El rosarino Maximiliano Calvo llegó a la música con los Intrépidos Navegantes y comenzó hace un tiempo su recorrido solitario, llegando a telonear a Devendra Banhart y girar por México con los Onda Vaga; enamorado de la música que traen los ríos y la libertad para bailar y hacer bailar que tienen los pueblos latinoamericanos. A los 26, su arte es más bien un viaje espiritual y personal, con el que busca inspirar y encontrarse a sí mismo más allá de las melodías y los instrumentos. Con el pasar del tiempo y recorriendo el mapa aprendió la historia de los tambores y los bandoneones, el relato de los inmigrantes encallados en la costa y el origen de los sonidos que tanto le hicieron pensar la vida de otro modo.

Recién lanzado Quema Vol. 1, la primer mitad de un disco que saldrá en diciembre, y antes de salir a presentarlo por España, Francia y varios lugares de nuestro país, Maxi nos da una entrevista exclusiva donde plantea una paleta de colores única: esa con la que pinta su propio universo, y nos enseña convertir los desencantos del amor y las penas en un fuego en torno al cual se puede bailar.

Venís de una banda que supo tener cierto éxito, ¿por qué ahora preferiste sacar música como solista?
Ya pasó mucho tiempo de ese grupo; creo que hicimos buenos discos y estoy orgulloso, pero las bandas se separan, es así. Más en esta época donde es tan difícil llevar a cabo un mismo fin. Es una época donde el amor fraternal está muy bastardeado y nosotros decidimos cuidar eso antes que seguir teniendo un grupo por el simple hecho de tenerlo. Hicimos lo que teníamos que hacer y cuando se contaminó lo dejamos ahí.

¿Y qué te permite firmar con tu nombre y tu apellido?
Me permite ser yo; poder irme a cualquier lado, tocar, no necesitar de nadie más. Lo que me molesta es esto de depender de gente externa, por más amigos que sean. Ahora para las presentaciones de Quema Vol. 1 armamos un grupazo de diez personas, pero la diferencia es que sabemos que estas diez personas van a hacer seis conciertos, es una familia temporal. Después me voy de gira a España y Francia y allá armaré otro grupo, o tocaré solo con la loopera, o con la guitarra sola, o en dúo, o lo que sea. Me llama mucho más a la aventura que tener un grupo y tocar siempre con las mismas personas y repetir mucho las cosas. Ahora puedo decidir cosas estéticas o de concepto. Yo me vuelvo loco con el concepto de todo, le dedico mucho tiempo a saber por qué estoy haciendo cada cosa. Muchas veces siento que estaba haciendo todo por el simple hecho de hacerlo. Nunca nadie se sienta a pensar un segundo. Porque no hay tiempo, te armaron así. No hay tiempo de pensar “che, ¿qué estoy haciendo? me estoy levantando todos los días a tal hora, haciendo las mismas cosas, voy a bailar a un lugar donde pasan música horrible, tengo una novia de la que me aburro…”. Por inercia, por comodidad, porque es la historia que te contaron. La otra historia conlleva más soledad, más golpes. Yo hay días que estoy a punto de morirme, no es un chiste… y hay otros días que estoy chocho de la vida.

Y ahora que te podés preguntar estas cosas, ¿cuál dirías que es el concepto, el por qué de lo que estás haciendo ahora?
El concepto es bastante grande, respecto a lo que significa para mí el mostrarme y contar una historia desde un lado muy personal, exponiéndome un montón. Pero conceptualmente la búsqueda fue por esa idea gitana de matar las penas bailando. La música mestiza, que traen los inmigrantes. Cómo llega una música de África a Uruguay porque encalla un barco lleno de esclavos y los tipos empiezan a vivir ahí, toman un barrio, y de repente son personas que tocan tambores y se avisan con el tambor cuando la policía se va… así empezaron las llamadas de tambores, que hoy son comparsas de trescientos tambores bajando al río. Y los tipos llegan al río con las manos sangrando. Todo eso se mezcla con un español y un italiano que cantan y escuchan a los Beatles y se hace un candombe, El Kinto, y aparecen Rada y Mateo y todo ese universo es tremendo. Lo mismo pasa acá, que de repente viene un inmigrante alemán y trae un bandoneón y había un piano de pared en cada bar, y un chico tocaba la guitarra de nylon y así nació el tango. Todas esas músicas, que son de muchos lugares, mestizas, de inmigrantes, tienen esa cosa de dolor, de no pertenecer a ningún lugar, la angustia constante de haberse ido. Creo que mi música tiene mucho de eso, porque todas las canciones son penosas, sollozantes, pero vos escuchás un ritmo bailable, un concepto de movimiento y libertad.
Hay algo ahí que yo tomo de todo eso, que me han mostrado que yo no me siento tan identificado con un chico que nació en Londres y que hace música re canchera con sus amigos y qué sé yo; no le encuentro mucha magia a eso. No puedo desligar las buenas canciones y la música del sufrimiento. Te podría decir millones de ejemplos, desde Fito Páez con El Amor después del Amor hasta Litto Nebbia haciendo un disco de tangos en Holanda, y millones más. Bob Dylan… gente que se puso en jaque a sí mismo para poder lograr algo. Porque sino te come: querés sonar en la radio, participar, ser aceptado, formar parte, no querés quedarte afuera. Y en realidad no hay afuera, no hay adentro, no hay nada. Es simplemente uno, que inventa mundos, y los medios de comunicación, que te inventan otro.

