Una figura de dos metros de alto se aparece de golpe en una clase de la UBA y todas las cabezas voltean hacia la puerta. “¡Disculpen! El viernes hay previa en casa”, comenta a viva voz, rompiendo el silencio y generando uno nuevo. Los alumnos y el profesor miran estupefactos mientras el joven se retira sin decir más. Nadie sabe quién es; no estudia allí. O sí, un poco sí. Su objeto de estudio son esas caras de asombro, las reacciones de la gente cuando la estabilidad se ve interrumpida ya sea allí, o por la calle, en el subte o en un kiosco. La pasión de Nicolás de Tracy (además de las risas que vienen después, cuando sube estos experimentos a la Internet) es desafiar “la naturaleza humana” corrompiendo normalidades y silencios sagrados, esos lugares en los que la gente se agolpa, se congrega, pero no se relaciona.

Tanto con Salchipapa, su trío de humoristas, o con Desubicado, su show unipersonal, Nico (de 29 años) recorre el país buscando ser cada vez más gracioso, desafiándose y desafiando su entorno, metiendo la pata y las narices donde no lo llaman, haciendo que la gente despierte de la letárgica estabilidad que tan cómoda le resulta. Desde un camarín en Rosario, a punto de salir a escena, habló en exclusiva con Indie Hoy sobre su carrera, sus metas y sus ideas sobre la risa y el aburrimiento.

Vos estudiaste e incluso te recibiste de Licenciado en Administración de Empresas. ¿Ya eras alguien gracioso en esa época? ¿Imaginabas terminar siendo comediante?
Toda mi vida tuve un grupo de amigos muy gracioso, y yo nunca sentí que era el gracioso del grupo. Me mandaba las mías, pero no era tipo “che, ahí viene Nico, qué fiesta”. Cuando me empecé a dedicar a la comedia me di cuenta que lograba “captar” los momentos graciosos, darme cuenta de qué cosas eran graciosas. Toda la vida consumí comedia, de chiquito sentía por ejemplo que no había razón para ver una película que no sea graciosa. Cualquier otra cosa me aburría, yo quería reírme. Y en mi familia también son todos muy graciosos. Por observar y mamar todas esas cosas, en mi cerebro se fue formando el comediante.

Leí en otra entrevista que vos agarrás a tus amigos que tienen trabajos aburridos y les decís que renuncien. ¿Vos habiendo estudiado eso no estabas encaminado a un trabajo así también?
Yo laburé en empresas cuatro años. El tema es que a mí de chico nunca me hicieron cuestionarme qué quería hacer o ser. Terminé el colegio y dije “bueno, a ver qué quiero estudiar”. Un amigo iba a estudiar Administración y dije “bueno, suena bien, qué se yo”.

Sin ofender, dicen que esa carrera la eligen los que no saben para donde encarar, por descarte…
Bueno, fue exactamente así *risas*. Sonaba bien, no tenía idea qué era. Vi que tenía algo de contabilidad y dije “bueno, estudio esto, total”. Y estuvo bueno, me recibí al día y todo. Después arranqué a laburar en una empresa. Al principio estaba bueno, porque tenía mi guita, y qué se yo. Pero con el tiempo dije “a nadie le importa el laburo que hago, lo puede hacer cualquier persona”. Era como que no estaba haciendo nada para nadie; lo que hacía lo podía hacer un nene de 12 años.

¿El stand up llegó como una forma de escaparte de eso?
Lo del stand up arrancó porque hubo una serie de “señales”, por así decirlo, que me hicieron ir a arrancar un curso. En el lapso de un mes tanto mi novia como unos amigos me dijeron que tenía que hacer stand up. En una vuelta estábamos en una previa y había una piba a la que yo empiezo a hacer reir, medio borracho, improvisando, y la mina no paraba de reirse. En un momento empezó a llorar de la risa y yo seguía tirándole cosas sin parar, y ella no paraba de reirse. Entonces un amigo me dice “che, chabón, es muy sarpado esto. Tenés que hacer stand up, teatro, algo”. Y bueno, me mandé, arranqué el curso y al toque me enganché como un adicto, me empecé a obsesionar mucho con la comedia. Además vi la escena local y nada me volaba la cabeza. No es que quise tocar la viola y vi a Mollo y me frustré porque nunca iba a poder hacer algo así. Hay comediantes de la puta madre, pero sentí que laburando y descubriéndome en el escenario podía llegar a lograr algo, tratando de ser lo más natural posible. Eso que generé en esa mina lo podía lograr ante mucha gente, con mucho laburo. Eso fue lo que me dio confianza para meterle a full.

Se pueden tomar clases de stand up, pero ¿se puede aprender a ser gracioso?
No, claro, el curso lo que te da son las herramientas. Toda persona tiene algo gracioso. Y alguien que capaz no es tan gracioso pero labura mucho, utilizando las herramientas de la mecánica de la comedia, puede llegar a ser gracioso, pero no realmente gracioso. Distintos comediantes hacen reír a distintas personas. Así como Arjona a mí no me gusta ni me importa, pero si veo que llena un estadio y emociona a la gente, lo respeto. Hay un montón de gente que tiene las ideas para ser graciosa pero no lo puede expresar, no le sale. Algunos lo expresan haciendo guiones, y hacen cosas re graciosas, pero en un escenario no podrían canalizarlo. Y viceversa.

¿De qué solés hablar en tus monólogos?
Cuento más que nada cosas personales, que me pasaron. Anécdotas, pensamientos que tengo sobre la vida. Hablo bastante de sexo, me abro bastante con ese tema en el escenario; hablo de frustraciones, cosas que no entiendo y me parecen re locas. Hablo de mi vieja… hay bastantes anécdotas. Trato de hablar de cosas personales porque es donde siento que soy más gracioso. A mis anécdotas clásicas le sumo mecánica de comedia, distintos recursos.

