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En una casona de Palermo se encuentra la productora Winona, cuyo director principal es el realizador de algunas de las mejores películas argentinas de comedia de la última década: Cara de Queso (2006), Mi primera boda (2011), Vino para Robar (2013). Allí nos dirigimos para que charlar con Wino sobre Sin hijos (2015) y el feliz momento que atraviesa nuestro cine.

-¿Sentís que Sin hijos se inscribió dentro de un momento especial del cine argentino?
A mí me copa un montón el momento actual del cine nacional. La gente está llenando las salas para ver películas nacionales muy seguido. Igualmente, el negocio del cine en Argentina, y en Latinoamérica en general, es algo rarísimo. Por ejemplo, hace poco me enteré de que Sin hijos se convirtió en la segunda película argentina más taquillera de la historia en Perú. La primera es Metegol [2013, dirigida por J.J. Campanella]. Sin hijos salió allá con veintitrés copias solamente. Es algo muy delirante que todavía estoy tratando de entender porque no había pasado nada parecido con mis películas anteriores. Acá en Argentina, se lanzó con 110 copias y del primer fin de semana en cartel al segundo el número de espectadores creció un 20 por ciento. Ese aumento no existe: las películas, por lo general, de un jueves al otro bajan un 20 por ciento. Al parecer, tuvo un boca a boca violentísimo entre el público aunque el número de pantallas donde se proyectó no fue tan alto. De todas formas, eso es solo para lo que es taquilla de cine y en este momento, tenés que considerar otras miles de ventanas que tiene una película para circular como puede ser internet o los aviones.

-¿Cómo te llevás con el tema de la reproducción en internet o la piratería?
En realidad, lo que te mata es que durante la semana de estreno aparezca el dvd trucho en una manta. Es un bajón que pase eso en el momento que se lanza la peli ya que te impacta negativamente en varios aspectos porque el cine es un negocio extremadamente caro y hay que entender que si a una película le va bien, para los que trabajamos en esto, después va a ser más fácil realizar y encarar otro proyecto nuevo. Además, es obvio que en esos formatos se ven muy mal y eso es una de las cosas que más me molesta. Yo pienso que mientras está en el cine, tenés que mirarla en el cine. Cuando ya no está más en cartel, sinceramente, no me molesta mucho que la veas en YouTube, aunque, de nuevo, la calidad va a ser horrible. Igualmente, yo ahora paso y me fijo en las mantas a ver si aparece Vino para robar o Mi primera boda y si están, medio que me río. Aparte, por suerte, me parece que hay como un pacto entre los manteros, que dicen “Che, pirateemos todo pero cine argentino mientras está en el cine, no”.

– Si bien últimamente han aparecido nuevos formatos para la comedia audiovisual como las webseries y demás formatos en internet, vos siempre has elegido el cine como tu lenguaje predilecto. ¿Por qué?
Hay series de internet que me fascinan, como las que hacen Martín Piroyansky, Malena Pichot o Esteban Menis, y entiendo que es un formato que está en un momento “beta” y me encantaría que se le ponga guita a eso. Es como un momento especial y me gustaría que los que tienen el poder de decisión en la televisión vean lo que está pasando en internet y digan: “Che, basta de la historia costumbrista, basta de la historia del asesino serial”. Eso no lo quiere ver nadie. En mi caso, elijo el cine porque en las películas encuentro un espacio donde puedo contar las historias que quiero de una forma ideal, no apresuradamente y desarrollar. Para el humor, que es algo muy serio y complicado de trabajar, el cine me sigue pareciendo un espacio fantástico. Tuve la suerte de dirigir a gente que maneja el humor de formas muy diferentes. Desde Les Luthiers en Mi primera boda, hasta Guadalupe Manent, la chica de diez años que coprotagoniza Sin hijos. En el cine, todos se pueden encontrar aunque demande mucho esfuerzo previo, sobre todo en el trabajo con los actores.

– De las tres instancias que lleva hacer una película (preproducción, rodaje y post-producción), ¿preferís el rodaje?
Sí, pero la previa también la disfruto un montón. Para mí, ahí se hace la película porque todo lo que hacés en la previa te determina después para tener un rodaje bueno. La productora principal de todas mis películas es mi esposa, socia y madre de mis hijas, Nathalie Cabiron y la verdad es que es un trabajo muy intenso que nos lleva años de trabajo. Reescribir guiones, buscar locaciones, armarse del mejor equipo técnico posible y juntar al reparto ideal, todas esas cosas de producción demandan una cantidad de trabajo impresionante.

– En tu caso, elegís la comedia pero la trabajás haciendo películas con una estética y una cinematografía de gran nivel. Conseguís una frescura en las historias incluso teniendo que pasar por un proceso de realización tan complicado y extenso. Ese parecería ser el mayor mérito de tu filmografía.
En verdad, creo que el mérito está ligado a decidir con quién trabajar. Hacer las cosas bien y hacer las cosas mal llevan el mismo tiempo. Cuando vos filmás, cada día son doce horas de rodaje y en esas horas hacés de una a cinco páginas del guion. Que salgan bien dependen tanto de las actuaciones como del equipo técnico y con Nathalie decidimos siempre intentar conseguir a los mejores técnicos que pudiéramos y es ahí donde marcás la diferencia, cuando entendés que tenés que confiar en la gente que trabaja con vos porque es con ellos con los que vas a atravesar un proceso complejísimo. El rol del director debería ser convertirse en un “chupador de energía” de todas las personas que participan con uno en la realización para que den lo mejor de cada uno.

-¿Cómo surgen los temas que elegís y las problemáticas que trabajan tus películas?
Por ejemplo, Sin hijos me llegó en un momento que me encuentra ya siendo padre de dos hijas y trata sobre un tema que tenía muchas ganas de tocar en una película: la paternidad. Si bien no es mi historia, nos metimos tanto que con [Diego] Peretti (Gabriel, el protagonista) terminamos llamando a Guadalupe [Manent] con el nombre de nuestras propias hijas. Pero, principalmente, yo elijo para las películas narrar historias que viví o que pienso que podría llegar a vivir. Creo que cuando querés contar demasiado, al final, no terminás contando nada. Por eso, pienso que es mejor contar chiquito y así conseguir identificar a mucha más gente con la historia. Ahora, si tenés ganas de contar una épica o grandes temas, no sé, es extremadamente difícil, deberías preguntarle a genios como [Damián] Szifrón, o analizar en detalle el cine de [Fabián] Bielinsky.

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