En tu disco se escucha mucho de eso, desde cumbia hasta jazz, pasando por flamenco, candombe… ¿cómo llegaste a este sonido? ¿qué artistas o qué vivencias te acercaron a eso?
A mí lo que me comió el ser fue Eduardo Mateo. Esa libertad y esa tristeza constante de no poder ser parte de la sociedad, y la música que tiene, que no es una música de protesta, politizada, sino que es una música hasta chamánica, de un simple hecho cotidiano. El tipo dice “La Chola se va, se va la Chola…” y vos ya ves toda una angustia increíble, cuando el tipo está diciendo solo eso. Entonces me llevó a meterme en el candombe, las murgas, la música de Uruguay. Y ahí entendí que la música uruguaya venía de Brasil, y empecé con Jobim, Caetano, Gilberto Gil, Gal Costa… y eso lo hermané completamente con el jazz. Ahí empecé con Chet Baker, que me volvió loco. En el medio de todo eso aparece mi propia experiencia, la música del litoral, que me llama mucho la atención. Aparece la Navidad en mi casa en Rosario, con todos mis tíos en Fisherton, donde ponían cumbia santafesina. Recordar eso y llevarlo a Latinoamérica, a Colombia, ver cómo lo fueron usando en todos los estilos. Después España, los poetas del siglo de oro… hay una cosa con como escribe Sabina, que nadie lo puede superar. Incluso, te diría… yo soy medio fanático de Alejandro Sanz. Hay un video de él tocando bulerías, que vos te caés de orto. No sabés como canta y como toca la guitarra de nylon, te morís. Y decís “claro, no es todo chingui-chingui”. Y nada, uno empieza a crecer y a tocar mejor, y a rodearse de buenos músicos. Yo fui a Uruguay y toqué con los Fattoruso, con Aníbal Burgos, y vengo acá y toco con un montón de músicos de alta alcuña musical y sensible. En otra época de mi vida yo no había podido examinar ese universo por estar inmerso en el rock o el pop. Igual en el Quema Vol. 2 hay un tema re rockero, porque también soy eso. No es que de repente ya no escucho más rock, pero sí siento que el rock ha perdido su encanto de ruptura, y hay que encontrarlo en otra música. Porque sin ese rompimiento pierde un poco de sentido, porque en realidad el rock siempre fue quejarse de algo. Pero también está en mí y está todo bien, como estilo. Pero como corriente a veces siento que se pone muy infantil.

¿Y cómo creés que esta música, que no es rock ni pop ni electrónica, se enfrenta al contexto en que vivimos, de celulares y tecnología e hipervelocidad? ¿Cómo creés que funciona?
Es muy difícil que un tipo que toca tambores en un bar sea un engranaje práctico en la sociedad. Eso lo tengo entendido. Es medio difícil, porque también hay una cosa que a mí mismo me pasa, sentirme fuera de todo eso. Intento participar porque también estoy en todo esto, pero muchas veces uno siente miedo de no poder ser algo. No se sabe bien qué. Pienso que a la hora de elegir qué sonidos, qué modalidades, hay más libertad. Y sentirme así de libertino en la música hace que después pueda ejercer con cierta responsabilidad en la vida real mis otras libertades. Ya mi parte medio punk-rock la tiré toda en la música, donde el exceso de libertad no le hace mal a nadie. La última vez que fui a Rosario me hicieron una nota para La Capital y mi abuela se puso re contenta. A mí eso no me mueve la aguja para ser feliz, pero eso la ponía contenta a ella, que sentía que me estaba yendo bien, y en cosas como esas sí lo agradezco. Pero la gente todo el tiempo necesita que el mundo le diga que está bien lo que está haciendo.

