“Soy testigo partícipe de algo grande, algo que va a quedar en la historia”. Así define Pablo Villamil la situación de la escena nacional de música; consciente del rol que le tocó jugar, afirma que no tiene ningún problema en no saber tocar instrumentos y que lo suyo es el detrás de escena. Camino a una tradicional pizzería del bajo porteño, me cuenta que nació en Santa Rosa, La Pampa, hace 28 años. Vino a Buenos Aires a estudiar sistemas y pienso, mientras nos sentamos en las sillas de la vereda, que quizás es este mundo -o submundo tecnológico- de cables, circuitos y códigos el que le dio la veta de armar, desarmar, ensamblar y combinar otro tipo de elementos, como bandas de rock, en otro tipo de circuito, el musical. Su rol de manager de bandas no le cayó como un rayo, sino más bien, lo construyó desde abajo, inconscientemente y guiado por una sola corriente: el rock. Cuando le consulto qué tanto sentía que había cambiado la escena en los últimos años, me cuenta:

“Hace 8 o 9 años iba a ver recitales pero de los grandes, hasta que fui a ver a Humo del cairo y a Poseidótica en Niceto. Son fechas de nivel internacional y una patada en la pera y prefería mucho más estar en un lugar más chico o mediano, antes que en un mega estadio cagándome a palos y viendo todo por pantallas. No sé si cambió mucho entonces eso, pero se expandió. Soy testigo partícipe de algo grande, algo que va a quedar en la historia, me siento como en una película de Morrison o Ian Curtis”, comenta mitad en serio mitad bromeando.

Kiosco

Humo del Cairo, Morbo y Mambo, Knei son, entre otras, bandas con las que Pablo se desempeñó como manager, road manager, asistente y, primero y fundamentalmente, kiosquero.

“Empecé atendiendo el kiosquito de Humo. No entendía nada y me la puse toda junta. Era bajar heladera tras heladera de birra, y que la gente se te abalance por un cd o una remera, y yo no agarraba una”, recuerda mientras se peina su larga barba.

“Imaginate que desde esa época la birra que empieza con ‘Q’ no la puedo ni tomar ¡Ja! Así me empecé a hacer amigo de la gente de Niceto, hasta con los de seguridad tengo buena onda; y ellos llegaba un momento que me veían destruido y me daban una mano atendiendo. Era un desastre, no podía estar así atendiendo, pero lo hacía. Para las bandas el aporte del kiosco y las entradas es esencial. Sin la gente que va a verlas, claramente no se puede hacer nada”.

Ya con la muzzarella y la cerveza pedidas, enumeramos una por una la cantidad de bandas pampeanas (o semi pampeanas) presentes en la capital -Knei, Las Sombras, Los Siberianos, Las Ceremonias, Nuvem Leopardo, etc.- y me comenta que, además de manejar Knei, es amigos de todos.

“Ahora con Knei estoy fijo, ellos no tenían mucho armado en sí, venían laburandola a pulmón y en un momento necesitás dedicarte a tocar y ceder algunas cosas. Se hace todo más prolijo. En Las sombras, por ejemplo, esto pasó hace un tiempo pero con los chicos del sello Queruza Records, que además vienen manejando una bocha de contactos; es distinto a lo que podemos apuntar nosotros desde Knei. Musicalmente hay una variante ahí que te abre un poco más el panorama: Las sombras es más para festival, un cachengue hermoso. Más amigable si se quiere. Knei va a algo más en concreto y poderoso. En Queruza los chicos trabajan todo más lineal, no tocan (las bandas de La Pampa) generalmente juntos. Sería todo un bardo si así fuera, pero los chicos siguen teniendo la misma relación de amistad y nos vamos alternando entre las fechas del ambiente.

