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Nicolás cursa diseño industrial en la UNLA y señala como uno de sus pasatiempos la orfebrería: dos aspectos que remiten a la creación de lo concreto, del mundo material en el que se desarrolla todo. Pero en el que también intervienen otros planos de sentido, de percepción: allá, a ese lugar custodiado, nos transportan las canciones que se engarzan como piezas, como eslabones. El disco último de Toquelau funciona así, como una máquina; a partir de engranajes invisibles en constante movimiento y generación de mundos.

El nombre surge del epígrafe de un dibujo, o de la impresión de haber visto un dragón en la neblina; hacia la puerta roja custodiada por el monstruo, La Escalera (2013) era el camino, el ascender o descender: el punto intermedio entre la llegada y la partida. Ahí la banda consolidó un estilo propio, extrañísimo; pero de ambiciones y potencial verdaderamente popular. Como saltandose la lógica del sonido radial, de cualquier “circuito”, de cualquier etiqueta de quienes se empecinan en querer instalar “movidas” cuando la música se trata de otra cosa a la cual justamente apunta Toquelau. Hay un sonido propio, cuyas características capitales son evidentes: un sonido pulcro, una firmeza en las melodías: una aspereza dulce, que se rehusa a resignar la singularidad por donde pasa toda la vida de una obra.

Un rock lleno de sintetizadores como cascadas, voces honestas que chorrean sincericidio, poéticas de asfalto, personajes cuya carne y hueso son palabras; que caminan y se agarran fuerte de la manija de un vagón del tren (de ramales del General Roca, quizás) para no tambalear en el trayecto; un piso de mundo suburbano y a cada escalón, una mayor desrealización de la percepción de lo material, lo cotidiano; casi como si lo real fuera profundamente artificial y lo irreal completamente natural.


Como en las imágenes de M.C. Escher, La Escalera era un disco con canciones como callejones, como peldaños cruzados, reversibles; que conectaban -y conectan- con escalones de otros senderos hacia ese otro plano; ese otro plano que El dragón y la puerta roja, editado a fines de 2016, (y que Toquelau actualmente está presentando) recorre de punta a punta.

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Otros mundos que están en este mundo; los cuales vemos pero están custodiados, los cuales intuimos pero a los que pocas veces accedemos.

Las imágenes verbales no son el único signo de esto, no son el único hilo temático y conceptual que recorre esta nueva y lograda propuesta de Toquelau. Hay una mayor ambición de despegue en el sonido, una mayor paleta del mismo; un mayor y mejor collage de texturas, una barroca cantidad de 19 canciones que, sin embargo, se suceden con naturalidad. Son la huella de un trabajo decidido a perdurar. Incluso a cuesta de sí mismo, de su propia integridad: el riesgo musical es el lenguaje del pop para Nicolás Domecq, quien como orfebre moldea el cuerpo de las sólidas canciones.

La canción pop como norte: la experimentación y el estilo propio como camino. Un norte y una experimentación que, sin embargo, reconocen una deuda con la tradición del rock nacional, como deja insinuar Nicolás (voz, compositor y tecladista del grupo): en una época post-CD, de plena fascinación por los EPs, los singles y los discos de 6 0 7 temas, funcionales al “full album” de YouTube, al Bandcamp y al Spotify, la propuesta de hacer un único disco de ¡19! canciones surgió “porque justamente era todo lo contrario a lo que se viene haciendo”.

Destaca Nicolás:

“Siempre tuve una fascinación muda por los discos de muchos temas, como El Salmón, u Honestidad brutal (ambos de Andrés Calamaro): algo que no pueda ser digerido de un solo bocado, de modo que (luego de una probable escucha incompleta de nuestro disco por parte de un oyente) siga habiendo temas dentro de nuestro disco”.

En un momento de consumo fascinado -y fascinante- por lo inmediato, por la facilidad de digerir lo que sucede en una canción, o en un album entero que se cuelga a internet, Toquelau nos brinda “un disco para conocer con tiempo; para descubrir su rareza”; luego de sucesivas visitas se comprueba cada vez más la integridad orgánica contra la cual el propio disco, en un primer momento, pareciera embestir. Solo hay que dar tiempo.