¿Es difícil hacer stand up?
Es un arte. Así como es difícil tocar bien la guitarra, esto también es difícil si querés hacerlo bien. Para mí es muy difícil, porque es el arte que más me gusta; podés ver a la persona cómo es realmente. Amo la actuación, pero el stand up me atrae más porque no hay un personaje, sino una persona. Cuando realmente se desnuda la persona, me parece algo muy lindo de ver.

¿Y es difícil meterse en la escena? ¿Hay que tocar muchas puertas, romper las bolas?
Sí, al principio lo único que hacía era tratar de buscar fechas en distintos lugares. Tuve mucha suerte con la gente que fui conociendo, porque al toque conseguí tener un show fijo en Plaza Serrano. Subirte a escenarios te permite entrenarte como comediante. Cuanto más te subís, cuanto más hacés reír, cuanto más fracasás, mejor sos. Es así, en cualquier cosa.

¿Existe el ensayo de stand up? ¿Frente al espejo, o algo así?
No, lo que se hace es probar el material. Se me ocurre algo nuevo y lo pruebo, lo tiro a ver si la gente se ríe y lo voy cambiando, o dejando.

¿Cómo surgió la idea para hacer el primero de tus videos “casuales” en Instagram?
Yo siempre cuando iba a laburar en el subte me acuerdo que pensaba “loco, ¿cómo no pasa nada acá?”. Nadie grita, nadie se mira a los ojos. Y siempre que pasa algo raro, la gente se pone extraña. Ponele que cae un chabón y dice “¡Bueno, vengo a vender unas medias…!” y todos se estremecen, como que se atajan; o alguien se pone a putear a su jefe por teléfono y como que todos miran, y se miran entre ellos. Quería generar eso, porque amo ver esas caras, la naturaleza humana en su máxima expresión. Es mejor que la actuación. Es lo que los actores queremos imitar, esas reacciones naturales. Y a mi me divierten mucho. Eso me llevó a que una vez pensé que sería muy gracioso saludar a toda la gente del subte y agradecerles por el viaje. Entonces grité “chicos, gracias por el viaje” y me bajé, y quedó. Lo subí, tuvo buena repercusión y me propuse que haya uno de estos videos por semana. Hice dos o tres en el subte, después fui a un Rapipago, un Farmacity. Ahí me puse a pensar a qué otros lugares podía ir, donde pueda decir algo fuera de lugar y que genere reacciones, un lugar donde haya silencio. Y dije “la facu”. Cuando estudiaba siempre me aburría y pensaba “qué lindo que sería que entre alguien y diga algo”. Fui, me metí en un aula e hice ese video donde pregunto si alguien necesita algo del Coto. Ahí empecé a ir a las facultades todas las semanas. Todo esto sin ninguna pretensión, solo lo hacía porque me divertía. Y bueno, empecé a hacer y hacer hasta que un día lo levantó C5N y se empezaron a viralizar bastante.

Una pregunta super puntual: ¿Cómo escondés el celular? ¿La gente ve que estás filmando?
Sí, lo tengo a la vista. El tema es que soy muy alto, mido 1,95. Entonces es como que la gente me ve y le hablo y tengo el celular a la altura de la cadera, y no parece que los estoy filmando. Igual yo siempre después de cada video hablo con la gente, les cuento quién soy y demás.

Siempre creí que los dejabas en banda.
Sí, primero los dejo un rato en banda, después vuelvo y les cuento.

¿Alguna vez salió mal, tuviste alguna reacción negativa de la gente?
No, algo así negativo o violento no. Siempre me preguntan si me cagaron a palos o algo. Pero no, como yo nunca bardeo, voy por un lado más inocente, nunca se generó nada violento.

¿Te gusta la música? ¿Qué escuchás?
De chico era muy fanático de Los Piojos, Callejeros y La 25. Eran mis bandas, los iba a ver a todos lados. Divididos también. Amo mucho el rock nacional, me llega mucho. Era fanático de Morrison y The Doors, los Stones, Led Zeppelin. El rock clásico. Y hoy en día estoy escuchando mucho El Plan de la Mariposa, que son unos pibes de Necochea que la rompen. Yo toco la armónica, estudié y todo, pero no tengo el don. Toco bien pero no la rompo.

Contame de tu participación en El Ciudadano Ilustre, la película que se estrena en los próximos meses.
Sale ahora en septiembre, con Oscar Martínez, que es el protagonista, Dady Brieva, Andrea Frigerio y Belén Chavanne. Hago una participación, hago del yerno de Dady Brieva. Se trata de un escritor que es re groso, ganó el Nobel de Literatura y basaba sus libros en historias de su pueblo natal, que es Salas, en Buenos Aires. Entonces lo llaman para nombrarlo Ciudadano Ilustre. La película muestra los mundos de un pueblo chiquito y yo hago como de un campesino rústico que está de novio con la hija del personaje de Dady. Está bueno, es como un personaje bizarro.

Así como hiciste esta peli, ¿te gustaría seguir actuando ya sea en cine o TV?
Sí, me encanta actuar. Estudio actuación hace años. Nunca hice una obra; he hecho publicidades, participé en la última película de Wainraich. Me encanta el proceso de la filmación, ese laburo, ver como se hace todo. Ojalá algún día pueda hacer una película. Es un quilombo, un bardo mal. Pero el día que tenga una idea linda seguramente la haga. Me encanta tener ideas y materializarlas. Poder verlas. Es de las cosas que más me gustan. A veces no se logra el objetivo pero cuando sí, es muy satisfactorio.

Fotografía: Bruji Ferreyra