser las primeras oraciones de los textos, no sólo porque empieza directamente cantando, sino por el qué está cantando: navegando por la letra se empieza a percibir un desencanto que durará los 23 minutos de disco con frases como “crecen edificios/como crece la falta de tacto que tiene la ciudad”, “me hicieron dar cuenta/que lo que me cuesta es mi paciencia/no estoy enojado/estoy desenamorado de lo que pasa acá”, entre otras que desbordan tan sólo el primer minuto, resultando así una en durísima introducción que tiene su síntesis perfecta en una frase a casi mitad del tema: “espero el estruendo en mi cara”.

Si por momentos se dejan ver algunas cuestiones autobiográficas en el track que abre, el segundo —titulado “Droga”—, es todavía más directo, al punto de sonar sincero como quien desde la experiencia se dispone a contar un relato sin rodeos; algo así como una autocrítica que refiere al consumo de quienes ya pasaron la barrera de los veinticortos. Alcanzado este punto (temprano), es posible que las risas que podían despertar muchos de los versos del primer disco, dotadas de un sentido del humor constante, sean ahora dignas de una mirada de desconfianza, parecida a la reacción que se tiene cuando un chiste es demasiado oscuro y no se sabe muy bien si está bien reírse de eso. Si bien no descartan totalmente el manejo del humor, sí tiene un viraje hacia algo mucho más sutil, fino, crudo. Nada en el disco es realmente lo que en un primer momento puede parecer. Todo está manchado de una segunda intención, que por momentos aparece más claramente que en otros. También empiezan a aparecer constantes: las alusiones al centro (de la ciudad), la violencia, lo autorreferencial, el fuego, la contraposición constante entre ellos-yo, la paranoia, la ansiedad.

Tam-bién”, cuarto tema y primer single adelanto, cobra una importancia central en función del disco, noción que se vio un poco dejada de lado cuando vio la luz allá por septiembre. A mi entender, una de las letras más crípticas de la banda, donde nada queda totalmente claro. Sin embargo, los elementos constantes que recién fueron mencionados vuelven reforzados por la oscura parte musical y los gritos desgarradores de Julián Larquier hacia el final (que me recordaron casi inmediatamente a la versión vivo en estudio que hizo Charly García de “Promesas sobre el bidet”) que dotan al tema de un sentimentalismo ineludible. Sin entrar demasiado en la búsqueda del significado de la letra, la paranoia se percibe por el “olor a otro muerto dentro de la casa”, lo autorreferencial porque quien canta es “el mismo hijo de puta que patea su propia puerta para después darse cuenta que ya estaba abierta”, la contraposición (¿y fusión?) con la otredad que aparece dudando si está “tirado abajo de la pileta/o es mi cama y no me doy cuenta/o es tu cama y rompí la reja” y a quien también le pide: “No esperes que limpie este desastre”, en lo que suena a un reclamo bastante claro que acaba con una cuota de violencia ya esperable de este disco “voy a abrirte el cuerpo como nadie/la sangre se seca también”.

El drama llega a su punto cúlmine en la trilogía final de “Desencantado” (con Valdes como invitado), “Escorpio” y “Color ceniza”. El primero de éstos se apoya sobre un sintetizador denso que sumado a las cadencias, los coros y la línea de bajo parece un ejercicio de pop barroco tipo “Because” extraído directo de Abbey Road, mientras el crescendo del final va dando paso a los últimos minutos de Crisis, que, como no podía ser de otra manera vislumbra el final con un prólogo doloroso de cuarenta segundos que se apaga lentamente para volver en el track de cierre. Los sonidos de apertura suenan actuales al nivel de que podrían ser parte de un tema de Tyler, the Creator y desde las primeras rimas se percibe esa suerte de diálogo/monólogo que de una manera similarmente análoga también se da en “Rap de l’amour”: la lujuria que comenzaba en éste se transforma en una queja que recae sobre casi toda relación terminada pero que casi instantáneamente vuelve sobre los escombros. Los detalles de mencionar discretamente los nudes y el “compartir ubicación” son magistrales y pintan de cuerpo entero algunos aspectos comunicacionales de las relaciones contemporáneas. En el paso siguiente, todo de lo que se jactaba en el tercer track de Jvlian se les vuelve por alguna alquimia en contra y lo deja enteramente sumiso a ella, atado, a punto de incendiarlo, desmayado en el piso y drogado: así y todo acepta su destino y avisa que ese olor, es efectivamente su carne (el fuego purifica las pasiones, según algún profesor de literatura del secundario).

En términos musicales, entendieron cómo apropiarse de géneros obviando caer en los clichés y bajo una producción consistente: sin dejar de lado el sonido al que nos acostumbraron en su debut, pasan por cortes de jazz moderno como “Vels Trio” hasta los hi-hats electrónicos del trap, relegando timbres más bien clásicos (como algunas guitarras del primer disco) en función de la faceta electrónica (sintetizadores espesos, autotune sobrio). Las estructuras, por lo general, tienden a formas más simples pero al estar acompañadas de letras (mucho) más incisivas que las primeras, ganan fuerza de una manera sorprendente. Los puntos fuertes siguen siendo los mismos: además de la lírica ya analizada, la noción rítmica que manejan es poco frecuente de encontrar en el común de las bandas del género (mención especial para el baterista Juan Chacón) con líneas de bajo de una clase incluso superior a las del primer disco (a cargo de Nacho Martín).

Son contados los casos en el último tiempo que un disco fue tan prolijamente coherente con su idea principal. Crisis no se queda en un mero título acorde a la época que nos toca, se encarga de criticar al resto, a ese otro invisible, mira con asco a quienes lo rodean, tildándolos de “manada” (por no caer en la generalidad de decir “sociedad”) pero por sobre todas las cosas hay una autocrítica, quizás la más importante de todas, ya que es ahí donde está la enormísima maduración que hace que los Jvlian pasen de ser una banda de hip hop con altas dosis de humor entre letras y talento musical a ser una banda que se adapta a los tiempos que corren (tanto social como musicalmente) y se permite esa intro y retrospección necesaria para ser más que una moda. El peligro es para las otras bandas que se dispongan a lanzar un álbum en 2018 ya que los Jvlian pusieron la vara alta.

Jvlian – Crisis

2018 – Independiente

01. No hay foto de lo que hicimos hoy
02. Droga
03. Tétrico
04. Tam-Bien
05. Sujeto a Espacio
06. Desencantado
07. Escorpio
08. Color Ceniza