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En La Tangente, un recital de la banda muestra algo de lo que estas canciones son capaces: bajo luces rojas y azules todo el tiempo, melodías de teclado guían un setlist nutrido por este, su disco más reciente. Las canciones de El dragón y la puerta roja (editado por el sello emergente Compacta Discos) se direccionan para muchos lados a la vez, pero partiendo de una misma simpleza tradicional, pop; la confusión pasa por el excedente barroco que tiñe cada canción. Hay un despliegue de empujar los límites hasta los que llegan no solamente las canciones, sino la interpretación de las mismas.

En vivo, el desarrollo del show es armónico y caótico a la vez. Todo pasa dentro de las canciones, bajo un manto sobrio, que sin embargo no oculta el impulso primitivo. “Es sumamente excitante y divertido el momento de tocar, de estar ahí, de poder decir algo, de moverse, de cantar, tocar… Hay algo muy ritual y primitivo en la música, que me parece encantador: una reacción instintiva”. Esa reacción instintiva se solapa con el virtuosismo simplista de Domecq a la hora de interpretar las canciones: un virtuosismo que recuerda a la tradición de García, de Spinetta; el virtuosismo convertido en la virtud de hacer parecer simple, lo que en verdad es sumamente complejo. Esa reacción instintiva organiza todo: la voz al frente y una impronta de frontman inusual, extraña, sofisticada, atractiva. Fuertemente embebida de los sonidos de sus congéneres (El mató, Viva Elástico, 107 Faunos); pero también del cánon de la canción del rock nacional.

En esa mezcla hay mucho misterio y se respira en el show de Toquelau en Palermo, junto a Los Animales Superforros y Palmer: ahí reside la química que recorre todo el circuito de Toquelau que impregna su música y su show en vivo. Siempre detras de máquinas, teclados, y en compañía de guitarras, bajos y baterías que se suman al desorden prolijamente dispuesto, equilibradamente tenso porque hay vida; la reacción instintiva que saca la garganta afuera y pone los ojos de Domecq en un más allá donde no está nadie de quienes miran y escuchan, en el local de Honduras llegando a Godoy Cruz.

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Sensaciones contradictorias que revisten y refuerzan la vitalidad con la que Nicolás puede pulir el protagonismo de sus melodías, del llamativo timbre de su voz y sus extrañas consecuencias. Canciones como “Bailarina en la oscuridad”, “Bella y oscura” y “Espera un tiempo”, todas de este último disco, están cubiertas, parten, de un estilo propio. Que remite al pop que es, si por sonidos, ochentoso; si por poética, a siglos atrás y adelante en el tiempo. La conjunción de ambas caras es actual, creativa y sobretodo viva. Y opera, de manera subyacente, en cada composición.

“El dragón y la puerta roja suponen un momento de lucidez en el cual las acciones a tomar se vuelven claras; una especie de ‘satori’; como el momento de saber la verdad. El desguace de ciertas máscaras. Es un disco que trata, que intenta, con todas sus fuerzas, suponer la existencia de algo por detrás”.

El Dragón y la puerta roja germinó en gran cantidad de espacios; fue creciendo desde en home studios hasta en DDR o Estudio Vértice; sin embargo, “tiene una impronta experimental de muchas sesiones nocturnas fuera de los horarios normales. Casi siempre las canciones fueron desarrollos de juntadas en la que surgían las bases del tema y después nos juntábamos en el estudio para darle un sonido a nuestros bocetos”, detalla Nicolás, tratando de situar en el origen compositivo de las canciones esos mundos oníricos que evocan con completa naturalidad.

Casi como si fueran palpables y presentes, como un trabajo de orfebrería excelentemente logrado, así se nos presentan las canciones en el vivo, en el disco. Y por momentos, esos mundos de la canción que Toquelau desarrolla, a fuerza de una productiva vitalidad, se nos hacen más concretos que todo el plano material en el que (solo aparentemente) pareciera desarrollarse lo real.

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