Algo así como el “Me Gusta” de Facebook…
Totalmente. Un amigo el otro día estaba leyendo un libro de un japonés que hablaba de que todo este concepto del Me Gusta hizo que el hombre esté todo el tiempo necesitando la aprobación. Después de un partido de fútbol le tienen que decir “che, qué bien que jugaste”, sino no siente que fue así. O “qué bien que andás en skate”, “qué bien que estás agarrando los pokémon”. Si no tiene la aprobación constante se saca una foto jugando al fútbol y la sube y la gente le pone “uy, qué capo, la próxima invitá”, y así se siente querido. Así tapamos la soledad. Qué se yo, es el mecanismo que encontramos, no es juzgable.

Justo que me hablabas de tu abuela, en Rosario… ¿vos qué tan rosarino te sentís? ¿Cuál es tu vínculo con la ciudad?
Me siento re rosarino. Soy hijo de esa melancolía constante, de esa nostalgia que tiene la ciudad. Rosario es muy parecido a Montevideo. Son ciudades muy similares, por eso tal vez me conmovió tanto la música que sale de ahí, porque la veo muy parecida a la nostalgia que tiene la música de Rosario: Fandermole, Goldín, la trova rosarina, la música de Nahuel Marquet. Rosario tiene unas perlitas divinas, únicas. Me encanta caminar por (el bar) Pasaporte, doblar por la fuente, llegar hasta el río… es impagable. Yo iba a un colegio a dos cuadras del río e iba constantemente. Tiene algo muy hermoso, es super ancho y hay una correntada inmensa. Los barcos se ven súper gigantes. Vos llevás alguien ahí y queda un toque obnubilado con todo eso, con cómo la ciudad vive el río. Después tiene sus cosas malas, cosas que invitan mucho al exilio artístico. Los artistas se van porque hay un pensamiento que es muy de una sola forma. Los rosarinos tuvieron que construir su mundo bohemio fuera de Rosario. Eso le pasó a Nebbia o a Berni y hasta a los chicos de Indios o a mí mismo. Pero me siento súper rosarino, cada vez que vuelvo se me llena el alma de vuelta de aire de río, del litoral. Es una ciudad muy mágica, incomparable.

¿Cómo ves el contexto de la música, el under y los artistas desde tu lugar?
Hay muchos amigos con los que arrancamos a hacer música que están en situaciones muy privilegiadas. Incluso yo me siento en una situación privilegiada, en cuanto a la libertad de no pertenecer a un movimiento. El movimiento hoy por hoy lo veo como carcelario. A mí me gusta cuando aparece uno que no tiene nada que ver con nada. Un Eric Mandarina, imposible de clasificar. O incluso en mi caso, cuando empecé a mostrar ciertas cosas mucha gente no entendió qué hacía. El movimiento ahora pasa por la autenticidad. Ahora hay que formar parte de todo: Facebook, Instagram, un grupo de Whatsapp, la tele. Y yo entiendo que hoy por hoy el arte, la música, la narrativa, tienen que ir por otro lado, donde se encuentre algo único y difícil de clasificar. Y ahí cuando un pibe de quince años que venía viendo que todo era lo mismo dice “uy, mirá”. Para eso, como te decía, hay que alcanzar un nivel alto de libertad para no sentirse solo en este camino. Cada vez veo más valientes, pero también más cobardes que hacen lo mismo que se viene haciendo hace cuarenta años. Los aventureros saben que lo que tienen en mente es el norte más allá de cualquier circunstancia. Cuando el arte está plagado de penas y de desarraigos, de aventurarse, de golpes y libre de miedos, es la ecuación perfecta para que la obra llegue a conmover a alguien. Quedan en la historia los que realmente se han abalanzado sobre lo que querían y han investigado en sí mismos para ser únicos.

Foto: María Muñoz Larreta

Maximiliano Calvo se presenta el jueves 1 de septiembre a las 20hs, en el CCK. Es en el marco del Ciclo “En La Cúpula”, curado por el músico y productor Tweety González. Más información.