Cables quemados

A Pablo lo noto efusivo y alegre con la charla y la llegada de la pizza lo contenta aún más. Se cataloga como un mañoso con las comidas pero el menú de mozzarella y cerveza le fascina. Aprovecho la charla sobre gustos y le pregunto si hay algo que no le guste de su rol:

“Lo que menos me gusta de ser manager es que hay un montón de proyectos y se comparten más o menos el mismo círculo de músicos y te terminas mareando. ¡Son muchos! Pero a la vez está bueno que lo sean. Pasa que a veces cuando no voy a trabajar sino a disfrutar de las fechas, los chicos igual me piden cosas y termino con los pelos quemados. ¡Déjenme un día estar en paz y si me quiero ir antes, irme antes! Obviamente está bueno que las bandas se desliguen y no tener que ir a cerrar números, ponele ¿no? Pero sería eso lo malo un poco de la profesión, abarcás tantos proyectos que no parás. Imaginate que los chicos de La Pampa viven casi todos en dos casas ‘cofras’. Una con sede en Abasto y otra en Flores, están todo el tiempo haciendo algo. Yo me abro, tiro la de humo, desaparezco unos días y me guardo. Tengo una hija custodia compartida con la madre -aclara por su pitbull China- y eso me hace bajar un cambio.”

“Los inconvenientes por suerte son pocos: lo económico por supuesto siempre está y después tenés las trabas burocráticas de siempre. Hay que tratar de sortearlas rápidamente; una combinación de estas es lo que pasa con Spotify. A la hora de subir tus temas es todo engorroso pero una vez que tenes los dólares y les pagás, te vuelve la plata al toque”.

Camino al profesionalismo

El cielo del bajo se despejó completamente y la tarde de invierno se torna primaveral. La digestión post-muzza y el tibio sol relajan la efusiva charla y Pablo me comenta que, claramente, con la plata que gana como manager no alcanza y que labura en sistemas en el aeroparque, de lunes a viernes. Me llama la atención cómo hace para organizarse y me lo responde cuando le pregunto por cómo usa las tecnologías:

“Por mi trabajo tengo que estar todo el día con la computadora; entonces trato de estar constantemente chupando información y agarrando cosas; la tecnología y más las redes son una re herramienta, las podés usar de modos boludos, onda: ‘mirá el café que me tomo’; o como una herramienta de verdad. No te imaginás la cantidad de contactos que tengo hoy. Me tuve que tomar el tiempo y separarlos por grupos, los de Knei acá, los de Humo allá, La Pampa por un lado, Córdoba y La Plata por el otro y así no le quemo la cabeza a cualquier persona que no tiene nada que ver con tal o cual fecha y me organizo mejor yo. A modo de autocrítica te digo lo que me falta: es agarrar un poco más la onda de alguno de los concursos. La Bienal por ejemplo, depende del Gobierno de la Ciudad, no sé si eso será una mierda o no. Pero funciona bárbaro. Te mandan a ensayar a los estudios de MCL que son increíbles, únicos a nivel sudamericano. Está bueno, hay que aprovecharlo. Están los concursos de la UMI también, pero preside Aldana [Cristian] y ahí ya no se quiere meter mucho la gente, quedó manchado, ¿entendés? Si buscás bien hay un montón de esas herramientas, que quizás siempre estuvieron pero ahora explotan más por las redes. En cuanto a la tecnología en sí, también te da herramientas. De repente podés saber datos como cuántas veces te escucharon en Canadá o en China, esas cosas son geniales.

La verdad no sé qué tanto se toma de las bandas de afuera. Hubo un momento que la explosión de bandas indies extranjeras influenció, seguro. Te hablo del boom de hace unos años de Arctic Monkeys, The Strokes… vinieron un montón de bandas. Pero ahora no sé qué tanto se mira o qué tanto se hace por inercia. Pero lo que se toma, poco o mucho, está buenísimo. Miras a Marcel (Nuvem Leopardo) tocando la guitarra y el tipo la gasta y decís sí, ahí hay algo de Tame Impala. Lo que sí esta bueno que se logra con el uso de las redes y las tecnologías, es una cierta estandarización de los circuitos, desde Australia hasta Nueva York. Acá en ese camino a la profesionalización del under, tenemos nuestros propios ‘padres’ por así decirlo, que son los chicos de Pez. Los Natas también, dieron esa chispa inicial aunque luego se separaron”.

* Foto principal: Dana Ogar