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Eleven sus mentes
y dejen que el instinto fluya
(Intro a Pasto, 1992)

En el prólogo a la segunda edición de Arrogante Rock, Roque Casciero se refiere a Babasónicos en términos de entidad artística. El discurso sónico, en tanto expresión elaborada de un campo de ideas y experiencias, es la excusa elegida para pensar la ficción como categoría estética.

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Una primera intuición: descomponer la imagen de un grupo musical. Abandonar todo lo que el fanático tiene a mano: discos, revistas, entrevistas, nombres propios y biografías. Tomar distancia objetiva y lanzarse a Babasónicos como si se tratara de una vorágine de embriaguez donde giran incesantemente imágenes, tiempos, música y poesía. No todo grupo musical es una entidad artística y el caso es que acá, detrás del nombre que evoca reunidos un imaginario y una realidad, se entrevé una forma mayor que Babasónicos toma en el mundo: la de fenómeno estético. Una segunda intuición: la clave para ingresar al fenómeno es la categoría de ficción.

Babasónicos generó un mundo de ficciones alternativas a cada nada en la que surfeó: el Miami misionero, las promotoras menemistas, el playboy paraguayo o incluso el adversario son algunas de las máscaras con las que los sónicos figuraron un sentido ante la nada de los noventa. Pero estas imágenes narrativas de sus ficciones son sólo la antesala del umbral.

Pensar las condiciones de un fenómeno estético supone cuestiones de tiempo y espacio, cuestiones de cosmos y de caos. ¿Cómo captar la emergencia de la forma ficcional? ¿Cómo conducir la mirada hacia la ficcionalización del entorno? Simplemente entregándose al espectáculo de la ficción; acto simple que requiere un compromiso total con lo imaginario, un entrenamiento continuo y subconsciente de develamiento de la mirada y búsqueda del lugar imaginario.

La ficción, como modo parcial o total de la percepción, implica un tiempo no cronológico y un espacio dislocado. Uno de sus rasgos estaría en instalar coordenadas espacio-temporales propias. Se habilitaría así un cambio en el modo de la percepción, en la recepción del mundo. Pensando en el fenómeno Babasónicos, la espacialidad artística configurada abre un área de extensión imaginaria, una zona de ficción donde las cosas fluctúan en continuo movimiento, donde las imaginerías emanan, descienden o se fugan con la libertad de detenerse en un punto discreto a contemplar la estela de su propio movimiento. La lógica de un espacio imaginario da cuenta de las oscilaciones y alternancias en el transcurso de un universo moviente. Afirmamos que mover, se mueve, no se sabe hacia dónde. El esteta espectador acompaña entregado el curso moviente según su disponibilidad de contacto con lo imaginario, de reconocimiento y asimilación de una atmósfera perceptiva alterada.

Foto: Gonzalo Morales – Circa 1999

Si la razón da la norma al cosmos, la imaginación hace lo suyo con el caos. En la experiencia caótica, el modo en que el mundo aparece ante nuestros ojos es en base a imágenes saturadas de movimiento, revitalizadas y distorsionadas por la imaginación; facultad que filtra discreta o indiscretamente corrientes de subversión por entre medio del orden racional. Aparece la cuestión de lo irreal, como ese modo de experiencia y existencia juzgado como fantasioso e irrelevante por un discurso normativo. Sin embargo, el objeto imaginario está compuesto del mismo material pictórico que lo real: espacio, tiempo, cuerpos, acciones, movimiento.

A propósito del caos como forma organizada se lee a Gabo en la entrevista: “Siempre decimos que trabajamos dentro de un caos y que nunca terminamos organizados. Sin embargo, terminamos organizados”. La organización del caos es una fórmula de la ficción, por la que aparecen entidades real-imaginarias. El caos se distancia del cosmos como la imaginación de la razón. Pero al pensar la ficción como categoría estética las distancias parecen eliminarse. Se insinúa la naturaleza dual, real-imaginaria que da forma a la ficción, una naturaleza tornasolada que en función de la perspectiva deja ver su contenido. Babasónicos como entidad artística cuya mirada perspectivista ficcionaliza el entorno, organiza una estética del mundo que se materializa en cada uno de sus actos. In concreto, su historia, in abstracto, todo lo anterior.

Circa 1999. Archivo personal.

Una entidad es algo llamado a ser, una cosa en el mundo. Una entidad artística es una cosa en el umbral de los mundos. La cosa del arte gana para sí la autonomía de existir independientemente de aquellos que le ponen el cuerpo. Una vez generada la forma, se mueve con libertad. Pienso en las palabras de Gabo:

“Babasónicos es una entidad que no va a dejar de existir por más que alguno pueda dejar de ser babasónico. En ese sentido tengo la suerte de seguir siendo parte de este ente comprometido con que las cosas no estén siempre igual: construir un mundo de fantasía y hacer las cosas de manera no ortodoxa es un modo de forzar ese cambio. En términos artísticos, Babasónicos significa libertad”.

Ficcionalizar la percepción supone atravesar un umbral de límites difusos, la entidad artística está ahí y se deja ver a la vez que insinúa un centro de sí oculto e inalcanzable. Lo inaprensible del fenómeno es el pulso que lo empuja más allá de sí mismo, en un movimiento intangible y expansivo de límites resbaladizos que oscilan entre lo real y lo imaginario. Consintiendo a su imaginación, el esteta cambia la perspectiva y no se detiene en los hitos y cronologías de una banda de rock si no en la contemplación de la trascendencia de un movimiento artístico.

Viene a mí una tercera intuición: Babasónicos es una ficción estética. Una entidad artística organizada con elementos del orden de lo real y lo imaginario. Una cosa border del arte que va y viene a su antojo al lugar metalizado.

Foto: Victoria Egurza – Circa 2003

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Bibliografía:
Casciero, Roque, Arrogante Rock, Buenos Aires, Planeta, 2017.
Foto principal: Martín Bonetto.